Matrera es mucho más que los restos de una fortificación de la frontera, que unas diezmadas ruinas, que un impresionante paisaje… Es un sitio histórico, un lugar donde hubo enfrentamientos encarnizados entre dos sociedades que se disputaron el terreno, la supremacía por un cerro de alto valor estratégico, la posesión de un emplazamiento desde donde poder controlar al contrario, desde donde imponer su dominio.
Matrera, sin dudas, ha sido un lugar de confrontaciones, un lugar de batallas, de combates, de asedios, de férreas defensas e incluso de litigios territoriales y jurisdiccionales tras su definitiva conquista. Dicen que el pleito de Matrera entre el Concejo de Sevilla y los pobladores de Villamartín fue el más largo de la historia de España, nada menos que 270 años.
Hoy, lamentablemente, tras las obras de restauración de la Torre del Homenaje de la fortaleza, Matrera sigue siendo un lugar de disputas, de controversias, de discusiones, triste sino para un paisaje tan hermoso.
Vaya por delante mi absoluto respeto hacia los ciudadanos de Villamartín y de Prado del Rey, herederos directos del legado histórico que representa la fortaleza de Matrera.
Vaya por delante también mi absoluto respeto hacia el propietario que, dando ejemplo de civismo y de acatamiento de las leyes, ha invertido de su propio bolsillo para restaurar la Torre del Homenaje, en una acción a la que no estamos acostumbrados en nuestra comarca.

Respeto, algo que los encargados de restaurar la torre de Matrera parece que han olvidado. Y al respeto le añadiría humildad; dos palabras que se debían haber tenido en cuenta ante estas históricas piedras, ante un lugar emblemático, ante un símbolo de la historia.
Es sabido entre los profesionales que nos dedicamos al Patrimonio Histórico en general, que entre arqueólogos, restauradores y arquitectos hay, a veces, un divorcio muy evidente, una forma muy diferente de tratar al “paciente” de nuestros cuidados, algo que posiblemente provenga de nuestras diferentes formas de aprendizaje de nuestras respectivas profesiones. Nadie cuestiona el derecho de todo arquitecto a crear, a realizar obras innovadoras, a dejar su huella indeleble en sus construcciones, a experimentar con materiales y diseños, a mejorar la forma y la calidad de vida de nuestras sociedades… Pero, en muchas ocasiones (y en Andalucía llevamos ya una cuantas) este derecho a crear choca frontalmente con el objeto sobre el que se va a trabajar, sobre ese “paciente” debilitado e inerme.
No creo que deban hacerse experimentos, no creo que pueda haber libertad absoluta de creación (desde mi subjetivo, por supuesto, punto de vista) sobre bienes patrimoniales y, a ciertos arquitectos, sean “estrellas o en vías de serlo”, se les da demasiada autonomía cuando van a tratar un bien cultural que es de todos y forma parte del legado común, de nuestra herencia en definitiva.
Este debate lleva planteándose sin acuerdos decenas de años y, en Andalucía, la primacía de los arquitectos en las administraciones públicas nos ha llevado a más de un desastre patrimonial. Matrera es un digno ejemplo de ello.

No es la primera vez en mi vida que combato contra este tipo de acciones que no respetan, en absoluto, nuestro Patrimonio Histórico. Como muestra un botón. En unos meses se cumplirán treinta años de la paralización de las obras de construcción de la rotonda de Benaocaz, proyectada por la Diputación de Cádiz, que tenía como objeto circunvalar el pueblo y para ello iba a destruir lo que hoy conocemos como el Barrio Alto de Benaocaz. Treinta años desde que decidí, completamente solo, delante de una excavadora y manos en alto, parar el salvaje acto que se iba a realizar en pro de la moderna civilización. Algunas casas, la mayoría de los siglos XVI a XVIII cayeron, pero conseguí que las obras de demolición no continuaran. Alguien, en aquella época desde Madrid, había decidido que la parte más antigua de Benaocaz, con cimientos andalusíes, no debía estar integrada en la delimitación de Conjunto Histórico-Artístico (hoy B.I.C.) y alguien, en Cádiz, pensó que no había obstáculo alguno para hacerlo.
Todavía hay personas en Benaocaz que me recuerdan la discusión, a voz en grito y en mitad de la plaza del ayuntamiento, que tuve con el arquitecto, autor del proyecto de circunvalación, para demostrarle que lo que él llamaba “cochineras y basureros”, eran restos de viviendas, algunas con portadas con columnas de ladrillos y hasta con huellas de haber tenido escudo nobiliario. Lo dicho, diferentes formaciones, diferentes criterios, diferentes sensibilidades…
El Barrio Alto, que luego ese artífice pionero del turismo rural en la sierra de Cádiz que es Manolo Orellana bautizaría turísticamente como el Barrio Nazarí, sigue sin utilizarse como es debido, pero al menos sigue ahí, una veces mejor y otras veces peor tratado según el interés de las sucesivas corporacione, pero más o menos intacto, esperando su futura rehabilitación.
En el caso de Matrera, insisto, hay también falta de respeto hacia esas centenarias piedras, hacia su propia evolución histórica que, en sentido amplio, incluye también su fase de desmoronamiento y ruina.
¿Era necesario reconstruir lo que faltaba? ¿Era necesario reconstruir la volumetría para ver cómo era? ¿Era necesario construir de forma tan impactante sobre las ruinas para, paradójicamente, intentar salvarla? Yo creo que no. Bastaba con haber consolidado lo que quedaba, con los mínimos retoques imprescindibles para que los restos de la torre se mantuvieran, no hacía falta nada más.

¿Ustedes le pondrían a la Venus de Milo los brazos de un maniquí? ¿Al Coliseo de Roma los cuerpos y gradas que le faltan? ¿Techaríamos el Partenón de Atenas con metacrilato y aluminio? Hoy día, cualquier programa de ordenador de 3D nos habría proporcionado imágenes restituidas de cómo fue, en sus diferentes fases, la torre de Matrera, sin tener que alterar sus piedras.
Curioso que el señor arquitecto utilice, en su discurso de candidatura para un premio internacional (¡!), frases de Cesare Brandi, uno de los teóricos de la restauración más importante del siglo XX, sobre todo en lo referente a no borrar los pasos del tiempo y no cometer lo que se denomina un “falso histórico”.
En mi modesta opinión es justo lo contrario de lo que se ha hecho y, añado, no ha tenido en cuenta el axioma de Brandi que habla de que la restauración ha de ser reconocible (como es el caso), aunque invisible en la distancia (como no es el caso). Cuando lo nuevo resalta más que lo antiguo y llega a eclipsarlo, a anularlo, es que algo no ha funcionado bien. Hay más, pero no quiero cansar… Solo una pregunta: ¿Se cumple la normativa en cuanto a la reversibilidad de la obra nueva? Tengo serias dudas. Y todo esto sin hablar de la ruptura que ha provocado en el paisaje.
Por último, parece que tampoco ha tenido en cuenta el director de las obras las palabras de Brandi sobre cómo un arquitecto no debe ser “artista” en una restauración, como debe dejar a un lado su ego y hacer único protagonista al bien cultural que está “curando” (en inglés los conservadores-restauradores se llaman “curator” ¡Qué bonita palabra, tan latina!). En fin, que volvemos al viejo debate. No hay por qué “ennoblecer” con obra nueva, algo que ya es noble por el mero paso del tiempo.
Se suele decir que “el tiempo también pinta”, como arqueólogo no puedo estar más de acuerdo. El problema es que en Matrera el tiempo ha perdido la batalla.


Y muy bien explicado para los que no entendemos del tema.
Muy bien dicho