Llevo varios días preguntándome por qué los informativos de radio y televisión insisten tanto en explicar que Felipe VI ha telefoneado al Rey de Arabia Saudí para expresarle su más sentido pésame por la muerte de uno de sus once hermanos. Me cuentan que ése ha sido el motivo de la cancelación del viaje previsto por Felipe a aquel país, un viaje trascendental para la empresa española, y que la noticia de la llamada telefónica va dirigida a tranquilizar a los empresarios, a confirmarles que la relaciones entre ambas monarquías va viento en popa. No me lo creo.
Yo creo que por encima –o por debajo– de estrategias informativas de la Casa Real, lo del pésame responde a esa idiosincrasia sentimental de nuestro casticismo (en el sentido unamuniano del término) por obra y gracia de la cual necesitamos que quien nos gobierna no solo nos imponga, sino que también nos emocione. Me explico.
Es probable que los productos culturales que más han hecho por que los españoles acepten con regocijo la monarquía sean estos tres: la canción de corro tradicional que elevó a la difunta reina María de las Mercedes a categoría de santa (“-¿Dónde vas Alfonso Doce, / dónde vas triste de ti? /-Voy en busca de Mercedes / que ayer tarde no la vi. / – Merceditas ya está muerta, / muerta está que yo la vi, / cuatro duques la llevaban / por las calles de Madrid…”); la copla que con el mismo tema elevó a Tomás de Antequera (sin duda la suya es la mejor versión) a la cumbre de la interpretación vocal; y la película Dónde vas Alfonso XII, que elevó a Paquita Rico y Vicente Parra al estrellato de lo lacrimógeno. Inolvidables.

El devenir de la canción de corro, por ejemplo, demuestra hasta qué punto somos sensibles a la sentimentalidad de nuestros monarcas. La balada proviene de un antiguo romance, “La aparición”, también conocido como “El palmero”. Documentado en cancioneros desde finales del siglo XV, “La aparición” relata el encuentro de un caballero con una sombra fantasmal que le comunica la muerte de su esposa, lo que suele expresarse así: “-¿Dónde vas el caballero, / triste, cuitado de ti? / Muerta es tu enamorada, / muerta es que yo la vi, / ataúd llevaba de oro / y las andas de marfil…”. Cuenta Pérez Galdós en sus Episodios nacionales que apenas un mes después de la muerte de la reina Mercedes –ocurrida el 26 de junio de 1878– ya las niñas madrileñas cantaban el viejo romance adaptado a las circunstancias del Rey viudo y añadiendo esos emotivos versitos finales que se han popularizado en el repertorio infantil: “Las farolas de palacio / ya no quieren alumbrar / porque se ha muerto Mercedes / y luto quieren guardar…”
En fin, en la misma línea de humanidad a flor de piel que tanto gusta en los Borbones se forjaron las simpatías de este país hacia Isabel II de quien –entre otras cosas más avenidas con sus gustos eróticos– se dice que en las heladas mañanas madrileñas ordenaba encender las chimeneas del Palacio Real con expresiones como ésta: “Hace un frío que corta los cojones”. Y con el mismo sentido de solidaridad sentimental vinieron a entenderse las escapadas moteras de Juan Carlos I, e incluso sus cacerías menores.
Hoy por hoy, a Felipe VI le falta despertar simpatías y su esposa no es la única responsable de ello: Letizia no despierta emociones porque sea antipática, sino porque no es sentimental. Los dos intentan no ser sentimentales, pero se equivocan. Como hubiera dicho mi madre, “así van a durar menos que una peseta en la puerta de un colegio”.

