‘Inga’ o el cincuentenario de un clásico del cine erótico

Se cumplió a finales de abril el cincuenta aniversario del estreno de la película sueca Jag-en oskuld (1968) del norteamericano Joseph W. Sarno, que en el mercado internacional se conoció como Inga. La película, protagonizada por la jovencísima Marie Liljehdal, que iniciaba así su trayectoria como estrella del cine erótico, se convirtió de inmediato en un acabado ejemplo de un género que parecía tener entonces su meca en el desinhibido y libérrimo país escandinavo, prototipo y avanzadilla de una libertad de costumbres que otros países no hacían sino vislumbrar. No es de extrañar que en algunos –la católica Italia, por ejemplo, y no digamos la España de Franco–  llegaran a ser populares libros e incluso películas que, so pretexto de criticar las presuntas excentricidades de la sociedad sueca, encandilaban con su relato a un público deseoso de asomarse a esas envidiables libertades. Fue el caso de Suecia, infierno y paraíso (1967), un ensayo del psicólogo y jurista italiano Enrico Altavilla que fue best-seller en diversos países y en el que se inspiró un ínfimo pseudo-documental del mismo título que dirigió un tal Luigi Scattini y se estrenó –valga la coincidencia– también en 1968.

Resulta fructífero comparar el oportunista documental de Scattini con la apreciable película de Sarno, siquiera sea por mostrar los contraproducentes efectos de la censura de la época. En la democrática Italia, desde luego, era perfectamente legal, como en casi toda Europa occidental, producir y exhibir películas que incluyeran desnudos o escenas eróticas explícitas, pero la legislación distinguía muy claramente lo que se podía proyectar en cualquier cine de lo que debía restringirse a determinados circuitos más o menos marginales. En las primeras, por ejemplo, no se podían exhibir los órganos sexuales de los intérpretes –aunque sí los pechos y las nalgas– ni se podía mostrar abiertamente el acto sexual. Bajo esas limitaciones, el reaccionario documental de Scattini se explayaba ampliamente sobre los “excesos” del estado “socialista” sueco, en los que los adolescentes recibían una educación sexual que incluía información sobre el uso de anticonceptivos, se permitía la venta de todo tipo de pornografía en tiendas estatales y se consideraba de buen tono el intercambio de parejas o el recurso al posado para fotos pornográficas como segunda fuente de ingresos. Como contrapunto a estas inusitadas libertades, el documental mostraba otros aspectos menos envidiables de la sociedad sueca, tales como la presunta permisividad con la delincuencia común, la existencia de una flagrante mendicidad o las altas tasas de alcoholismo y suicidios. Ni que decir tiene que, siempre que el guión lo permitía, estos argumentos se ilustraban con desnudos o escenas de contenido sexual.

All the sin of Sodom

Una escena de ‘All the Sins of Sodom’.

Cuando el norteamericano Sarno llega a Suecia, es posible que su visión de la revolución sexual en ciernes no difiriera mucho de la de su colega italiano. Aunque era un verdadero experto en el género llamado sexploitation, que más o menos se correspondía con lo que hoy entendemos como pornografía ligera o soft y se ajustaba a las limitaciones que hemos mencionado, sus películas más personales incluían una visión poco complaciente e incluso prematuramente desencantada de la sociedad desinhibida en ciernes. Pero, a diferencia del italiano, su desencanto no parecía proceder de temores reaccionarios a la ampliación de los márgenes de libertad personal, sino a una especie de pesimismo de raigambre existencialista por el que constataba que esa recién conquistada permisividad no se traducía en un eficaz correctivo a la creciente deshumanización, a la incomunicación entre iguales o a los prejuicios sociales que imperaban en la nueva clase media presuntamente liberal. Tales eran los asuntos que aflorarían en algunas de las películas norteamericanas que dirigió ese mismo año, tales como la inquietante All the Sins of Sodom, sobre una especie de sociedad de intercambios sexuales que trastoca momentáneamente el modo de vida de un acomodado barrio residencial, y en la que se desarrollan elaborados rituales eróticos que recuerdan poderosamente los que concurren en la perturbadora Eyes Wide Shut (1999) de Kubrick; o la estilizada Vibrations, sobre una solitaria mecanógrafa que comparte escalera con unos vecinos que tienen montado un prostíbulo para mujeres en el que se prodiga el uso de vibradores, lo que da lugar a una serie de curiosas situaciones en las que contrastan el poder adictivo del placer sexual conseguido por tales medios y la asunción de la propia individualidad como fundamento para establecer otro tipo de relaciones entre personas.

