El chopo y el romero

Territorio de caseríos. Entre El Andévalo y la Sierra, los pueblos onubenses de Almonaster la Real y Zalamea la Real reparten su diseminada población en un puñado de aldeas que se agarran al paraíso terrenal, resistiéndose a acercarse a los núcleos urbanos y gozar de los dispendios con los que el mundo global les tienta. Comunidades humanas muy reducidas (de apenas unas decenas de habitantes) pueblan Aguafría, La Vereda o El Buitrón, en donde cada primavera, además de repetirse el milagro de la naturaleza, lo hace el de la Fiesta del Romero.

El marco de celebración de estos “romeros” o “romeritos” aldeanos son las cruces de mayo, ese rito con el que la Iglesia, a partir del siglo XIX, sacralizó e hizo suyo el reverdecer de los campos y el anhelo de vida. Aquí, sin embargo, las cruces no han logrado desterrar el protagonismo de la primavera vegetal y son el romero, el pino, el chopo, los claveles, las rosas y la chubarba los que imponen su nombre, su imagen y su aroma.

Entregando el romero en la ermita de Aguafría.

Entregando el romero en la ermita de Aguafría.

Cada aldea tiene su propia y singular cadencia, sus propias coplas de romero y su particular repertorio de fandangos; cada una tiene una costurera sabia y laboriosa que guarda el secreto de los hilos de la enagua y de la faltriquera, un puñados de artesanas de flores de papel para el pelo de las mujeres, y cada una también un sabor distinto en la miel que cubre hojuelas y pestiños.

Los romeros de Aguafría se anticipan a mayo y celebran su procesión el último sábado de abril. Las pandereteras caminan hasta el Ayuntamiento a recoger a la mayordoma y a su diputada; encabezan su andar dos caballos (blanco y negro) cabalgados por el mayordomo y su diputado: “la bandera está bordada, / que la bordó una paloma / con un letrero que dice: / que viva la mayordoma”. Se dirigen luego todos juntos al pie del “mayo”, un chopo altísimo al que alivia su soledad de todo el año la cruz floreada con la que convive durante la primavera en la plaza del pueblo. Culmina la procesión entregando el romero en la puerta de la ermita y, de nuevo bajo el chopo, cantando fandangos. Panderetas, flauta y tamboril. El sábado pasado llovía torrencialmente y, bajo el agua, cobraban aún más fuerza y coraje las voces y los versos: “Atravesando pinares / toda la noche me llevo, / atravesando pinares / por darle los buenos días / al divino sol que sale”.

Procesión en Aguafría.

Las mujeres de El Buitrón organizan una cocina comunitaria al menos dos semanas antes de su “romero: se trata de preparar rosas de hojaldre, hojuelas, pestiños y hostias de alfajor para todo el que se acerque a la fiesta. Los dulces, extremadamente quebradizos, necesitan de espacios acogedores para mantener su bordado de azúcar y las mujeres, para ello, habilitan una gran sala en la que se alinean, limpísimas, antiguas cunas de madera, las que albergaron los tiernos cuerpos de sus hijos recién nacidos: su aroma a miel y a leche tuvo que ser el mismo.

Mientras tanto, el pueblo de Zalamea se prepara para engalanar sus cruces con chubarba (ruscus aculeatus para la Botánica), un arbusto “siempreverde” que los hombres recogen en el campo el “domingo de chubarba” y los silenciosos asnos acarrean hasta la aldea cuando va cayendo la tarde, casi verde la luna.

Cunas en una cocina de Buitrón.

Urbanos e ignorantes, elogiamos a las mujeres por ser ellas quienes articulan toda la fiesta, son ustedes las que sostienen el “romero, les decimos. Ellas se incomodan: no es así, eso es lo que ve el de fuera –nos responden–, los hombres cortan los pinos para las andas de la cruz, traen la chubarba, preparan los caballos, acarrean el aceite, fabrican las panderetas o las reparan, se encargan de la flauta y el tambor… Nosotras cantamos, sí, pero trabajamos todos todo el año.

Y todo esto que cuento, y que he visto, ocurre sin que ningún ayuntamiento, ninguna consejería de comunidad autónoma, ningún delegado o delegada ni ningunas otras molestas zarandajas institucionales intervengan. Otro milagro de la primavera.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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