‘Avanti’

Si la vida fuera una novela de aventuras, en el verano el héroe enfermaría de hereos, la melancolía amorosa que llevaba a los caballeros andantes a convertirse en ermitaños, cambiar de nombre y hacer penitencia en desagravio de la amada. Así se transformó Amadís de Gaula en Beltenebros (cuarenta días y cuarenta noches de ayuno refugiado en la Peña Pobre, penando por el desamor de Oriana) y así Don Quijote en El Caballero de la Triste Figura (apenas unas horas de locura en la Cueva de Montesinos esperando la respuesta de Dulcinea, su “Soberana y alta señora”).

Del 15 de julio al 15 de agosto nos está permitido penar, ser melancólicos, descender a los infiernos, purificarnos, cambiar de hábito y de nombre, buscar a Beatrice y hablar con los espíritus. Antes y después de esas fronteras somos un desperdicio de humanidad.

Billy Wilder lo vio así e intentó remediarlo en Avanti! (1972). Situó el descenso a las profundidades en una isla luminosa del Golfo de Nápoles, Ischia, e hizo creer a sus personajes que únicamente entre el 15 de julio y el 15 de agosto era posible la felicidad, al fin y al cabo siempre nacida de la muerte. También lo ven así quienes durante las noches de verano habitan las unidades de trasplante de los hospitales, para los que una sirena de ambulancia significa una propuesta de vida y para los que la muerte del otro se traduce en tiempo para sí mismos. Durante algunos veranos pude ver cómo en el pequeño trastero de una de esas plantas hospitalarias crecía un santuario de cirios, estampas y flores alrededor de un grifo y un desagüe; era indudable que los habitantes de aquel sitio habían comprendido –como los caballeros andantes– que las fuentes escondidas son milagrosas y que la oración y la penitencia necesitan de una cueva lúgubre para ser efectivas.

Juliet Mills y Jack Lemmon, en una escena de 'Avanti!'.

Juliet Mills y Jack Lemmon, en una escena de ‘Avanti!’.

El verano delimita las fronteras de la infancia y del juego, pero al hacernos adultos pasa a significar solamente un destello de aquello que nos fue dado de niños, un recuerdo apenas que intentamos atrapar oliendo la dama de noche o acudiendo a los torpes remedos de cine de verano con que los ayuntamientos democráticos intentan consolarnos. No es verdad que durante el verano descansemos y no es verdad que olvidemos; los recuerdos se hacen más necesarios que nunca, o más invasivos que en ningún otro momento, y el descanso, por consiguiente, imposible. No hay nadie capaz de descansar en una sala de espera: tu silla no es tu silla, la cama en la que convalece el ser amado no es su cama, la ducha pierde su ritualidad de abluciones y la espera misma llega a provocar un cansancio insoportable.

Más que ninguna otra cosa, el verano es una sala de espera, sombría y con suerte fresca, como las cuevas de la caballería andante. Allí esperamos todos a que el regreso del otoño traiga buenas nuevas: sentirnos más sanos y libres que nunca o encontrar el amor para siempre. Por eso Wilder se traicionó sentimentalmente al poner en la banda sonora de su película una canción de promesas de amor eterno, Senza fine. No obstante, sí que al menos nos dejó la palabra de mayor consuelo para el que espera: Avanti!. Feliz verano. Y adelante.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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