‘Villa al borde de un lago’ de Víctor Hugo.
Víctor Hugo (1802-1885) falleció a la muy respetable edad de 83 años. Su muerte fue una auténtica conmoción en la sociedad francesa, que se echó a la calle a despedir al gran escritor en una manifestación de respeto y admiración como no se había visto nunca. Las crónicas periodísticas hablan de dos millones de personas en las calles de París a lo largo del recorrido que le llevó hasta su entierro en el Panteón, que pasó a convertirse, desde entonces de manera definitiva, en el gran mausoleo nacional, consagrado como indica la inscripción de su frontón “A los grandes hombres, la Patria agradecida”. La gran mayoría de aquellos miles de parisinos que velaron y acompañaron al poeta desconocían, sin embargo, que Víctor Hugo había sido también un gran dibujante, y “si no fuera poeta sería un pintor de primer orden”, como había escrito años antes su amigo, el poeta maldito, Charles Baudelaire.
Y es que, como muchos de los poetas-pintores de la historia, los trabajos gráficos de Hugo permanecieron prácticamente inéditos, y fueron muy pocos los que vieron la luz en vida del escritor, una colección de Dessins de Victor Hugo gravés par Paul Chennay con prólogo de T. Gautier en 1863, y poco más. En público, daba siempre a entender que el dibujo era para él un simple entretenimiento, aunque en privado, en alguna ocasión, no tiene más remedio que reconocerse “pintor a su pesar”. Hoy son unos tres mil quinientos los dibujos que se conservan, una buena parte de ellos en la Casa de Víctor Hugo en París, que ofrece la colección más significativa para descubrir una de las obras más singulares y modernas de su época, que preludian métodos y actitudes propias de algunas de las vanguardias de principios del siglo XX.
Hugo empezó a interesarse por la pintura cuando descubrió con entusiasmo el estudio de Paul Huet, a quien conoció en 1826 a través de Delacroix, pintores como él de sensibilidad romántica, con los que compartía el mismo espíritu de libertad individual e inconformismo ante las normas del arte oficial. Su formación autodidacta proviene del trato y admiración con estos y otros artistas contemporáneos y de su educación en los museos, admirando la obra de los grandes maestros.
Los primeros dibujos de Hugo se remontan a 1834, cuando adopta la costumbre de pasar el verano recorriendo Francia y las riberas del Rin en compañía de su amante Juliette Drouet, a la que había conocido un año antes, y a la que continuó unido más de cincuenta años, lo que no fue un obstáculo ni para seguir junto a su esposa ni para conocer a otras amantes. Durante estos viajes empieza a rellenar numerosos cuadernos, con anotaciones y dibujos a lápiz de carácter realista que le ayudan a conservar en la memoria los lugares y las emociones experimentadas. Algunos de ellos los repite después en tinta para enviárselos como regalo a sus hijos. Son dibujos tomados del natural, más convencionales que los trabajos que luego va a realizar en el taller, en los que predominan el paisaje y la arquitectura, que constituyen, probablemente, la temática central de la obra gráfica de Hugo.
Estos viajes se van a interrumpir bruscamente a raíz de la trágica desaparición de su hija Léopoldine, ahogada en el Sena. Hugo quedó muy afectado por este suceso, y desde ese momento hasta su exilio en 1851, prácticamente no escribió nada, ni teatro, ni novela, ni poesía. Su actividad pública en esos años se dirige a la política, primero como confidente de Luis Felipe de Orleáns, y después como diputado en la Monarquía de Julio y en la Segunda República.
Lo que no dejará de hacer es pintar, el dibujo se convierte para Hugo en una forma de redimir las necesidades creativas frustradas durante esos años y acallar el dolor por la muerte de su hija. Instala su estudio de pintor en casa de Juliette y alcanza para entonces un gran dominio del dibujo. La visión objetiva o realista de sus primeros dibujos deja paso ahora a una visión interior, más subjetiva; dibujos donde se prescinde de lo accesorio para quedarse en lo esencial; dibujos de gran formato algunos de ellos (El burgo de la Cruz, La ciudad muerta, Vista de París, …), más pictóricos que los anteriores, en los que empiezan a explorarse las posibilidades expresivas y de sugerencia para la imaginación que ofrece la mancha de tinta sobre el papel, así como los efectos dramáticos del claroscuro, para mostrarnos una Naturaleza marcadamente onírica. Unos conceptos que le acercan precisamente a aquellos pintores que más admira como Rembrandt, Goya y Piranesi, pero que también fascinará más tarde a los surrealistas y estará en el origen de la visión modernista que tenemos de ellas.
