Ciegos copleros

La memoria y la música son patrimonio (y privilegio) de los ciegos. La aparición de la imprenta y el declinar de la juglaría medieval trajeron consigo la figura callejera del ciego cantor, buhoneros más o menos invidentes y lisiados de todo tipo que, hasta bien entrado el siglo XX, llevaron la necesaria ficción a las clases populares voceando coplas y salmodiando romances, dando noticia, al fin y al cabo, de los sucesos extraordinarios vedados a la cotidianidad de los pobres.

Desde muy temprano, estos ciegos copleros se organizaron en cofradías, haciéndose así con el privilegio de la mercadería de pliegos de cordel, esas hojitas volanderas que hacían viable el negocio de la imprenta vendiéndose por muy poco en calles y plazas. Los pliegos encontraron muy pronto acomodo entre la población ágrafa que, con ellos, colmó los anhelos literarios esenciales del ser humano, a saber: la ficción y el espanto, “la flor de la poesía popular” a decir de Unamuno. Es cierto: la ficción es consustancial a la condición del hombre, que solo en períodos históricos henchidos de Razón (la Ilustración, por ejemplo) y solo en casos excepcionales la ha despreciado; en cuanto al espanto —en su sentido clásico, la capacidad de admirar y conmoverse— es evidente que ha sido el único sentimiento colectivo que ha sobrevivido a la transformación de los medios de comunicación, de modo que ese “mover los afectos” que perseguían los sermoneadores medievales dejó su testigo en los relatos espantosos de los ciegos copleros, en la prensa morbosa que eclosiona en el siglo XIX y, ya en el siglo XX, en la crónica de sucesos y en la expresión más negra de lo anecdótico: los noticiarios televisivos.

'El ciego de los romances' de Solana.
‘El ciego de los romances’ de  José Solana.

Lúcido siempre y visionario, Goya dibujó las dos emociones que estos cantores ambulantes llevaron al pueblo: en 1778, en su cartones coloristas y con destino “al dormitorio de los príncipes”, El ciego de la guitarra, escena costumbrista que convoca a niños y grandes a solazarse con historias remotas en torno a un crepúsculo veraniego; en 1823, en sus pinturas negras, El cantor ciego, desprovisto de paisaje y de color, desnudo de público, sombrío, rodeado de fantasmas… “Lo que canta debe ser horrendo —imagina Julio Caro Baroja—, un rumor calumnioso puesto en coplas, un suceso brutal, asesinato, violación o crimen sangriento”.

pliegoLo cierto es que la vertiente más atroz de las coplas de ciego superó con creces a la vertiente pintoresca y candorosa, quizás por el propio ser de este país, más interesado por el canibalismo sentimental que por el sentimentalismo aventurero. Y he aquí que los relatos voceados por los ciegos cantores nos dibujan una intrahistoria salpicada de sangre y exenta de pudor. En la revisión de estos pliegos nos salen al paso “relaciones de sucesos” que hablan de extraordinarios y trágicos cambios de sexo, de partos asombrosos o de crueles infanticidios; menudean también en ellos crímenes nefandos, incestos y un surtido de tipos criminales locos, epilépticos o pasionales sobre los que la criminología y el psicoanálisis encontrarían un campo extenso de investigación. Y hasta en los milagros y en las coplas presuntamente devotas hay un perfil atroz que vincula la religiosidad al castigo y a la percepción lastimosa, trágica y miserable de la existencia.

Lo que cantaron los ciegos españoles durante siglos no se parece a lo que nos dejó cantado el primer ciego rapsoda, Homero, quizás porque éste vivió una Grecia democrática y luminosa y aquéllos una eterna España oscura a la que, no obstante, supieron ver con claridad: “Arte de ciego juglar / que canta viejas fazañas / que con un solo cantar / cala todas las Españas”.

Imagen de portada: ‘El cantor ciego’ de Francisco de Goya.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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