Un año de lecturas

Tertulia y libros. Manuel Martín Morgado.

Se acerca el fin de año y uno anticipa con cierta prevención la avalancha de listas de los mejores libros publicados en estos doce meses. En ese periodo no ha publicado uno nada, así que me ahorro la más que segura decepción de no estar en ninguna de ellas. Pero peor aún es la sensación, casi imposible de esquivar, de que, aun teniéndose uno por buen lector, no ha leído la mayor parte de los libros destacados. ¿Los habrán leído los críticos que hacen esas listas? Tampoco de ello estoy seguro: hay preeminencias literarias que se imponen de oídas y reseñas más que elogiosas que se hacen sin que el reseñista haya visto siquiera el libro en cuestión… En cualquier caso, la inminencia del fin de año lo pone a uno en trance ponderativo, respecto a los libros leídos y respecto a muchas otras cosas.

Puestos a meditar sobre si estos últimos meses han pasado o no en vano, han cumplido expectativas o las han empeorado, mirar lo que uno ha leído y buscarle algún sentido puede ser un ejercicio útil. Desde los siete años llevo un registro de lecturas: me inculcarón el hábito en la escuela. No anoto, desde luego, todo lo que leo: no lo hago, por ejemplo, con las revistas literarias que me llegan y cuya lectura en algún caso –pienso en la voluminosa Calle del Aire– equivale a la de un libro, o incluso varios. Tampoco las muchas relecturas parciales que efectúo en mi día a día; ni, por supuesto, los libros meramente hojeados o leídos sólo en parte, ni, claro está, lo mucho que leo en periódicos o páginas web; esto último, quizá, por injustificable prejuicio. Con el tiempo, en fin, se ha impuesto un razonable término medio en el número de mis lecturas registradas: unas cincuenta al año; un libro por semana, como quería un benemérito anuncio que ponían en televisión también en los años de mi infancia.

Este año también he rondado esa cifra. Miro la lista de títulos e intento dilucidar alguna pauta. Mis lecturas se rigen por el mismo principio que la elección de las películas que veo: unas llevan a otras, en cadena, bajo unos principios de causalidad que no suelo perder de vista, por arbitrarios que puedan parecer. Pero tambíen sucede que esas cadenas se rompen porque, de pronto, un libro llegado a mis manos por puro azar se impone a cualquier otra previsión que yo pudiera tener e inicia una nueva cadena. El resultado: una madeja aparentemente inextricable, pero en la que siempre es posible encontrar el hilo que permitiría desentrañarla.

‘Lector de enero’. Manuel Martín Morgado.

Mirando esa lista, ahora, constato que los títulos que contiene podrían agruparse en tres categorías: 1) los clásicos, entendiendo por tales simplemente los libros que no guardan relación con la actualidad editorial reciente –salvo que se trate, claro, de señaladas reediciones– y leo por pura apetencia o curiosidad o para satisfacer una deuda pendiente; 2) libros recientes, pero que escapan al estrecho marco temporal definido por el año que termina; y 3) libros publicados dentro del año, muchos de los cuales me han llegado en razón de mi antigua dedicación a la crítica literaria, por no mencionar los que me mandan amigos y conocidos. Me gustaría pensar que estas tres categorías no están del todo desconectadas: que si acudo a ciertos clásicos es porque su lectura me parece tan pertinente o incluso más que la de cualquier libro actual; que si leo libros de autores actuales pero no necesariamente recién publicados, es porque pienso que merece la pena no dejarlos pasar sin más, aunque ya no estén en la mesa de novedades; y que si también dedico tiempo a libros que acaban de publicarse, no es sólo por novelería o compromiso, sino porque aportan una nota distintiva, pero armoniosa, al concierto ideal de mis lecturas.

Dicho lo cual, abro mi cuaderno de pastas de hule y busco el encabezamiento “2025”. En enero, tengo anotado, leí Crepusculario, un libro juvenil de Pablo Neruda, en un ejemplar de su edición en Losada encontrado en una sábana en el suelo, entre quincalla, en el mercadillo dominical que ponen en los alrededores de la Plaza de Abastos de Cádiz. A Neruda le dedico muy espaciadas visitas desde que tengo uso de razón como lector y esta última no ha sido ni más ni menos grata que las otras: hay una fuerza en él que me veo obligado a admirar, pero también una desmesura que me pone en guardia. En ese contexto, la lectura íntegra de Crepusculario me ha resultado grata: un Neruda en ciernes, ya dueño del oficio pero todavía contenido en una melancolía tardomodernista que restrospectivamente le sienta bien… Y ahí lo dejo.

