La intrahistoria de la revolución cubana se cantó (que no escribió) en verso. Antes de que Fulgencio Batista tuviera que abandonar la isla en 1959, la poesía había preparado el terreno para que las cosas empezaran a cambiar. En el verano de 1955 dos poetas repentistas, Indio Naborí y Angelito Valiente, mantuvieron varias controversias poéticas multitudinarias en las que, al compás de la décima y a ritmo de laúd, desgranaron el sentir colectivo sobre temas candentes: el amor, la muerte, la libertad, el campesino y la esperanza: “Campesino y proletario / ansiosos de libro y pan, / junto a la esperanza, van / por el nuevo itinerario. / Ahora es la cruz, el calvario, / la búsqueda cotidiana, / pero mañana, mañana / lirios parirá el espino, / tocado por el destino / nuevo de la especie humana”.
La décima era antigua en Cuba, había llegado con los navegantes españoles en el siglo XVII, como llegaban los libros que hacían el peso en la barriga de los barcos, como llegó el idioma mismo. Poco antes, esa estrofa de diez versos había sido la invención de Vicente Espinel (responsable de su apodo familiar, la espinela), que quiso hacer del altisonante soneto italiano un trovar de andar por casa convirtiendo el pomposo endecasílabo en octosílabo y la consonancia en humilde asonancia. El caso es que esa estructura, tremendamente musical, se instaló muy pronto en el ámbito de la poesía improvisada y repentistas, troveros, improvisadores, puetas y toda esa deliciosa calaña de juglares que hasta hoy pervive la hicieron suya.

La poesía repentizada es, en el mundo hispánico, la cenicienta de la oralidad literaria: no tiene el marchamo del libro (y eso la desprovee de respeto), y tampoco tiene el rango cualitativo del romance o la canción tradicional pues su condición efímera se lo arrebata. Es puro presente, existe solo en el fugaz momento en que el poeta inventa y canta y, simultáneamente, el público lo escucha; existe pues con la misma incertidumbre y la nula perdurabilidad de un número circense de funambulismo en el que el ejecutante se juega en una sola pirueta el éxito o el fracaso y en el que el público, impío, duda sobre si le emocionará más el fracaso o el éxito.
Titiriteros. Eso han sido durante siglos los poetas repentistas. Así han vivido como decimistas en Cuba, México, Puerto Rico o las Islas Canarias, como payadores en Argentina, como bertsolaris en el País Vasco o como glosaors en Cataluña y Baleares. Aquí en el sur podemos rastrear el arraigo de la poesía improvisada en las antiguas almadrabas de la costa de Cádiz, a las que llegaban temporeros provenientes de Huelva y de toda la cuenca del Guadalquivir, entre los que debió de nacer el Chacarrá, ese fandango de los campos de Tarifa que suena a Mediterráneo y se baila «agarrao». En el trasiego laboral de las minas de las Sierras de Gádor y Almagrera se forjó, a principios del siglo XIX, el trovo alpujarreño, vivísimo aún en la práctica de poesía improvisada de los troveros de la zona.
Pero la vasta y bulliciosa tradición de improvisar en verso nos habla, sobre todo, de la primordial necesidad de rimar (trovar, vocablo noble casi perdido del castellano en su noble acepción de encontrar), que aparece en la primera infancia y luego nos disipan en la escuela a base de gramática e infumables libros de textos. Habla el trovar de ese estado de gracia desde el que muchos hombres y mujeres han voceado los seculares versos: “Tengo mi pecho de coplas / que parece un hormiguero / se lían unas con otras / a ver cuál sale primero”.


Se cree mi compañero / que a coplas me va a ganar. / Tengo Rute lleno / y Lucena sin empezar.