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Lo ideal sería explicárselo a ustedes con claridad. Para que después no haya malos entendidos, ni vueltas, ni giros, ni tuercas. Pero es difícil, y yo no lo hago muy bien, no sé. En todo caso, les cuento. La señorita está sentada en un banco del parque aquel. Hace un día soleado, precioso. Ella está sola y bella. Lee. Yo tengo una cita de negocios y comienzo a impacientarme en mi banco, desde donde la observo con tacto. La impaciencia es por los negocios, claro, pero también por otro pormenor que me trae el día arruinado.  Mi corbata azul claro de lunarcitos blancos tiene una mancha bien visible. No se rían. Es una mancha roja. Antigua. Definitiva. De algún vino de alguna ocasión. No sé. Su contorno, además, asemeja un beso. Ya ven. Desde que me separé el manejo de mi hogar es un trastorno continuo. ¿Saben? Es difícil sacar adelante una casa. Una casa es como un ser vivo. Tiene sus necesidades. Ya me pierdo. En cualquier caso, lo cierto es que este amanecer no había otra corbata que ponerse. Sólo la azul claro de lunarcitos blancos en todo el hogar, mi universo. Con su mácula de ósculo, me dije, intentando quitarle hierro al asunto. Pero el mundo ya oscilaba bajo mis pies. Sepan que yo soy muy metódico. Y distinguido. Alto, moreno, sin barba. Ojos atléticos. Mi imagen vale más que mil palabras. Mi nombre no viene al caso ni ayuda lo más mínimo. Tiquismiquis, decía mi ex. Y los negocios son algo importante. Cualquier detalle cuenta.  Para bien o para mal. Y el de hoy me perturbó desde el primer momento. Sé que es un malabarismo gramatical estúpido, pero al comprobar la circunstancia fatal maquiné una segunda taza de café y sentí el líquido fluir en mi interior como si flotara, o no quisiera caer del todo.  Al igual, cuando asomé mis ojos tras los visillos de la ventana advertí que las personas también fluctuaban sobre el asfalto, como si no quisieran caminar más o comprar el pan.  A lo que iba. Resulta que era primera hora del día y ya me sentía yo, no sé cómo decirles, aniquilado. Marchito. Caduco. Titubeante. Imaginé con enojo que tal entresijo de mancha y corbata me perseguiría sin tregua el resto del día. Pensarán que exagero, pero no. Yo soy así. Cada uno es un mundo. Y vive en sus casas. La señorita no parece esperar a nadie. La lectura la atrapa. Y la hace más bella, si cabe, lo cual alimenta en mí fantasías sexuales que jamás contaré. La cita de negocios que me ha traído hasta aquí también es con una mujer. Con una mujer casada, para ser más exactos. Se retrasa. ¿Les dije que soy un hombre metódico y elegante?  La idea de sacarme la corbata y ocultarla en un bolsillo, con sus pros y sus contras, ya ronda en mi cabeza. Pero la he de aplazar, pues veo aparecer a la mujer. Viste un distinguido traje negro. Un bolso a juego. Gafas oscuras. Es la segunda ocasión en que nos vemos. Tiro la colilla al suelo y le hago un gesto. Nos damos educadamente la mano y la invito a sentarse en mi banco. Ella enciende un pitillo.

Ilustración de Sara Gabandé.

Ilustración de Sara Gabandé.

–¿Tiene las fotos?

Saco un sobre blanco del bolsillo interior de la chaqueta y se lo ofrezco. Ella lo coge. Antes de abrirlo y comprobar su contenido se quita las gafas oscuras. Veo que mira mi corbata. Después me mira a mí.

–Tiene un beso en la corbata –reprocha.

La mujer echa un rápido vistazo a las fotografías a todo color. Después tira el cigarrillo y saca del bolso un sobre azul, que me entrega –me tira, más bien– con desprecio. Se levanta y se marcha.

Y aquí quedo yo, con el sobre azul entre mis piernas. No es la primera vez que provoco ese espanto, esa repulsión. Ese asco. Esa huida. Me ocurre a menudo. Hace poco la provoqué y la sentí. Con mi ex. A pesar de estar acostumbrado uno no se acostumbra. ¿Saben? Es algo que duele. Dolor. Daño. Suplicio. Martirio.  Pesar. Desolación. Tengo el vicio de los sinónimos. De hecho, no es el único que tengo. Vuelvo a encender un pitillo. ¿Les dije que fumo rubio? Dolor, así, a secas, decido. La mirada de esa mujer ha dolido.  Esa mirada de ira. Quizás más contra sí misma que contra mí. No sé. Por haber contratado para un negocio tan delicado a un tipo al que le besan las corbatas. Pero la mirada la he sufrido yo. Como tantas veces. Como hace poco. Un dolor que no se puede explicar ¿No entienden? Se te incrusta en el estómago como un gusano y te pellizca fuerte. Es físico. Hace que te dobles. Y no desaparece fácil, no. Sigue ahí su tiempo. Te hace un gran mal. Un estropicio. Y saca fuera todo lo peor que hay en uno.  La señorita del banco parece estar acabando su lectura. Le quedan pocas páginas y está bellamente expectante. Acecho con total concentración sus ojos. Y sus piernas. Decido esperar.

Cuando termina el libro, lo posa con suavidad en su regazo, y queda ahí, con la mirada como perdida. Con el libro de tapas negras como perdido también. Entonces me acerco. Antes de llegar a su lado desanudo con minuciosidad imposible de adjetivar la corbata, la saco al completo con la mano derecha. Donde aún permanece. Así, me siento sin más junto a ella. Mi bolsillo disponible.

No quieran que les explique qué sucede ahora en el parque aquel.  ¿No dije ya que no soy muy bueno para estas cosas?  Tampoco quieran saber de qué libro se trata. No es por nada. No sé. Pero preferiría no hacerlo.

Hay animales que deciden no realizar movimiento alguno. Durante días. Para no necesitar alimentarse.

José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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