Mi abuela decía que no tenía sentido oír el mensaje navideño del rey argumentando que “ése nunca acierta”. El sentido común de Lola Pereira (mi abuela) era irrefutable y venía avalado por dos hechos: que confiara más en las previsiones de Mariano Medina (el Hombre del tiempo) que en las del Monarca y que sostuviera hasta el último momento de su vida que el hombre no había pisado la luna, que eso eran paparruchas.
Más allá de anécdotas, la opinión de aquella mujer –nacida en 1892 y testigo de todo lo peor del siglo XX– sobre el discurso del rey me sugiere la tremenda decepción que las monarquías europeas más tenaces (léase aquéllas que se han mantenido a toda costa después de 1789) han venido provocando en sus súbditos.
Creo que para que los seres humanos nos tomemos en serio a un rey éste ha de evidenciar su condición divina, es decir, mostrar algún poder sobrenatural, la ubicuidad, por ejemplo, y desde luego comportarse como un demiurgo, un ser atemporal, una figura esquiva a las contingencias del tiempo y, por tanto, capaz de contemplar el pasado con la suficiente sabiduría como para prever y planear el futuro. A partir del siglo XX los monarcas europeos han hecho un notable esfuerzo por parecer humanos y eso –¡ay!– los ha vulgarizado tremendamente hasta despojarlos del debido respeto y la irrenunciable reverencia que un rey merece.
La monarquía británica, por ejemplo, que parecía más remisa a esta torpe humanización, se ha rendido en los últimos años a la misma. En poco tiempo ha dejado difundir dos panfletos humanitarios, ambos en forma de biopics: La reina (2006) y El discurso del rey (2010). En la primera (nadie me quitará la idea de que es una película financiada por la Casa Real Británica), a Isabel II se la despoja de su infalibilidad en un intento de hacerla más divina que Lady Di, cuya suprema divinidad, después de haber abrazado en público a Teresa de Calcuta, haber asistido al entierro de Armani y haber muerto bajo el Pont de l´Alma, resulta incontestable. En la segunda (nadie me quitará la idea de que haberle dado el papel de coprotagonista a Helena Bonham Carter fue un ingenioso boicoteo del film), se intenta demostrar que alguien tan fieramente humano como un tartamudo pudo tener un papel decisivo en el curso de la II Guerra Mundial.

En España (“por no dejar de intentarlo todo”, que diría Lope de Vega) esta iconoclastia se ha retrasado algo más, probablemente porque la divinización que envolvió durante cuatro décadas a Franco y a Carmen Polo nos hizo menos sensibles a esas veleidades humanizadoras. El caso es que, ya arrancada la democracia, durante algunos años quisimos construirnos monarcas infalibles, a la antigua usanza, y así nos arrodillamos ante aquel discurso de Suárez (a la postre duque, noble al fin) del “puedo prometer y prometo” (1977) y ante el de Juan Carlos I la madrugada del 23-F de 1981, a quien coronamos en aquel instante televisivo como redentor del país. Luego, las cosas han ido a peor.
El mensaje navideño de Felipe VI se muere de normalidad, es decir, de eso que hemos dado en valorar como “lado humano del rey” y que –reconozcámoslo– deberíamos llamar, en rigor, tedio o mediocridad. Dejando aparte críticas partidistas más o menos certeras, a mí lo que me ofende de este discurso es su absoluta falta de talento, su pereza intelectual, su renuncia a un mínimo sentido del humor (y por tanto de respeto al receptor). Dado que es Borbón, podría haber apostado por una nota de extravagancia al menos, tener como referencia implícita a su antecesor Felipe V, que deliraba en fantasías como la de creerse rana, no sé, algo de ese neorrealismo español que tanto genio ha dado… Pero no. El discurso del rey recita las salmodias de la unidad, la familia o la solidaridad y, claro, no acierta –que diría mi abuela–.
Los reyes han dejado de ser divinos, quieren ser normales, quizás apremiados por ese artículo 56 del nuevo Código Civil que entrará en vigor a mediados de este año que estrenamos y que advierte que cualquier persona afectada por “deficiencias mentales, intelectuales o sensoriales” verá mermados algunos de sus fundamentales derechos.