‘Lector Navideño’. M. Martín Morgado.

Evidentemente, este artículo sería interminable si a todos y cada uno de los libros que cite le dedico el mismo espacio que al anterior. Seré telegráfico: los cínicos Poemas del monje libertino, del japonés Ikkyu Sojún; el sorprendente –y creo que infravalorado, pese a ser un hito en la evolución de nuestra poesía en el siglo XX– Poema truncado de Madrid, del modernista y prevanguardista Alonso Quesada; las muy acogedoras memòries (Tots els camins duen a Roma, tomos I y II)) del periodista “Gaziel”, compradas en una librería de viejo de Barcelona; un poco de filosofía aplicada al cine: Lacrimae rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, de Slavoj Žižek, que me llevó a ver de nuevo el excelente Decálogo de Kieślowski; La lámpara maravillosa de Valle-Inclán, releída al hilo de un cumplido ensayo de Juan José Martín Ramos sobre ese libro que no suele nombrarse entre los más relevantes del autor de Tirano Banderas; On a Chinese Screen, una magistral colección de apuntes de viaje a cargo de William Somerset Maughan, otro autor al que visito periódicamente y que nunca me decepciona; Materia de Bretaña, memorias de infancia de la valenciana Carmelina Sánchéz-Cutillas, autora a la que accedo desde las líneas que le dedica su paisano y traductor Antonio Moreno en su libro –éste sí es del año– El viaje de las bibliotecas; Leña verde, una novela señera de mi paisano Luis Berenguer, hallada en un punto de intercambio de libros a la puerta de un comercio; e igualmente cercano, el conjunto de prosas que componen Pueblo de Julio Mariscal, uno de los grandes rescates literarios del año, llevado a cabo por una modesta asociación cultural de Paterna de Rivera, un pueblo de la campiña gaditana donde el poeta arcense vivió y trabajó durante unos años; para terminar, seguramente saltándome alguna relectura no anotada, con Mrs Miniver de Jan Struther, la serie de espléndidos artículos costumbristas que inspiró la película de 1941 del mismo título que predispuso a la hasta entonces neutral Norteamérica a simpatizar con la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial. No quiero dejar de mencionar, para terminar este apartado, mi relectura de Cartas a la Diosa, las que Antonio Machado dirigió a Pilar de Valderrama, en personalísima edición del estudioso extremeño José María Sánchez y Torreño.

Más parco seré en mis comentarios al segundo bloque de lecturas, el de libros recientes pero publicados con anterioridad al año de referencia. Entre ellos se cuentan algunos del onubense Manuel Moya, con quien ando poniéndome al día, entre los que destacaría Lluvia oblicua, la novela en la que recrea los últimos días de Fernando Pessoa, autor a quien Moya también dedica el desmitificador ensayo biográfico Fernando Pessoa. La reconstrucción, que ya entraría en el apartado de libros del año. También cercano me resulta el ya fallecido novelista y guionista de cine Carlos Pérez Merinero, de quien este verano leí La estrella de la fortuna y Las reglas del juego, dos novelas tremendistas que, por alguna razón, me llevan a fijarme en que también este año he leído, después de haberlo encontrado en otro desasistido punto de intercambio de libros, el muy inquietante Raval. Del amor a los niños, la apasionada diatriba de Arcadi Espada sobre un turbio caso de presunta pederastia que conmocionó el aludido barrio de Barcelona y dio lugar a una atropellada investigación policial y judicial que, tal como refiere Espada, deja en el lector una impresión de absoluta indefensión ante los poderes desatados del estado y la opinión pública más o menos irreflexiva y manipulada: un libro, por cierto, que cobra una impensada actualidad al hilo de hechos más recientes, en los que no entraré… Mencionaré en este apartado, por último, algunos libros publicados en 2024 pero que no llegaron a mis manos hasta entrado el año siguiente: entre ellos, las memoriasRopa de casa de Ignacio Martínez de Pisón y el libro de relatosMapas líquidos, brillante debut literario de la periodista Salud Botaro, como Los niños perdidos de mamá lo es de la cubana Ketty Blanco Zaldívar, con la que abro el apartado de libros publicados ya en este 2025 y que me ha dado tiempo a leer antes de que acabe.

‘Lector y musas’. Manuel Martín Morgado.

