La Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de España ha decidido conceder un Goya de Honor por el conjunto de su carrera al director Mariano Ozores, y es posible que a más de un cinéfilo de reclinatorio y ejemplar de Cahiers bajo el brazo le haya dado un pasmo. También, por qué no, a todos esos españoles que tratan de correr un tupido velo sobre el hecho de que un dato tan aleatorio como la nacionalidad les haga tener algo en común con ese conjunto de comportamientos carpetovetónicos que abarca, un tanto caprichosamente, la Inquisición, el alanceamiento de toros y el tipo de películas que solían poner los sábados por la tarde en el programa de televisión Cine de barrio.
De las de Ozores, sólo las producidas antes de la muerte de Franco podrían haber encajado en dicho programa, explícitamente dirigido a “todos los públicos”. Las acogidas a los amplios márgenes de tolerancia propios de las sociedades democráticas, en cambio, entraban ya en la categoría de cine para adultos; y no porque en ellas se tratara de asuntos especialmente subidos de tono –más bien, rebosan todas ellas una cierta candidez–, sino porque en esas películas solían aparecer, viniera a cuento o no, numerosas señoritas desnudas. Eran su principal rasgo distintivo, y a ello abocaban muchas de las disparatadas situaciones que propiciaban sus argumentos.
En ellos cabía distinguir dos tipos: las historias de hombres abrumados de un modo u otro por la represión sexual y las de hombres que, sin estar lo que se dice libres de ese peso, se mostraban también inusualmente ávidos de enriquecerse a cualquier precio, casi siempre a costa de las nuevas realidades políticas y sociales que iban aflorando con el progresivo asentamiento de la democracia… Quiero decir que el cine de Ozores era, a su modo, crítico, si bien dentro de esa peculiar modalidad de la crítica social que se alimenta de la desconfianza hacia las novedades, como es propio de los temperamentos reaccionarios. Yo no creo que Ozores lo fuera especialmente; o, al menos, que lo fuera en mayor medida que el ciudadano medio que llenaba las salas donde proyectaban sus películas. He aquí su segundo pecado capital: ochenta y siete millones de espectadores, según datos de la Academia, fueron a los cines para verlas; algo que, desde luego, no pasaba con la mayor parte de los filmes petulantes y redichos que subvencionaban generosamente el Ministerio de Cultura y Televisión Española: las de Ozores, por cierto, quedaron excluidas de esas subvenciones a partir del mandato de Pilar Miró al frente de la televisión pública, y esa misma entidad se encargó de retirar de su programación, tras uno de esos escándalos de mojigatería y corrección política que de vez en cuando sacuden la opinión pública española, la serie El sexólogo, dirigida por el hoy premiado cineasta.

Sus películas, desde luego, no eran redondas, aunque cabe decir de ellas que sí eran hábiles, amén de baratas –y ya se sabe que, en el cine, la economía de medios suele dar mejores resultados que el despilfarro de los mismos–. Podría extraerse de ellas una hilarante antología de secuencias disparatadas, tocadas a veces de un inesperado humor surrealista. El conductor de ambulancias que interpretaba el cómico Andrés Pajares en Yo hice a Roque III (1980), por ejemplo, y que alquilaba su vehículo a parejas fogosas, es un dignísimo precedente del conductor del mambo-taxi que aparecía en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) del mucho más reputado y respetado Pedro Almodóvar. Como en el cine de éste, en fin, los argumentos de las películas de Mariano Ozores suelen tener lugar en una España para la que ya apenas rigen los códigos patriarcales, y donde es posible, por ejemplo, que dos amigos den por buena la circunstancia de que ninguno de los dos sabe a ciencia cierta si es el causante del embarazo de una novia común, como ocurre en La Lola nos lleva al huerto (1984). Ozores, desde luego, era capaz de hilar un buen argumento, aunque luego la realización chapucera se encargara de deslucir el logro: prueba de ello es, por ejemplo, la infravalorada No, hija, no (1987), que narra la accidentada noche de vísperas de elecciones que le toca vivir a un atribulado candidato a la alcaldía madrileña. En esa película, por cierto, el ya avezado director hace un curioso quiebro a su público: concentra en una sola secuencia, muy breve, la habitual saturación visual de carne femenina que se esperaba de todos sus filmes, y dedica el resto a desarrollar tranquilamente, con la parsimonia de un director que no necesita demostrar nada, una bien llevada trama de humor negro.
Éste es el director a quien, parece que un tanto a regañadientes, la Academia de Cine va a conceder un premio honorífico. Es una manera de decirle, no sólo que no le guardan rencor por su éxito, sino que tampoco lo consideran ya, como hasta ahora, una vergüenza nacional. En su descargo hay que decir que ese tipo de cine también se hizo en Italia, en Francia, incluso en Inglaterra, así como en muchos países de Europa Oriental e Hispanoamérica en cuanto el clima político lo permitió. Ozores no representa, desde luego, ninguna anomalía achacable al subdesarrollo hispano, sino simplemente una opción más, entre las muchas posibles para una industria urgentemente necesitada de encontrar su público. En ello siguen todavía.


Acaba de salir un libro dedicado a Mariano Ozores. http://nafracoleccion.com/home/74-disparate-nacional-el-cine-de-mariano-ozores.html Disparate Nacional – El cine de Mariano Ozores
Uf, es complicado. Aquí hay grandes verdades (la herencia de Almodóvar, la crítica «a su modo» de las películas de Ozores…), pero también ideas que -a mi modo de ver- habría que usar con más cuidado (ochenta y siete millones de espectadores no justifican la decencia de un trabajo, lo viene demostrando la televisión cada día). En cualquier caso, el cine de Ozores no necesita justificación ni avales: es nuestro producto nacional. Y yo sí me avergüenzo, de hecho me sigo avergonzando de mi país a cada momento.
Ozores es al cine lo que Ibáñez a los tebeos.