De la cosecha de 2015, todavía

Versiones y subversiones. Max Aub. Cuadernos del Vigía. Granada, 2015. 103 pp.

PortadaVersiones-e1446626880332A Max Aub (París, 1903 – México, 1972) se le recuerda mejor –e injustamente, quizá– por sus libros singulares que por sus obras más convencionales y de más aliento. Sus Crímenes ejemplares, por ejemplo, son un insuperable ejemplo pionero de eso que ahora se ha venido a llamar “microrrelato”. Y estas Versiones y subversiones, publicadas originariamente en México en 1971, han sido también inspiración para todos los poetas que han sentido la tentación de jugar con la tradición o inventarla. No otra cosa hace este escritor hispano de origen francés en estos textos: en las “Versiones” que abren el libro, inventa a veinticuatro “poetas que pudieron existir” –la expresión es de Antonio Machado, con cuyos apócrifos  este libro guarda una evidente relación–, de cada uno de los cuales, además, redacta una ficticia, y con frecuencia divertida, nota biográfica; y en las “Subversiones” traduce o retraduce –del francés, casi siempre– un puñado de textos raros o exóticos, dando por sentado que la traducción subvierte el texto original y añade una dimensión de capricho y extrañeza a lo traducido. En ambas secciones, hay textos que valen más por lo que tienen de ocurrencia que por su valía estrictamente literaria. El propio autor, irónicamente, no se llama a engaño al respecto: “No es esta antología (…) sino muestra de la poca variedad de la inteligencia humana”. Pero no deja de haber aciertos y sorpresas que justifican sobradamente la lectura del conjunto; alguna que otra pirueta vanguardista, por ejemplo (“una hache como una silla / donde sentarse a pescar / a ver si pica / el verde pez de la muerte”); o algún sorprendente hallazgo en el bazar algo imprevisible de las literaturas tradicionales no europeas, como la espléndida “Plegaria hindú a las plantas”.  Merece la pena.

Donde rompe la noche. Alejandro Duque Amusco. Renacimiento. Sevilla, 2015. 85 pp.

Donde rompe la nocheDebemos la reedición –o, mejor dicho, primera edición completa– de este libro, que ganó el Premio Loewe en 1994, a un malentendido. En su día, y tras una defectuosa conversación telefónica con el presidente del jurado, que fue Octavio Paz, el autor entendió que no había gustado a éste la sección de haikus titulada “Briznas”, y consiguientemente, y por natural deferencia a su prestigioso interlocutor, decidió suprimirla de la primera edición del libro. Luego resultó que lo que el mexicano había querido transmitir al poeta premiado era todo lo contrario: su preferencia por esos poemas breves. Que, efectivamente, redondean el libro y le aportan una nota de inesperada actualidad, en estos años en que la poética del haiku se ha incorporado con pleno derecho a la tradición hispánica. Éstos de Alejandro Duque Amusco (Sevilla, 1949), prescinden, además, de las habituales constricciones métricas que suelen tenerse en cuenta a la hora de replicar en castellano esta forma japonesa, por lo que no resultan repetitivos o forzados, y sí deliciosamente frescos:  “En la ola / de sangre del placer, / la voz de las estrellas”. Hay que decir que estos poemas no disuenan del resto del libro, caracterizado también por una obsesiva búsqueda de la belleza en lo delicado y breve; lo que no excluye que, en la sección segunda, compuesta de homenajes literarios, el poeta recurra, también con eficacia, al detallismo circunstanciado y al narrativismo que caracterizó la poesía de aquellos años. Pocos libros de entonces resisten tan bien como éste una oportuna resurrección.

Los dones del otoño. José Cereijo. Pre-Textos. Valencia, 2015. 93 pp. 

ub. la cruz del surLa serie de poemas sin título que ocupa la mayor parte de este libro puede leerse como uno de los más logrados poemas meditativos de largo aliento que se han escrito en los últimos años. Es el monólogo en soledad de un hombre que contempla el paso del tiempo, reflexiona sobre su entorno –el paisaje que se ve desde la ventana, la habitación vacía– y construye una honda meditación sobre la fugacidad de la vida, el sentido de la escritura, el arte como realce de la existencia, la muerte y la dudosa posibilidad de la trascendencia, etcétera. Y cada uno de los momentos de esta meditación es un logrado poema en el que, con una sabia mezcla de control métrico y oportunos olvidos del mismo, José Cereijo (Redondela, Pontevedra, 1957) caracteriza una inflexión del pensamiento o un nuevo matiz de un discurso que conjuga descreimiento y esperanza, objetivismo y elevación lírica, intimidad y desprendimiento: “Una de las razones / que hacen grato el silencio a cierta edad, / es que es el ámbito de los que se fueron”. En este excelente poemario ese silencio cobra voz y habla con convicción al lector.

El lugar en mí. Antonio Manilla. Reino de Cordelia. Madrid, 2015. 111 pp. 

El lugar en míQuiere tener este libro de Antonio Manilla (León, 1967) un entronque ancestral (“Venimos de una raza de pastores”) y un encuadre en el potente paisaje leonés, que los narradores de esa tierra, y algún que otro poeta, han querido dotar de tintes faulknerianos. De eso habla el extenso poema que le sirve de prólogo. Sin embargo, sus mejores momentos son los que devuelven al poeta a la contemplación de lo pequeño y pasajero, en un paisaje que renuncia a la grandiosidad para volverse cercano e íntimo, y que se manifiesta en el presentimiento de las lluvias por venir ante el cauce seco de un regato, en la diaria refundación de la mañana, en el olor de una tormenta de verano, en las fogatas que anuncian el otoño o en la presencia fugaz de unas grajillas o un ruiseñor definiendo una confluencia particular de clima y ánimo… Queremos decir que éste es un libro que se anunciaba épico y en el que, por fortuna, triunfa lo pequeño e íntimo: “Más leves que las nubes, / los vilanos / que caen como copos / de las eras / –un invierno fingido / en pleno abril– / dejándonos su nieve / en primavera”. Merecidamente, este libro obtuvo el XVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca.

Si el neón no basta. Raquel Vázquez. La isla de Siltolá. Sevilla, 2015. 85 pp.

Cubierta SI EL NEÓN NO BASTATiene este libro de la jovencísima Raquel Vázquez (Lugo, 1990) el elemento de sorpresa y la novedad de dicción con el que suele anunciarse un poeta con voz propia: “No hay disparos tal vez porque no hay balas, / tal vez no hay sangre porque este iceberg / está labrado en hueso / pero lo sórdido fluye por mí / como palabras perdidas de Munch / como Valdivostok en la promesa de algún horizonte”. Hablan estos poemas de amor presente, pero también de decepción y pérdida, que es el modo en el que los jóvenes enuncian el paso del tiempo. Y hay también en ellos una cierta cualidad de caleidoscopio, de confluencia de imágenes que mezclan la vida urbana, los viajes y la experiencia un tanto acelerada de la contemporaneidad. Como corresponde, decíamos, a una poeta joven que ya ha encontrado su mundo, su voz.

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