Lo que sigue, desde luego, no es una lista de libros destacados, aunque no quiero ocultar que el hecho de haberlos leído, de haberles dado preferencia frente a otros, indica por mi parte un principio de selección. ¿Prejuicio? ¿Qué lector, incluidos los críticos que hacen las listas de mejores libros del año, no se deja llevar por los suyos? Yo también tengo mis parcialidades, por supuesto. Y una muy acusada es la que me lleva a no aplazar la lectura de nada que me llegue de José Mateos, que, como puede verse, ha tenido un año especialmente fructífero: además de la novela Los años decisivos, en las que lleva a cabo una especie de disección moral de la historia de España más reciente, ha publicado el quintaesenciado libro de aforismos El reloj de las horas muertas, ilustrado con dibujos suyos, y la “plaquette” Mujer en la azotea, un bellísimo poema extenso, entre reflexivo y narrativo, que en cierto modo viene a marcar un nuevo giro en la obra poética del jerezano, en los últimos años empeñado en la búsqueda de una poesía de signo contrario, más desnuda y esencialista. También su paisana Julia Bellidose aleja un tanto de la poesía de autoafirmación personal de sus últimas entregas y opta, en Flor de calabaza, por la delicadeza alusiva, aunque no exenta de precisión, del haiku y las tankas. En el otro extremo del registro poético se sitúa la descarnada antología Todo va a salir bien de José Luis Piquero, uno de los poetas más destacados de su generación, a la que cabría contraponer, como ejemplo de otra manera de abordar el autobiografismo en poesía, el también antológico Cesto de moras de Arturo Tendero, para completar la serie con Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado de Sandro Luna, en el que este poeta y, como Tendero, profesor de instituto explora, entre otros asuntos, uno poco frecuentado por quienes comparten ambos oficios: la realidad afectiva, social y moral de los alumnos, referente humano inmediato en el que el poeta se proyecta.

Al terreno del dietario, e incorporando elementos aforísticos, diarísticos e incluso periodísticos, pertenece La insistencia de Jordi Doce, uno de los hitos del año en lo que podríamos denominar literatura sin género; a la que también pertecece, por la variedad de registros a los que se acogen las piezas antologadas, el recopilatorio Las naves quemadas. Antología de prosas de no ficción 1985-2024 de Miguel Sánchez-Ostiz. Paradójicamente, esa variedad tonal y temática puede acogerse también a un patrón genérico tan estricto como el que define el articulismo literario, como puede verse en la compilación Un opinante calmado, que reúne artículos publicados por César Romero Mejías en Diario de Sevilla. Igual carácer retrospectivo –parece ser que éste ha sido un año de balance y compilación para muchos autores– tiene Aldeanueva del camino. Caleidoscopio personal del crítico y poeta José Luis García Martín, que reúne textos diarísticos y poéticos dedicados a su pueblo natal. Dentro del territorio de los diarios que desvelan pequeñas o grandes interioridades del mundillo literario, hay que señalar La decisión interrumpida, del “poeta metido a editor” Kepa Murua. Mención aparte merece el inclasificable Taller de miniaturas de José Ángel Cilleruelo, un conjunto de prosas poéticas sujetas a una “métrica” –es decir, a una disciplina basada en parámetros medibles– muy personal y referidas tanto al mundo imaginativo de su autor como al de algunos de sus referentes literarios y estéticos. Citaré, por último, un libro perteneciente a un género a cuya lectura me apliqué con especial denuedo en mis años, ya pasados, de crítico literario: la exhaustiva y casi sobrehumanamente documentada biografía Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda, que el destino ha querido que sea el último libro, publicado ya póstumamente, de Antonio Rivero Taravillo.

Creo que no he llegado a nombrar siquiera los cincuenta y tantos libros que tengo anotados en mi cuaderno de lecturas. Sus autores sabrán disculparme, espero. Si para algo me sirven las líneas que preceden es para constatar que mis intereses lectores son tan limitados –muy poca novela, por ejemplo– como persistentes. Por otra parte, que no haya nombrado otros muchos libros publicados en 2025 no significa que los juzgue inferiores a los citados o que no los vaya a leer: algunos esperan turno ya en mi mesa. Pero como ya no estoy en la nómina de ningún suplemento, los leeré sin prisa y sin echar cuenta, en fin, de si hubiera tenido que nombrarlos o no en la lista de mejores libros del año que termina. ¿Por qué este empeño en leer bajo pauta, como si alguien fuera detrás tocando el silbato? Lea cada cual como quiera, como le venga en gana, a ser posible sin dejarse llevar por apremios o novelerías… Y no lean suplementos literarios por estas fechas.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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