El idioma

La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial aprobada por la UNESCO en 2003 incluía el idioma como principal objeto con valor patrimonial, entendiéndolo como vehículo de las tradiciones y expresiones orales. La preocupación por proteger los idiomas venía de lejos, por lo menos desde el romanticismo nacionalista del siglo XIX, que vino a explicarnos que la pérdida de una lengua –primera depositaria de la memoria- tiene unas consecuencias de dimensiones catastróficas para la humanidad. Desde entonces hemos dado en publicar listados cada vez más frondosos de lenguas extintas y lenguas amenazadas y, a día de hoy, contamos con una nómina sistemática de los últimos hablantes de idiomas que ya no son la primera leche materna de nadie: Sally Noble (muerta en 1922), última hablante de chimariko; Ned Maddrell (1877–1974), último hablante nativo de manés, lengua céltica; Jack Butler (1901–1986), hablante de jiwarli, lengua aborigen australiana; Fidela Bernat (1898-1991), última hablante conocida de euskera roncalés…

Especial repercusión tuvo en Europa la defunción del dálmata, certificada con exactitud a las seis y media de la mañana del 10 de junio de 1898, momento de la muerte de su último hablante, Antonio Udina. Según el lingüista italiano Matteo Bartoli “se extinguió una lengua romance, hermana del español y de mucha menor fortuna, que se habló en la costa dálmata, en la actual Croacia, que probablemente fue la lengua en la que San Jerónimo hablaba en la intimidad familiar y que no dejó tradición literaria escrita”.

Parece mentira que en este territorio cada vez más desatinado que llamamos España, un estado que reconoce seis lenguas oficiales y dos más fuera de la oficialidad, no exista una conciencia social del patrimonio idiomático. Sales a la calle y tras cada ventana ataviada de la bandera rojigualda adivinas un orgullo paleto de que aquí solo se habla español; es más: si estás en el sur, temes adivinar un orgullo paleto de que aquí solo se habla andaluz. Y temes, sobre todo, adivinar un desprecio sordo y oscuro hacia el idioma -tan poético- de Ramon Llul, Ausiàs March, Jacint Verdaguer, Joan Maragall o Salvat-Papasseit.

Échale la culpa a Franco. Esa sería la respuesta de un montón de agentes políticos de falsa izquierda que han tenido en sus manos en los últimos cuarenta años extirpar la xenofobia cancerígena de los españoles y no les ha dado la gana de hacerlo. En los libros de texto de la Educación Secundaria nuestros adolescentes siguen estudiando el tema de “las hablas andaluzas” con textos ridículos de los Álvarez Quintero y ni en el bachillerato ni en los grados universitarios de filología hay sitio para aprender catalán, gallego o euskera, ni siquiera portugués.

Al idioma, como a tantos otros asuntos con valor patrimonial, lo hemos folklorizado, simplificado y comercializado. Preferimos entendernos –o mejor no entendernos- con un hablante de otro idioma a gritos, con verbos en infinitivo y silabeando nuestra lengua, con la superioridad de un John Wayne rodeado de apaches analfabetos. Preferimos ir a un lunch and grill en lugar de a un restaurante-parrilla y a un bed and breakfast en lugar de a un hostal. Preferimos perdernos en la disputa callejera sobre si está bien o mal dicho lo de portavozas a aprender algo sobre la lógica gramatical de nuestra lengua. Preferimos cubrirnos siempre con la razón de la fuerza y con los argumentos más superficiales y falsificados del poder.

Esta sinrazón que nos mantiene tan ferozmente en contra del independentismo catalán hunde sus raíces en el desprecio al idioma: al idioma de los otros que no entendemos y a nuestro propio idioma, que no sabemos utilizar. Émile Cioran –“el pesimismo de la inteligencia” para sus seguidores, “el filósofo de las porteras” para sus detractores- lo vio con claridad: “uno no pertenece a un país, sino a un idioma”.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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