Marie Liljehdal en ‘Inga’.

Podía esperarse que, en la desinhibida Suecia, Sarno daría rienda suelta a su imaginación y dirigiría películas aún más explícitas y atrevidas. Pero, curiosamente, Inga, la película con la que se estrenaría en el país escandinavo, podría considerarse hoy casi apta para todos los públicos: más allá de la visión más o menos fugaz de los pechos de algunas de las actrices y de una secuencia en la que la vemos en el rostro de la protagonista los efectos de su abandono a un episodio onanista –escenas que hoy no es raro encontrar en películas emitidas en televisión en horario de máxima audiencia–, no hay nada en el filme que justifique que aún hoy siga sujeto a condiciones de exhibición restringidas o marginales. Inga puede considerarse, por el contrario, todo un clásico por descubrir. Y muestra bien a las claras el prematuro pero lúcido diagnóstico de Sarno sobre el nuevo epicureísmo y sus inextricables relaciones con el consumismo y la sociedad del despilfarro. Greta, una joven viuda de treinta y cuatro años, confía casi exclusivamente en el dinero para conservar el afecto de su amante de veinte años, a quien compra todos los caprichos y ante quien intenta comportarse como una muchacha de su misma edad, asistiendo a guateques e intentando asumir la despiadada inconsciencia de sus jovencísimos compañeros. Para colmo de males, su hermana ha muerto y le ha confiado el cuidado de su hija de diecisiete años, Inga, lo que viene a complicar el problema de su crónica escasez de fondos para proveer a los caprichos de su amado.

Imagen promocional de la película ‘Inga’.

Sarno ha sido implacable en toda esta presentación de caracteres: al espectador no le queda la menor duda de que la relación de Greta con Karl, su joven amante, se basa en el autoengaño; de que Karl es un cínico que cuida a su amante con el mimo de quien protege una preciada fuente de ingresos, hasta tal punto de que ni siquiera se permite engañarla cuando tiene ocasión. Por otra parte, el medio social en el que se mueve Greta no permite hacerse muchas ilusiones sobre las posibilidades de una relación sincera y desinteresada entre iguales: un elaborado sistema de ocultaciones e hipocresías concede apariencias de respetabilidad a lo que no es sino una cadena más o menos consentida de abusos y engaños. En este ambiente, Greta, cuya soledad y espléndida belleza madura, mal apreciada por sus jóvenes acompañantes, bien merecen la simpatía del espectador, pronto sucumbe al cinismo y elabora un plan en el que su sobrina va a ser la víctima propiciatoria que le permita salir de su apurada situación. No contaremos el desenlace: baste decir que, como en la novela dieciochesca Las amistades peligrosas, los corruptores finalmente subestiman a su presunta víctima y son ampliamente sobrepasados por lo que ésta ha aprendido de ellos. Todo ello sucede en un pulcro ambiente de clase media, fotografiado en un impecable blanco y negro que evoca el de las primeras películas de Bergman –véase, por la similitud temática y la cercanía estética, Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1953)– y acompañado de una excelente banda sonora en la que contrastan los frenéticos ritmos de los guateques juveniles, que recuerdan ciertos enloquecidas escenas de diversión malsana que se prodigan en las películas de David Lynch, con los momentos de ensoñación de la protagonista en compañía de los juguetes que simbolizan la cercanía de su infancia, al modo de los objetos que los niños protagonistas de otra película cercana, Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962), conservan en su caja de tesoros, símbolo también de una infancia irrecuperable.

Surgida en los dudosos límites entre el cine restringido y el destinado a la difusión en salas convencionales, Inga merece sin duda, como mínimo, la consideración de clásico menor. El habilidoso Sarno, que murió en 2010, envuelto ya en una irredimible fama de pornógrafo impenitente, habría apreciado esta modesta vindicación desde el lado del cine sin otras etiquetas restrictivas que la recomendación para mayores de dieciocho años.

Incluso con alguno menos cabe asistir sin sobresaltos a esta fábula moral que, como las revueltas del mayo parisino, acaba de cumplir medio siglo.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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