Con motivo del centenario del nacimiento del escritor británico Roald Dahl (1916-1990) se ha hablado bastante de su vinculación con el cine. Dahl, en efecto, ejerció ocasionalmente de guionista –suyos son los guiones de Sólo se vive una vez (1967), una de las entregas de la serie Bond, y de Chitty Chitty Bang Bang (1968), también basada en una novela de Ian Fleming– y algunas de sus novelas fueron llevadas a la gran pantalla: desde La maldición de las brujas (The Witches, 1990), hasta la recién estrenada Mi amigo el gigante (The BFG, 2016), pasando por la ácida Matilda (1996) y las dos versiones que ha conocido Charlie y la fábrica de chocolate: la que en España se tituló Un mundo de fantasía (Willy Wonka & the Chocolate Factory, 1971), que tuvo como guionista al propio Dahl, y la dirigida por Tim Burton (Charlie and the Chocolate Factory, 2005).
Bastaría comparar las dos para comprender el singular destino de las historias de este imaginativo autor en el mundo del cine. Como ocurre todavía con Tim Burton –y la unión de ambos talentos en la última película mencionada no es casual–, sobre Dahl pesó siempre el malentendido de que su mundo propio era el de la literatura para niños o, a lo sumo, preadolescentes. A ellos parece destinada, en efecto, la demoledora visión del mundo adulto que encierra Matilda: una desazonadora fábula sobre las dificultades que una niña sensible encuentra para desarrollar sus potencialidades en un degradado entorno marcado por el consumismo, el narcisismo ególatra de la clase media y el absoluto desprecio de cualquier inclinación artística o espiritual. Elegir el punto de vista de un niño para denunciar los males de la sociedad no es del todo inusitado: lo hicieron, antes que Dahl, escritores tan reputados como Mark Twain o, ya en el siglo XX, el francés Louis Pergaud, autor de una novela que dio lugar a un todavía no del todo reconocido clásico del séptimo arte: La guerra de los botones (La guerre des boutons, 1962), dirigida por Yves Robert.

Lo original de Dahl, decíamos, no fue tanto haber elegido el punto de vista de una niña como adoptar un tono y un sentido del humor en plena sintonía con la natural desconfianza del adolescente hacia el mundo adulto. Que Dahl se sentía particularmente cómodo en ese registro queda demostrado por el hecho de que ése fue también el tono elegido para redactar sus memorias de infancia y juventud, recogidas en los volúmenes –nunca llevados al cine, por cierto, pese a su excelente pulso narrativo– Boy (en español Boy. Relatos de la infancia) y Going Solo (Volando solo).
Quizá el mayor problema que han debido afrontar todas las adaptaciones al cine de la obra de Dahl fuera precisamente ése: cómo trasladar a la pantalla la mezcla de franqueza infantil y malicia adolescente con las que el autor plasmaba en sus textos su visión esencialmente satírica, y a veces incluso sardónica, de la realidad. Basta comparar las dos adaptaciones de una de sus obras más conocidas, la ya mencionada Charlie y la fábrica de chocolate, para constatar esa dificultad. De la primera suele destacarse el hecho de que resultó un sonoro fracaso comercial. Y lo fue, seguramente, porque el propio Dahl, como guionista, prescindió de elementos que su novela apenas esbozaba, y en cuya necesidad reparó más de treinta años después un apercibido Tim Burton: dotar al protagonista, el magnate Willy Wonka, de un trasfondo biográfico que explicara su extraño carácter y tranquilizar la conciencia del espectador. El estrafalario millonario protagonista de la novela de Dahl, recuérdese, propietario de una portentosa y misteriosa fábrica de chucherías, sortea unos boletos para permitir que cinco niños puedan visitarla. Su secreta intención, según va revelando la historia, es designar, entre los ganadores, un posible heredero de su fábrica, y para ello no duda en exponerlos a toda clase de tentaciones que la mayoría de ellos, malcriados y sobreprotegidos, no están preparados para resistir. En la película de 1971 Wonka declarará en algún momento que los niños expeditivamente eliminados de la competición no sufrirán ningún daño, pero lo cierto es que, una vez efectuada su expulsión, no vuelve a saberse nada de ellos. Más cautamente, Tim Burton se asegurará de que los veamos salir de la fábrica, aunque sea maltrechos y humillados. Tampoco se sabe muy bien, en la película de 1971, por qué Wonka siente ese inexplicable rencor hacia la paternidad y la institución familiar. Burton, anticipándose a las preguntas del espectador, lo dota de un trasfondo muy propio de sus personajes: como Eduardo Manostijeras, el protagonista de su película homónima de 1990, o el Sombrerero Loco de Alicia a través del espejo (2016), sobre su comportamiento pesa el recuerdo de una mal entendida figura paterna; en este caso, irónicamente, un dentista obsesionado con que su hijo no coma dulces para preservar la salud de su dentadura.

El fracaso de la película de 1971 previno a los posibles adaptadores de Dahl contra las consecuencias de ceder a la constatada querencia del escritor hacia lo truculento y macabro. Y es llamativo que fuera la televisión, un medio nominalmente llamado a constreñir sus contenidos a unos ciertos niveles de aceptabilidad familiar, la que le ofreciera un formato idóneo para plasmar sus fantasías, esta vez ya no dirigidas a un público infantil, y por tanto abiertas a la posibilidad de presentar crudamente una gama de impulsos humanos que incluía la pulsión criminal, la crueldad gratuita, el afán de dominio, el humor perverso y los infinitos cursos de acción dictados por la ambición o la lujuria. Nos referimos a las decenas de cuentos, procedentes de las colecciones Tales of the Unexpected, Kiss Kiss y Someone Like You, que encontraron su camino hacia la serie que se llamó, como el primero de los títulos citados, Cuentos de los inesperado, que se emitió en la televisión británica entre 1979 y 1988.
Baste el argumento del primero de ellos, El hombre del Sur (The Man from the South) para constatar que, efectivamente, la imaginación de Dahl se mueve aquí por derroteros bien distintos a los que rigen sus historias más conocidas: un elegante turista a quien un chico ofrece lumbre, lo reta a prender su encendedor diez veces seguidas sin que falle. El monto de la apuesta será, por parte del adinerado turista, su elegante coche deportivo; a lo que el chico deberá contraponer, en caso de que pierda, una propiedad suya que, en palabras del otro, jamás le ha reportado ningún beneficio y cuya pérdida no lamentará. A la vista de la bella acompañante del chico y de los modales insinuantes del apostador, sospechamos que lo que va a proponerle es alguna clase de arreglo sexual. Pero no: lo que el chico deberá dejarse arrebatar, en caso de perder la apuesta, es simplemente… el dedo meñique de su mano izquierda. Invitamos al espectador a buscar el cuento o el episodio correspondiente de la serie y averiguar su desenlace.