Para entonces, Hugo empieza a desarrollar su propia técnica, en un atrevido esfuerzo por encontrar los efectos visuales que le permitan expresar sus visiones interiores, lograr con el dibujo lo que no alcanzan las palabras. Así escribe: «He acabado por mezclar el lápiz, el carboncillo, la sepia, el carbón, el hollín y todo tipo de mixturas raras que llegan a expresar un poco mejor lo que llevo en los ojos y sobre todo en la cabeza».
Entre esas mixturas raras de las que habla y con las que experimenta, estaban también café negro, posos de café, jugo de moras, ceniza, el ahumado provocado por el humo de las lámparas… Materiales que le ayudan a construir las sombras donde se envuelve la escena, unas veces sacando fuera de ellas un elemento principal que se muestra a la luz, y a veces, al contrario, escondiéndolo en la penumbra para que sea el espectador quien la descubra; pero también le permiten crear sobre la superficie del papel unas calidades muy particulares, acudiendo al uso de recursos como la aguada, el raspado del papel o incluso el craquelado, que le acercan al arte contemporáneo, y que desbordan, como apunta Tébar, la imagen que tenemos formada del dibujo en el siglo XIX. No cabe duda que todo eso hace de Hugo un pionero de las vanguardias.
En 1851, el golpe de estado de Luis Napoleón culmina con la proclamación del Segundo Imperio Francés. Hugo, de firmes convicciones republicanas, condena enérgicamente el golpe, se enfrenta a los golpistas y termina por abandonar Francia, camino de un largo exilio de diecinueve años, primero forzado por las autoridades de Napoleón III y luego voluntario, al rechazar acogerse a la amnistía de 1859 —“cuando vuelva la libertad, volveré”, contestó—, imponiéndose el compromiso de no regresar a su país hasta la caída de Napoleón III, como así hizo tras los sucesos de la Comuna de París y la proclamación de la Tercera República.
Tras una breve estancia en Bélgica, la mayor parte de esos años los pasará en las islas anglonormandas del Canal de la Mancha, primero en Jersey y luego en Guernsey. Allí se va a reunir con su mujer y sus hijos en torno a la casa familiar de Hauteville, diseñada y decorada «por él mismo con la paciencia de un iluminador de catedrales góticas y la fantasía del lejano Oriente de su pincel, una casa misteriosa donde cada mueble, cada baratija casi, lleva la impronta de su firma», nos cuenta su nieto, el pintor Georges Hugo. Con la familia llegó también Juliette, que se instaló en una casa cercana. Los años del exilio, sobre todo los comprendidos entre 1856 y 1866, van a ser los más fértiles y brillantes de su carrera como dibujante; años en los que tendrá la oportunidad de retomar sus viajes por el continente en compañía de Juliette, y con ellos vuelven también la línea y el grafismo de sus dibujos a los cuadernos de viaje, influenciado por el grabado de la época.

No deja de ser curioso que esa vuelta a la realidad objetiva se produzca en un periodo en el que, al mismo tiempo, Hugo seguirá profundizando cada vez más en sus experimentaciones oníricas, incorporando a sus útiles de pintura el uso del cartón, palos, recortes, plantillas, collages, encajes, incluso huellas dactilares. Es de nuevo su nieto Georges quien evoca emocionado, años después el peculiar método de trabajo de su abuelo: «Lo vi a veces dibujar en esta época; no eran más que pequeños bocetos rápidos, paisajes, caricaturas, perfiles de un solo trazo, que realizaba en un papel cualquiera. Arrojaba la tinta al azar, aplastando la pluma que chirriaba y escupía en cohetes. Luego amasaba, por así decirlo, la mancha negra que se convertía en un burgo, en un lago profundo o en un cielo tormentoso; mojaba delicadamente con los labios la barba de su pluma y creaba una nube de la que caía la lluvia sobre el papel húmedo; o bien inclinaba con precisión el horizonte. Luego terminaba con una cerilla de madera y dibujaba delicados detalles arquitectónicos, arcos floridos, hacía una mueca a una gárgola, ponía la ruina sobre una torre y la cerilla entre sus dedos se convertía en un cincel» (G. Hugo, Mon grand-père, París: Calmann-Lévy Ed., 1902).
En estos años del exilio se observa un mayor interés todavía en las posibilidades que ofrecen las manchas como elemento desencadenante del proceso creador de los dibujos. De una mancha surge un ángel, de las líneas trazadas al azar una danza de espectros, como si el destino final del dibujo fuese el fruto del azar, una especie de juego o accidente. Las luces y las sombras se hacen más profundas, van desintegrando la forma hasta lograr que arquitectura y paisaje se fundan, alumbrando atmósferas cada vez más irreales y fantásticas que muestran la idea romántica de una Naturaleza sublime frente a la insignificancia del hombre. No deja de ser significativo cómo el propio Hugo se hace fotografiar en su destierro a la manera de los cuadros de Caspar David Friedrich, mirando desafiante ese mar embravecido que aparece una y otra vez en los dibujos de esta época. Un océano de tempestades y barcos que se hunden en el mar que le inspira la creación de un conjunto de obras de notable calidad, entre las que destacan unos dibujos pensados para ilustrar su novela Los trabajadores del mar, pero que finalmente no se atrevió a incorporar.
