Un enorme poeta que no existió

Fernando Pessoa, por Rodríguez Castañé.

Un presunto lector que desconociera el hecho de que Álvaro de Campos no existió jamás, y que no es otra cosa que una creación del poeta portugués Fernando Pessoa (1888-1935), podría tomar esta compilación de los estantes de una librería, hojear su contenido e incluso quedar fascinado por algún que otro poema espigado casualmente entre sus páginas, sin tropezar con ninguna disonancia que lo alertara de que él también, en cuanto que partícipe de las convenciones que normalmente rigen las presunciones de cualquier lector, estaba siendo parte de una ficción literaria urdida por un tercero. Fernando Pessoa no fue el único poeta de su tiempo que cedió a la tentación de crear heterónimos: ahí está nuestro Antonio Machado, por ejemplo. Pero sí fue el único capaz de dotar a cada una de sus criaturas de una personalidad literaria autónoma y completa, receptiva incluso al influjo de las otras o, como fue el caso de Campos respecto a su predecesor, el también heterónimo pessoano Alberto Caeiro, al magisterio de alguna de ellas.

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En esta “primera edición de un Álvaro de Campos completo”, que incluye la obra en verso y prosa del heterónimo pessoano, encontramos, en efecto, un poeta acabado, que ocupa un lugar propio en la peculiar historia de la poesía portuguesa que Pessoa quiso inventar para suplir las carencias que hallaba en su propia tradición literaria. En esa útil ficción, a Campos le tocó el papel de representar al poeta vanguardista por antonomasia, a una especie de afín portugués al futurismo marinettiano, aunque mucho más complejo y sutil que el gesticulante poeta italiano que le sirvió de modelo. El “sensacionismo” de Campos, en efecto, no es tanto una vanguardia histórica como una personalísima manera de encarar al yo poético, en el que el poeta malgré lui que quiso ser Campos no ve otra cosa que un haz de confluencias, un sujeto vacío que no cree en su propia individualidad y que, al enfrentarse a los asuntos de sus poemas –normalmente, basados en la mitología maquinista del futurismo: barcos, viajes interoceánicos, vertiginosa vida urbana, tráfagos de multitudes, etcétera–, juega a adoptar todos los puntos de vista posibles, a ser a un mismo tiempo el observador y la cosa observada, a imaginar los grandes conflictos o los espeluznantes actos de depredación y violencia en que consiste la historia de la civilización desde los puntos de vista opuestos del agresor y la víctima, así como del espectador que contempla a ambas: tal es el juego que desarrolla, en grandiosa clave épica, la sorprendente “Oda marítima”, por ejemplo. Pero lo curioso es que Campos cede también al impulso de una poesía más desgarrada e íntima, en la que ese proceso de despersonalización deja al poeta en la tesitura de afrontar el sinsentido de una existencia que ni siquiera cuenta con un sujeto sólido, fiable, desde el que afrontarla: tal es el asunto de “Tabaquería”: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Quitando esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

Fernando Pessoa retratado por Almada Negreiros.
Fernando Pessoa retratado por Almada Negreiros.

No es extraño que este poeta contradictorio, que en sus comienzos fue simbolista y decadente –y Pessoa se encargó de escribirle los poemas pertinentes, como el espléndido “Opiario”– sintiera la necesidad de teorizar su ruptura con el Simbolismo y con la gran cultura europea de finales del siglo XIX y principios del XX. A tal fin se aplican los ensayos y manifiestos en prosa que Pessoa escribió en su nombre; entre ellos, el vibrante “Ultimátum”, escrito en el mismo tono de exaltado arrebato que la mencionada “Oda marítima” y, como ella, una demoledora negación de los fundamentos del edificio psicológico y moral que conocemos como hombre civilizado: “¡Orden de desahucio a los mandarines de Europa! ¡Fuera! ¡Fuera, tú, Anatole France, Epicuro de farmacopea homeopática (…), ¡Fuera tú, Maurice Barrès, feminista de la Acción (…), proxeneta de escenario de esa patria de cartel, moho de Lorena, trapero de los muertos ajenos…”. El resto del discurso incluye anatemas parecidos contra Kipling, Bernard Shaw, Chesterton, Maeterlinck y otros. Como al propio Pessoa, a Campos lo salvó del nihilismo absoluto el ejemplo del otro gran heterónimo pessoano, el singular poeta de la naturaleza Alberto Caeiro, a quien dedica unas emotivas y certeras “Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro”, en las que también se refiere a otros heterónimos decisivos en esta peculiar reinvención de la tradición literaria, tales como el poeta “clásico” y conservador Ricardo Reis o el prosista Antonio Mora; ambos, como el propio Caeiro, verdaderos “paganos”, en el sentido de que se sustraían a la tradición religiosa y filosófica occidental para recuperar una mirada clara ante la naturaleza y la vida en general, de la que el “sensacionismo” radical de Campos no es más que una proyección extrema.

Tal es el “poeta” integral que recupera esta compilación. Leído de este modo, y no, como suele suceder en otras ediciones, como un mero apartado de la producción pessoana, Campos alcanza una asombrosa estatura poética y eclipsa incluso a su creador, absolutamente borrado tras la apabullante personalidad de su creación. Queda la paradoja de que uno de los mejores y más completos poetas portugueses y europeos de su tiempo fuera… una invención, sustentada por un modesto poeta local que se ganaba oscuramente la vida en un despacho comercial de Lisboa. También nuestro Don Quijote, la figura más real de nuestra literatura, fue invención de un modesto exsoldado mutilado y de dudosa reputación, de quien sabemos quizá menos que de su portentosa criatura. Ambos, Cervantes y Pessoa, apuntaron a un hecho decisivo de nuestro ser cultural: su configuración como ente de ficción, a semejanza de esos otros grandes entes ficticios que toma como interlocutores. Del diálogo de Pessoa con sus creaciones surgió toda una literatura, del que el volumen de casi mil páginas que motiva estas líneas es solo un apasionante capítulo. Cabe esperar que los otros heterónimos pessoanos, o al  menos los principales, Caeiro y Reis, cuenten pronto con una edición análoga en español. Su palpable “realidad”, con ello, quedará más que confirmada.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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