Higinia. Pardo Bazán, Pérez Galdós y el crimen de Fuencarral. María Jesús Ruiz. Huerga y Fierro Editores. Madrid, 2024. 132 pp
En la madrugada del 2 de julio de 1888, el cuerpo de Luciana Borcino, una viuda acaudalada que vivía en un piso de la calle Fuencarral de Madrid, fue encontrado en su dormitorio, apuñalado y medio quemado. En la cocina de la casa se halló también a Higinia Balaguer, la criada, que yacía inconsciente en el suelo junto al perro de la dueña, narcotizado.
Trasladada a las dependencias policiales, Higinia, que había empezado a trabajar en la casa recientemente, acusó del crimen a José Vázquez Varela, hijo de la víctima, un hombre de vida desordenada y carácter violento. Este quedó exculpado en un primer momento, pues en esas fechas cumplía condena en la Cárcel Modelo por un robo menor. Dado que la sirvienta ya había pertrechado actos delictivos con anterioridad, y que en sus testimonios abundaron las contradicciones, Higinia acabó convertida en la principal sospechosa.
El caso de “el crimen de la calle Fuencarral”, como se le conoció, se fue complicando a lo largo de las sesiones del juicio. En las primeras rondas, Higinia se declaró culpable de haber apuñalado a la viuda ella misma. Más adelante, se demostró la amistad entre José Varela y el director de la prisión, José Millán Astray (padre del fundador de Falange), que le permitía salir y entrar de la cárcel más o menos a voluntad, lo cual lo dejaba sin coartada. A esto se añadió la evidencia de algún tipo de vínculo emocional entre Higinia y Varela, así como la participación de otras personas. Finalmente, el jurado declaró culpable a Higinia, la cual fue ajusticiada el 19 de julio de 1890, a la edad de veintiocho años, sin que hasta el momento se hayan disipado totalmente las dudas acerca del posible y trágico error de la sentencia.
Este primer gran juicio mediático de la Historia de España, exprimido hasta la saciedad por todos los periódicos de la época, fue objeto de apasionados debates, tanto en la calle como en las tertulias de los cafés, dando lugar a posicionamientos de la sociedad madrileña —y, por extensión, de la española—, dividida entre los partidarios de Higinia, a la que veían como chivo expiatorio del rencor burgués hacia las clases trabajadoras (son los años en los que surgen el anarquismo y las primeras revoluciones proletarias), y los que apoyaban a José Vázquez Varela. En este ambiente, no es de extrañar que el abogado defensor de Higinia fuera un personaje de la talla del expresidente de la República, Nicolás Salmerón.
Uno de los muchos periodistas que cubrieron el caso fue Benito Pérez Galdós, quien envió un total de seis crónicas al diario bonaerense La Prensa. Por su parte, Emilia Pardo Bazán siguió de cerca los pormenores del caso, firmó, junto a otras personalidades de la vida pública, una carta solicitando el perdón para Higinia, presenció su ejecución y publicó al día siguiente en El Imparcial un alegato contra la pena de muerte.
Hasta aquí, los hechos históricos. Sobre este telón de fondo, María Jesús Ruiz construye una novela íntima en la que, en palabras de la autora, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós e Higinia Balaguer forman un triángulo cuyo “vértice principal, Higinia, provocó sin duda una de las etapas de mayor tensión y emoción en la historia amorosa de los escritores, pues estos, apasionados el uno por el otro más allá de lo puramente sentimental, debatieron en profundidad sobre la justicia, sobre los derechos de las mujeres, sobre la verdad y la ficción…, en un ejercicio intelectual verdaderamente equilibrista por el hecho de realizarse sobre el cable temerario del deseo”.
Para contar la historia de Higinia y de la relación entre los dos escritores, María Jesús Ruiz utiliza un viejo ardid literario. Se trataría del hallazgo, en la biblioteca del Pazo de Meirás, de la correspondencia entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, así como de la transcripción de las entrevistas realizadas por Galdós durante las visitas que hizo a Higinia en la cárcel. Mediante el uso de esta técnica, consigue un doble objetivo: por una parte, adentrarse, desde la intimidad de unas cartas, en la pasión y los vaivenes emocionales entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, así como en sus diferencias de criterio respecto al caso Higinia, a quien la Bazán consideraba una víctima de los hombres y de los ricos. Y, en segundo lugar, dar voz, en una serie de párrafos memorables, a esa mujer analfabeta que cuenta su vida de pobreza, su trabajo como criada, su estancia en la cárcel y su disposición a sacrificarse por un hombre al que admira.
Junto a las cartas y las declaraciones de Higinia, encontramos partes de la novela narradas en tercera persona. En un alarde de inventiva y libertad creadora, María Jesús Ruiz introduce en ellas innumerables personajes secundarios: periodistas, tertulianos de un café, gente del teatro, una supuesta hija ilegítima de Galdós, y un largo etcétera. De entre todos destaca Luis Cerezo, el único amigo de Galdós (y también de Emilia) que, conocedor del miedo de éste a la intimidad emocional, le reprocha la crueldad de sus silencios cuando el autor de Fortunata y Jacinta ha decidido ya distanciarse de su amante.
La novela se cierra con la ejecución de Higinia, y el alejamiento de los dos escritores. A continuación, el libro incluye el mencionado artículo de Emilia Pardo Bazán en El Imparcial, seguido de un atractivo estudio de María Jesús Ruiz sobre cómo “el Crimen de Fuencarral pasó de ser un suceso a convertirse en una leyenda” y “la metamorfosis que, en el imaginario popular, elevó a categoría de heroína a una mujer anónima e insignificante». Contiene también unas lecturas de referencia y una interesantísima documentación gráfica, que abarca reproducciones de dibujos (como el que hizo de Higinia el propio Galdós), páginas de periódicos, pliegos de cordel y fotos actuales relacionadas con el asunto.
En resumen, Higinia. Pardo Bazán, Pérez Galdós y el crimen de Fuencarral permite al lector sumergirse en un suceso terrible que polarizó a la sociedad española de finales del XIX, mientras explora lo que tal vez fueran los sentimientos amorosos, las discrepancias y las avenencias intelectuales de dos de los mayores escritores de nuestra literatura, durante los meses que duró el proceso a Higinia Balaguer hasta su muerte.



Una corrección: Millán Astray era el padre del fundador de la Legión, no de la Falange.