Las obras de este periodo nos muestran a V. Hugo como un dibujante con planteamientos cercanos a lo que hoy podríamos llamar informalismo o abstracción, una evolución que resulta difícil desvincular de dos de las nuevas aficiones de Hugo en el exilio: la fotografía y el espiritismo.
Este último estaba muy de moda en aquellos años en las sociedades europeas donde había llegado desde Estados Unidos. La conversión del escritor a esta moda se produjo al poco de llegar a Jersey, en la sesión del 11 de septiembre de 1853, en el curso de la cual contacta con el espíritu de Léopoldine. La emoción se apodera de todos los presentes que lloran desconsoladamente. A esa sesión iniciática van a seguir otras muchas durante dos años (1853-1855), largas sesiones de espiritismo que tenían lugar tanto de día como de noche en las que llega a contactar con cientos de espíritus, algunos de personas desconocidas, otros de personajes ilustres (Galileo, Shakespeare, Jesucristo, Molière, André Chénier, Esquilo, …), pero también abstracciones personificadas como la Poesía, el Drama, la Sombra del Sepulcro, la Muerte, etc. Se desconoce el motivo por el que suspendió esas sesiones, hay quien sugiere que una de las participantes sufrió un episodio de locura, o simplemente la decepción porque los resultados literarios o filosóficos no eran los esperados. En cualquier caso, esta experiencia dejó importantes huellas en la obra de Víctor Hugo, tanto en la literaria como en la gráfica.
En ese mismo tiempo surgió también en su círculo de exiliados la idea de crear un taller de fotografía, con idea de ilustrar algunos de sus libros con fotografías suyas o de los paisajes de la isla. Los fotógrafos eran su hijo Charles y Auguste Vacquerie, que tomaron más de trescientas fotografías en estos años. La intervención de Hugo se orienta, en cambio, a la elección del tema y el encuadre. Muchas de esas fotografías las utiliza después para recortarlas, reencuadrarlas o redibujar contornos, de manera que muchos dibujos tienen su origen en algunas de estas fotografías, y viceversa, pero también están en el origen de los recortes de papel y los collages que realiza el poeta para sus composiciones.
La experiencia fotográfica aporta más cosas, le permite también descubrir las fantasmagóricas formas de las figuras en los negativos de cristal, que parecen esconderse en la sombra, como una realidad oculta y que debió serle de gran ayuda para imaginar o expresar ese mundo de oscuridad donde le empujó la muerte de su hija, ese mundo de formas fantásticas y difusas que surgen del inconsciente en las largas sesiones de espiritismo.
Entre las obras tardías, iniciadas al final del exilio, destaca también un conjunto de rostros grotescos, caricaturas de rostros ficticios o reales, transformados por la mirada del poeta, que sentía inclinación por las personas feas de corazón tierno, como el Quasimodo de Nuestra Señora de París. En estos dibujos, Hugo parece despertar la memoria de Goya, en un nuevo alegato contra la justicia ciega y cruel.
Como decíamos antes, la obra gráfica de Víctor Hugo permaneció prácticamente inédita durante su vida, pero los que tuvieron oportunidad de conocerla, supieron apreciarla. En una carta de 1880, escribe Van Gogh a su hermano Theo: «He visto dibujos de los edificios góticos de Víctor Hugo. Bien, a pesar de que carecían de la técnica poderosa y magistral de Meyron, tenían algo del mismo sentimiento». Pero su revalorización moderna como dibujante se inicia con Henri Focillon en 1914; y continúa luego con los surrealistas que admiraban el uso innovador de técnicas como las impresiones, el rayado, las plantillas, … André Breton llegó incluso a poner a una de sus hijas el nombre de Aube en homenaje a uno de sus dibujos. En los últimos treinta años, sus dibujos han sido objeto de importantes exposiciones en París, Bruselas, Madrid, Zurich, Lausana, Nueva York, Los Ángeles y diferentes ciudades de Japón.






Hola Gonzalo,
No sabía yo que Hugo tuviese entre sus cualidades, además de gran narrador, la de gran pintor. De tal manera que se le puede incluir con toda justicia, como bien dices, entre los que sentaron las bases de los años de vértigo de las artes plásticas en las primeras décadas del siglo XX.
Gracias, por tanto, por tu excelente trabajo.
Abrazos