Moría la tarde en noche de invierno y soplaba el viento en corrientes por la calle Panamá, apenas calle, en realidad, túnel del tiempo, húmedo el aire, caminaba y a lo mejor soñaba con páginas y páginas que no había leído, mucho menos escrito, así caminaba, tal vez, aquella noche, por la calle Panamá.
La voz grave tanto como amable y la barba como único abrigo para la incipiente tempestad -lo que un gaditano medio puede entender como tal-, salió a la puerta la llama ya envuelta por dos manos como conchas y tal vez exhaló el humo o lo reprimió en su pecho, evitando súbitamente toda molestia. La voz grave y como un arcano apartose de la entrada del bujío -estrecho pasillo enladrillado de libros-, saliendo, sonriendo, como solo es capaz de sonreír Florencio Ríos Brizuela, la sonrisa en medio de la barba, para mostrar el género: granel sólido, cubiertas alabeadas, páginas amarillentas; y lo mismo alguna que otra edición de Rayuela o El Aleph o La canción del pirata.
Hablamos, por primera vez, de libros. Y nunca más dejamos de hacerlo.
Lo que se sabe de Florencio Ríos Brizuela es, lo primero, que se llama Chencho y de apellido Zocar, o viceversa, que da igual; se sabe que quiso tener un millón de amigos, y también que lo consiguió. Su historia ya se pierde en la leyenda. Es pintor y pinta la vida pintando a su gente que somos todos, con grandes manos, dedos afilados y el corazón de un niño; cuando no pinta también le queda el alma para escribir, bonito y honesto. Entre que pinta y escribe y sueña también se gana la vida, a duras penas a veces, como todos, como puede, dirán algunos, como con magia, decimos legión: recachuta restos de amor como páginas escritas, recicla memorias, renueva verbos de una religión olvidada, vende libros de segunda mano, regala nuevas oportunidades.

Eso hacía en aquella calle Panamá de Cádiz cuando yo paseaba una fría tarde que acabó en oscura noche. Después ocurrieron muchas cosas. Que se fue a Jerez de la Frontera, por ejemplo, por amor, se cuenta -y qué no hace Chencho por amor-, y allí siguió, a lo suyo, a brindar versos que ya fueron leídos, a nuevos lectores, que también son ya amigos, a regalar por unos pocos euros un homenaje a quien una vez pensó que era realmente importante escribir, a regalar, así como un viaje inesperado en un asiento de lector.
Ahora Chencho surge como renacido para hacer una de las muchas cosas que sabe hacer bien. Planeta Zocar ocupará el espacio de la desparecida librería de novedades Hojas de Bohemia de Jerez en la plaza Vargas, con sus miles de nuevas posibilidades, con sus decenas de miles de libros de ocasión, sonrisa al portador y su eterna promesa de amistad. Cuando una librería abre se agrietan los leones del Congreso de los Diputados. Allí, en Planeta Zocar -un universo, el de Chencho en realidad-, se alojarán a partir de hoy don Alonso y Juan Cantueso, el bueno de Leopold Bloom, Chencho mismo, el Capitán Trueno y Miguel Hernández, Mortadelo, Filemón y don Miguel de Unamuno, quién sabe, Max Estrella, también Christian Grey, por qué no, en la nueva librería Planeta Zocar, se alojarán todos ellos, y muchos más: «si interesa algún título, algún autor… que sepan que estamos aquí para eso».

Tal vez haya sido la fortuna -o el azar mismo que me llevó en aquel paseo por la calle Panamá una tarde de árboles pelados- lo que me ha traído ahora hasta este teclado frente a la página por escribir para contar la buena nueva, la nueva buenísima de la inminente apertura de Planeta Zócar. Pero como decía, somos legión los que celebramos lo que ocurre hoy, ya, en estos momentos, la gesta de un valiente: «Hacen falta más tipos como Chenco Zocar cuyo ejemplo ilumina un sendero de libros habitados y sueños pintados. Hace tiempo que nos debemos algunas conversaciones, de esas por las que se filtra la vida vivida o leída. Celebro que Chencho abra en Jerez un nuevo espacio libresco donde abandonarse, donde desprenderse de todo lo que pesa o duele. En estos tiempos que corren abrir una librería es ya un motivo de felicidad y de celebración. Personas como Chencho hacen el mundo más habitable e indudablemente más lírico. Y estamos faltos de poesía en estos tiempos tan enconados. ¡Felicidades amigo!». Luis García Gil. Lector, poeta y escritor.
Muchos somos los que celebramos que cierto día nos dimos de bruces con su imponente figura barbada y sin sombra: «No recuerdo bien cómo conocí a Chencho, cual fue el paso en que pasó de ser «ese señor con voz de bajo que vende libros» a ser mi colega. Lo que sí tengo claro es que, a poco que te acercas a la órbita de su mundo (su Planeta Zocar), descubres un amor auténtico a la cultura (y por lo tanto a la vida), un amor lleno de sabiduría, de ilusión y de entusiasmo que sabe contagiarnos sin saberlo. Un lujo en estos tiempos que corren». Fernando Lobo, lector, poeta cantor y escritor.
Porque para muchos: «Chencho, héroe nacional, un santo de papel, pintor de cuadros usados, devorador de libros prescritos, sueña despierto, no vive aquí, no le preocupa el porvenir. Zocar, feliz proscrito sin posdatas, a los pies de su libertad. Chencho, el pertinaz, un corazón encuadernado». Enrique Alcina Echeverría, lector, periodista y escritor.
En fin, que habrá sido la fortuna lo que ha provocado mi pública celebración personal, porque la sola mención al acontecimiento de apertura evoca al anecdotario de cuantos lo conocen: «Conocerle fue como conocer al mago de los libros; un hombre escondido en una caverna bibliotecaria al que bastaba decirle Jane Austen para saber por dónde iban mis gustos literarios. De su mano conocí a Margaret Mitchell y lloré con la pluma de Alejandro Dumas y aprendí que los libros de segunda mano no solo contienen historias sino que son Historia». Mª Alejandra Flores, lectora, historiadora y escritora.
Chencho Florencio Ríos Brizuela Zócar. Planeta Zocar, buena proa.


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