Debbie Reynolds: una contradictoria encarnación de la felicidad

La muerte de la actriz Debbie Reynolds a sus ochenta y cuatro años de edad y solo un día después de que su hija, la también actriz Carrie Fisher, la princesa Leia de La guerra de las galaxias, muriera de un infarto a los sesenta, ha proporcionado a la prensa una llamativa historia que contar, con ramificaciones que incluyen la complicada vida amorosa de ambas, las difíciles relaciones entre ellas o la siempre difícil cuestión de cómo mantenerse a la altura de un apabullante éxito temprano. Los límites entre la sociología del espectáculo y el mero cotilleo son siempre imprecisos, por lo que no es fácil discernir cuáles de estas cuestiones resultan pertinentes en una apreciación de la significación que una y otra tenían para diversas generaciones de espectadores.

En cualquier caso, ningún aficionado al cine puede haber dejado de notar la curiosa paradoja asociada a la muerte de Reynolds: el hecho de que la actriz que ha saltado a las páginas de actualidad por circunstancias tan abrumadoramente dolorosas venga a ser, en la memoria de muchos, la imagen más característica de la invitación al optimismo y a la alegría desbordantes que asociamos a ciertas películas de Hollywood, y muy destacadamente a la que supuso el salto de la actriz al estrellato: Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952). Como puede decirse de tantos grandes logros del cine clásico norteamericano, el acierto que supuso el debut de esta desconocida en un musical de alto presupuesto dirigido y protagonizado por el exigente Gene Kelly se debió a que la actriz, que entonces contaba con diecinueve años, en gran medida se interpretaba a sí misma. Muchas eran las cosas que tenía en común con su personaje, la también aspirante a actriz Kathie Selden: entre otras, su capacidad de encarnar convincentemente el papel de quien alcanza el triunfo desde una cierta subordinación admirativa a un talento mayor, que en su caso era el del bailarín y cantante Gene Kelly, con quien la debutante, que no tenía experiencia previa como bailarina, hubo de medirse.

Debbie Reynolds y Carrie Fisher.
Debbie Reynolds y Carrie Fisher.

No hay que olvidar que, bajo su aparente textura de comedia ligera, la película mostraba lo implacable de los mecanismos que rigen el éxito en el mundo del cine. Un simple cambio técnico, la titubeante irrupción del cine hablado, podía forzar un cambio radical en las expectativas del público y suponer la condena al olvido de centenares de actores y actrices que gozaban de éxito y reconocimiento y cuya aptitud para conservarlos no se había puesto en cuestión hasta entonces. La película contaba la historia de una ficticia pareja de éxito sorprendida por esa coyuntura a finales de los años 20: el galán Don Lockwood, interpretado por Kelly, y la actriz Lina Lamont, a la que daba vida Jean Hagen. Lockwood poseía una buena voz e incluso un evidente talento para la danza, por lo que no le resultó especialmente complicado adaptarse a las nuevas condiciones, que exigían la conversión de su película recién filmada y aún por estrenar, la todavía muda The Duelling Cavalier, en un semimusical al estilo de El cantante de jazz (The Jazz Singer, 1927), mediante la inclusión en ella de algunos números coreográficos y cantados. El problema era que su compañera de reparto, Lina Lamont, tenía una voz horrible y era absolutamente inapta para papeles hablados o cantados. Casualmente, Lockwood descubre que la joven aspirante Kathy Selden sí tiene buena voz y podría doblar a la otra, aun a costa de sacrificar sus posibilidades de triunfar con su propio nombre… Como no podía dejar de suceder en una película de estas características, la verdad se abre paso y el talento de la joven actriz es finalmente reconocido; entre otras razones, por la caballerosa intervención del enamorado Lockwood.

Donald O' Connor, Debbie Reynolds y Gene Kelly, en una escena de 'Cantando bajo la lluvia'.
Donald O’ Connor, Debbie Reynolds y Gene Kelly, en una escena de ‘Cantando bajo la lluvia’.

