Carnavalizar

La risa. Como expresión necesaria impregnó toda la cultura popular de la Edad Media y del Renacimiento. La risa como lo inverso de la solemnidad, como la cara oculta de lo oficialmente establecido, como lo imprescindible para sobrevivir al yugo. La risa o lo carnavalesco. Y lo carnavalesco entendido no como fiesta instituida previa a la cuaresma, sino como espontánea ocurrencia intermitente en el ciclo de la vida. Así lo cuenta el historiador ruso Bajtin, revisando el folklore de aquellos siglos: “Además de los carnavales propiamente dichos, se celebraban también la Fiesta de los bobos (Festa stultorum) y la Fiesta del asno; existía también una risa pascual (risus paschalis) muy singular y libre. Además, casi todas las fiestas religiosas poseían un aspecto cómico popular y público, consagrado también por la tradición. Es el caso, por ejemplo, de las fiestas del templo, seguidas habitualmente por ferias y por un rico cortejo de regocijos populares (en los que se exhibían gigantes, enanos, monstruos, bestias, etcétera). La representación de los misterios acontecía en un ambiente de carnaval. Lo mismo ocurría con las fiestas agrícolas, como la vendimia. La risa acompañaba también las ceremonias y los ritos civiles de la vida cotidiana: los bufones y los tontos asistían siempre a las funciones del ceremonial serio, parodiando sus actos. Ninguna fiesta se desarrollaba sin la intervención de los elementos de una organización cómica”.

Con el advenimiento de la modernidad y sobre todo con la institucionalización de la cultura popular (por parte de las autoridades civiles y religiosas), la risa fue perdiendo sus lugares de expresión y fue deshilanchándose su sentido esencial, es decir, el de construir un segundo mundo paralelo al oficial en el que, por obra y gracia de la inversión de la normalidad, la libertad era posible.

Aun así, la tradición oral ha procurado hasta por lo menos el siglo XX conservar ciertas perlas de esa tradición cómica, y no son pocos los textos que evidencian esa resistencia a desaparecer de la risa libre. Desde oraciones hasta coplas, desde refranes hasta romances, desde ensalmos hasta juramentos, conocemos un repertorio de formas que convocan la blasfemia, la obscenidad, la vertiente soez de la realidad, la irreverencia, la exageración grotesca, y que, en definitiva, testimonian la necesidad humana de cumplir con el rito de inversión que lo carnavalesco traduce. Hay aún quien recuerda el modo cómico de hacer la señal de la cruz, probablemente difundido por los judíos conversos de los siglos XVI y XVII y refugiado ya en la retahíla infantil de los niños de nuestra postguerra: “Pon la señal / de la santa canal, / cayó un chinito, / mató un gorrinito, / cayó una teja, / mató a una vieja, / cayó un mollete, / me dio en los dientes, / mejor pa mí / que me lo comí”.

brujas goya
‘Brujas’. Francisco de Goya.

Por otra parte, ciertas creaciones de autor se han nutrido de la comicidad popular, desarrollando “procesos de carnavalización” en sus respectivos ámbitos artísticos, queriendo así significar su desobediencia a cánones, sistemas e imposiciones. Los personajes cosificados y animalizados de los esperpentos de Valle-Inclán son un ejemplo de ello, así como el feísmo y la expresión grotesca, obscena o soez de algunas obras de Goya o de Gutiérrez Solana. Expresan todos estos casos la propuesta de ese segundo mundo de la risa antigua: el Carnaval enfrentado a la Cuaresma, y ésta irritada por la desobediencia del que se ríe.

La risa no tiene razón de ser (o sencillamente no es risa) si no es para enfrentar la degradación a lo sublime, la destrucción del sistema al propio sistema, la orgía del “cuerpo grotesco” de Bajtin (aquel que se define por comer, beber, defecar, orinar y follar) a la misa del cuerpo negado del cristianismo. En los años setenta pude ver en el carnaval de Cádiz a una dulce niña vestida de grácil bailarina que se adornaba con un collar del que colgaban boñigas… ¿Qué ha sido de esa libertad? Hoy por hoy, la cultura popular, cada vez más institucionalizada, está descarnavalizada… ¿Quién la carnavalizará?

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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