De la comunión y el pecado

Mayo de 1968. París se preguntaba qué hay bajo los adoquines. Praga ensayaba el trabalenguas imposible de desestalinizarse para volverse a estalinizar. En España, las niñas abríamos los brazos a Dios y cerrábamos las piernas al Demonio. Eso significaba aquí  más o menos hacer la primera comunión.

Muchas  mujeres me han contado que aquel día que recibieron por primera vez el cuerpo de Jesucristo fue uno de los más terribles de su vida. Lo recuerdo bien. Llegabas al altar con el estómago vacío y  la angustia instalada en el paladar, mientras caminabas por el pasillo repasabas las confesiones de las últimas semanas, y sobre todo la última, la del día anterior, ésa en la que le habías contado al cura que tu último pecado era haber pegado a tu hermano pequeño. Yo no tenía un hermano pequeño, pero se supone que tenía que confesar un pecado, que para eso estaba la confesión, así que por no defraudar al sacerdote le conté una mentira, lo cual empeoró la angustia en la ceremonia, pues comulgué con la convicción de que lo hacía en pecado: ya no me daba tiempo a confesarme del pecado de mentir.

La primera comunión de mi madre, en 1940, no fue más amable. Con los vencedores de la guerra ya acomodados, ella cumplió con el deseado rito vestida con un traje prestado, el de la hija de un militar compasivo, que apiadándose de aquella niña de padre anarquista la invitó a merendar en su ostentosa casa. Siempre he pensado en esa escena como un perfeccionismo del “siente un pobre a su mesa” de Plácido, la película de Berlanga: siente a su mesa a una niña pobre vestida de comunión con un traje prestado, eso lo redimirá a usted del pecado para siempre y a ella la condenará de por vida a la vergüenza.

La autora del artículo, el día de su primera comunión.
La autora del artículo, el día de su primera comunión.

Como cualquier padre o madre responsable debiera saber, la primera comunión es una de las tantas apropiaciones que de la ritualidad pagana fue haciendo la Iglesia con la intención de atraer adeptos y controlar la moral social. Cuando a mediados del siglo XIX la Santa Sede instituye la “comunión solemne”, impone el rito para todos aquellos niños llegados a “la edad de la discreción”, es decir, a ese momento en que el ser humano toma conciencia de temporalidad y se empieza a reconocer como ser social (y, por tanto, susceptible de obtener la libertad). Momento crítico al que todas las culturas dedican su correspondiente rito de iniciación. En toda Europa, las ceremonias que marcaban el paso de la niñez a la pubertad estaban vinculadas a la primavera, y con ella al sentido de regeneración, erotismo y fertilidad marcado por el ciclo agrícola. La Iglesia no hizo ni más ni menos que cristianizar la primavera, y desde ese punto de vista la primera comunión siguió siendo el ritual que nos lleva de la niñez a la primera madurez, pero entendida ahora ésta como conciencia de pecado y, por tanto, como negación de esa libertad con que el paganismo esperanzaba la edad adulta.

El mensaje, pues, se invirtió. De mirar la primera adolescencia como el momento feliz de empezar a crecer pasamos a mirarla como el momento infeliz de empezar a crecer, y en consecuencia de empezar a pecar. Y el mayor pecado, por supuesto, era del de ceder a las tentaciones del sexo. Por eso a las niñas nos aconsejaban cruzar las piernas mientras dormíamos, cerrarlas al Demonio.

El gran sinsentido –creo recordar- es que la primera comunión prohibía algo de lo que nadie nos había hablado jamás. Hubieron de pasar muchos años para que aquellas niñas de sexo castrado hiciéramos el camino en las lógicas etapas, a saber: primero, conocer qué era el sexo; segundo, ser conscientes de que estaba prohibido; y finalmente entender que ser un ser humano implica felizmente tener sexo y que tal condición no tiene nada que ver con el pecado.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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