Confieso que cuando llegó a mis oídos la muerte de David Bowie, la primera imagen que me vino a la mente fue la del alto ejecutivo de Warner o Sony frotándose las manos ante la avalancha de ventas que se les venía encima. La necrofilia es el deporte rey en la música pop y ni industria ni público pueden resistirse a sus encantos. Tampoco el sector mediático, redes sociales incluidas, que llenó inmediatamente de lugares comunes –»Muere el visionario del pop”, “Bowie viaja ya hacia las estrellas”, “Una estrella para la odisea sideral”…– y estandarizadas etiquetas que todos hemos utilizado en alguna que otra ocasión –que si Ziggy Stardust, que si el Duque Blanco, que si el Camaleón…– cualquier titular dispuesto a hacerse eco de la desaparición del músico británico.
Y es que nadie puede negar que Bowie murió tal y como vivió: agarrado al factor sorpresa. Sexagésimo noveno cumpleaños y flamante disco –premonitorio Blackstar (2016)– precedieron un par de días a una desaparición física anticipada por su oportuno abandono de los escenarios en 2004, dicen que a causa de una dolencia cardíaca. Pese a su digno balance reciente, nadie discute tampoco que sus grandes y decisivos logros quedaron asociados a una década de los setenta cuyas memorables canciones vienen monopolizando estos días homenajes y evocaciones de su figura. ¿Nadie recuerda ahora Tonight (1984), Earthling (1997) o esa díscola aventura llamada Tin Machine?. No, el reino de Bowie no era de aquellos mundos.
Y es que, desde comienzos de los ochenta en adelante, Bowie perdió esa capacidad para encarnar paradigmas musicales –glam rock, soul de guante blanco o el eje electrónico de su trilogía berlinesa– y situarlos en un espacio propio que puso de rodillas tanto a crítica exigente como a masivas audiencias. Su estética no le fue a la zaga y escoltó su innato pulso oportunista con un control de imagen y proyección pública que casi siempre le benefició. A ello le ayudó su versatilidad musical y artística, extendida en su faceta como actor o a su interés por el arte contemporáneo, y, sobre todo, una capacidad evolutiva y/o adaptativa a prueba de bombas que, en sus buenos tiempos, circuló bastantes metros por delante del pelotón de ilustres coetáneos.
Aunque para algunos aficionados más que rezagados el bombardeo mediático suponga el descubrimiento de su obra, más allá de recopilatorios o grandes éxitos al uso, la muerte de Bowie no engorda ni reduce su colosal dimensión e influencia en la crónica de la música pop. Eso sí, pese a la más que digna presencia de sus cercanas entregas –el citado Blackstar o The Next Day (2013)–, la construcción de la leyenda quedó ventilada hace décadas. Tampoco hay un antes y un después para sus canciones. La obra trasciende siempre a su autor y la de nuestro protagonista no es excepción. Mucho mejor disfrutar con ella que lamentar como miméticas plañideras una desaparición física que, a la postre y en realidad, solo impactará directamente en familia y amigos. Sin Bowie en el mundo –seguro que tampoco en las estrellas–, es tiempo de desear que sus mejores canciones perseveren en nuestra memoria durante largo tiempo.

