CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 43. Debate.

El presentador se ufana de que lo suyo no es un late-show. Ni tampoco una tertulia al uso. Su franja horaria, al mediodía, le permite tener un poco de manga ancha (si no se salta las indicaciones a la torera como le pasó a su predecesor) y disfruta como el niño que casi es escandalizando a las amas de casa que puedan haber sintonizado por casualidad el programa. Tiene un buen plantel de colaboradores, repartidos entre los cinco días de la semana, algunos de ellos de un lado del espectro político, los menos del otro. Todos saben mucho de todo. Todos son capaces de gritar más alto que el contrario, como si con eso hicieran fuerza y empujaran del tercio de pantalla que les deja el realizador para copar ellos solos la imagen completa. Ninguno se  llama a engaño: todos han curtido un personaje a lo largo de años, y la mayoría de ellos, en días alternos, casi a la misma hora, repite el show en el programa parejo de la emisora de la competencia. Los defensores de la ortodoxia y los heterodoxos por igual, se digan de izquierdas o de derechas: todos ganan una pasta gansa.

Hoy los teletipos están que arden. Los becarios de las emisoras y periódicos aprenden por fin lo que significa hacer horas extras. No es para menos.

—¿Qué os parece esto entonces? ¿Una declaración de guerra? ¿Una boutade? ¿Una broma de mal gusto? ¿O la realidad tras la realidad?

Los cuatro contertulios dudan un momento sobre quién empieza la descarga. Es la muchachita delgada y pija que parece recién salida de un colegio de monjas de hace medio siglo quien intenta hablar, pero es el excomisario de policía quien se le adelanta.

—Tendríamos que esperar para hacer una valoración de los hechos —dice, jugueteando con el bolígrafo como si de pronto quisiera imitar a Pablo Iglesias.

—Pero si se confirma que detrás de todas las muertes y todos los incidentes aparentemente casuales de los últimos meses hay un trama mafiosa, no cabe duda de que habrá que hacer balance de cómo pueden haber pasado por debajo del radar de los cuerpos de seguridad del estado.

El excomisario mira a la pija como si la quisiera fulminar con la mirada, cuando en realidad lo que se le apetece es echarle un par de polvos: siempre le han puesto las pijas. Será por el olor de los perfumes caros y esas narices respingonas al aire. Lo malo es que este tipo de pijas suelen ser, además, unas beatas.

—Recordemos, en todo caso —contraataca—, que los cuerpos de seguridad del estado tienen cauces de investigación que no se filtran, por motivos obvios,  a la prensa. De otro modo, sería imposible  que llevaran a cabo su labor.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

—Pero si lo de ese comunicado que ha saltado a las redes se confirma —estalla como de costumbre la otra contertulia de melena salvaje y habla rotunda—, no se puede decir que lo hayan hecho. ¿Cuántos muertos van ya? ¡Ni siquiera lo sabemos?

—Pero, suponiendo que lo del comunicado sea cierto y no una broma de las muchas que inundan internet, que todo lo da por cierto —interrumpe el presentador antes de que esto se convierta en una jaula de grillos cuando intervenga el cuarto contertulio—, ¿nos encontramos ante un grupo mafioso o una organización terrorista?

—Yo lo tengo muy claro —dice entonces el barbudo de acento gallego, que siempre suele tener la última palabra en todo, o por lo menos lo piensa—. Hay un terrorismo que busca el espectáculo y otro que busca la efectividad. Si ese comunicado dice la verdad, y habrá que estar atento a qué nuevos datos nos ofrecen, esa banda ha pasado de lo segundo a lo primero.

—¿Pero por qué? ¿Qué los lleva a cambiar ahora de estrategia?

—La propia necesidad de sembrar el terror, ¿no está claro?

—Pero según dice el comunicado, no es siembra de terror, sino de justicia —recalca el barbudo.

—¿Estás justificándolos? —ataca la pija.

—¿Cómo los voy a justificar? ¿Acaso me estás llamando terrorista a mí?

—No he dicho eso.

—Pues lo ha parecido.

—El nombre de ese supuesto grupo que presuntamente reivindica las muertes y ajusticiamientos de los últimos meses, es ni más ni menos que “Isidoro” —corta de nuevo el presentador, señorita Rottenmeir de esta guardería—. ¿Alguien puede imaginar por qué?

—Quizá tengan algo que ver con el Isis, ¿no?

—No hay proclamas a la guerra santa.

—¿Qué puede significar Isidoro?

—Un gato de dibujos animados de mi infancia —recuerda la pija.

—Un arzobispo que aparecía en los billetes de mil de las antiguas pesetas.

—El nombre en la clandestinidad de Felipe González —apunta el excomisario.

Todos lo miran. La pija esboza una risa, pero de pronto se queda callada. El izquierdista gallego intenta negar que a estas alturas, con su carrera posterior, nadie quiere reivindicar como revolucionario al expresidente del gobierno. Entonces el presentador da paso a la publicidad y la cadena recuerda que por la noche un montón de parejas de jovencitos follarán entre la maleza de una isla desierta.

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