Cantando bajo la lluvia fue, junto con El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wilder y Qué fue de Baby Jane (Whatever Happened to Baby Jane, 1962) de Robert Aldrich, uno de los hitos en el lento camino por el que el nuevo Hollywood reivindicó el legado del cine mudo y abrió el camino al redescubrimiento y mitificación de figuras como Gloria Swanson o Louise Brooks. Como esta última, la Kathy Selden a la que dio vida Debbie Reynolds era una flapper, una joven a la moda, con pelo corto y falda rodillera, así como dotada de esa especie de innato optimismo deportivo que, se suponía, caracterizaba a los jóvenes de entonces. Es ella quien sugiere a Lockwood y a su inseparable amigo, el músico Cosmo Brown (Donald O’Connor), la idea de convertir su drama mudo, abocado al fracaso, en un musical, y la que inicia la alegre canción que entonan en ese momento para celebrar la ocurrencia: la celebérrima “Good Morning”, en la que los tres, aunque es apenas la una y media de la madrugada, se niegan a irse a dormir y saludan al nuevo y prometedor día que tienen por delante.

Notablemente, Reynolds debió otro de sus grandes éxitos a un papel parecido: el que interpretó, junto a Frank Sinatra –y también asumiendo un cierto papel de alumna aventajada de éste, como había hecho con Kelly– en El solterón y el amor (The Tender Trap, 1955) de Charles Walter. Su carrera, a partir de entonces, fue la de una buena profesional que se mantiene en el candelero sin necesidad de nuevos éxitos abrumadores. Participó en numerosas series de televisión y prestó su voz a algún personaje de dibujos animados, y también, cuando le llegó la edad, se avino a hacer de bondadosa abuela en películas familiares. Era el destino de quien, devenida estrella por uno de esos azares que gobiernan las vidas de los aspirantes a la fama, terminó sus días siendo poco más que una prestigiada actriz de reparto y un rostro recurrente en la prensa de cotilleos, a la que ha dejado una última historia que contar, la más triste de todas.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

2 thoughts on “Debbie Reynolds: una contradictoria encarnación de la felicidad

  1. Magnífico, José Manuel. Totalmente de acuerdo. Aprovecho para elogiar yo también a esa prodigiosa película que es Cantando bajo la lluvia así como la talentosa frescura de la novata Debbie Reynolds (Que La Tierra Le Sea Leve). Como tú bien dices, se interpretó a sí misma, en una película en la que no dejan de sorprendernos los juegos de confusión entre lo fingido y lo real.

    Creo que Cantando bajo la lluvia es la más ingeniosa película de cine dentro del cine, de apariencias dentro de otras apariencias. Sí, una divertida ficción sobre el prosaico mecanismo de creación de ficciones que se permite bromear poéticamente sobre sí misma; una sarcástica simulación de la fábrica de ilusiones hollywoodiense (y de todas sus mentiras colaterales) que consigue transmitir lo más opuesto: una mordaz veracidad.

    Una de las divertidas paradojas de Cantando bajo la lluvia es que Jean Hagen haga el papel de una estúpida y chillona Lina Lamont que requiere ser doblada por la talentosa Kathy Selden (Debbie Reynolds) ¡cuando realmente era Jean Hagen la que cantaba, doblando a una Debbie Reynolds (a la que también hubo que enseñar a bailar)!

    Posiblemente el mayor de estos juegos de mezcolanza y duplicidad entre ficción y realidad sea el de los guionistas de Cantando bajo la lluvia, Betty Condem y Adolph Green. La historia que escribían para sus personajes Don y Cosmo(enfrascados en la tarea de reconvertir bajo presión un melodrama mudo en una película musical) era en gran medida su propia vivencia durante el rodaje. Sometidos a unas duras condiciones laborales en la Metro iban improvisando el guión de Cantando bajo la lluvia para hacer encajar sobre la marcha –con tanta gracia e inteligencia- una serie de deshilvanados números musicales. El guión era en principio un pastiche que tenía que ir cobrando forma a partir de las canciones: el músico y productor Arthur Freed había compuesto bastantes años antes la canción “Cantando bajo la lluvia” y quiso hacer una película a partir de ella, y lo mismo ocurrió con las otras melodías (como las compuestas por Nacio Herb Brown). Y en una increíble mezcla de azar y necesidad consiguieron armonizar aquella confluencia de talentos diversos… hasta cocinar esta deliciosa obra maestra.

    1. Sí, realmente, cuanto más ahonda uno en este tipo de películas -ocurre también con ‘Casablanca’-, más revelan su condición de muñecas rusas o cajas chinas. Es lo que las hace tan fascinantes. Gracias por el comentario, que añade datos muy significativos.

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