Turismo y patrimonio

Una pareja de novios entra en una agencia de viajes y pide a la empleada que les dé algunas sugerencias para su luna de miel. “¿Sol y playa o cultura?” pregunta la empleada; “las dos cosas” contestan ellos algo resignados, entendiendo perfectamente la pregunta, es decir, aceptando que cualquier luna de miel que se precie debe contener mucho de diversión y un poco de aburrimiento.

Asistí a esta escena en directo hace unos años. Entonces no entendí la pregunta de la empleada y me pareció admirable que, teniendo tan incierto su destino geográfico, la pareja de novios tuviera tan claros los objetivos emocionales de su viaje. A mí me suele pasar al contrario. No sé si las agencias y los touroperadores seguirán planteando esta decisiva pregunta a sus clientes. Me temo que no. Y la razón es que el sol, la playa y la cultura se han encontrado, o sea, se ha producido el anhelado enamoramiento entre turismo y patrimonio (era una contingencia inevitable), y tal emparejamiento se ha resuelto en un matrimonio desigual. Trataré de explicarlo.

La alcahueta del desposorio tiene nombre y apellido: se llama Identidad Cultural. Nunca nadie había hablado sobre ella, era una olvidada hasta que la UNESCO, en 2003, lanzó su famosa carta para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI). Decía así: “Se entiende por patrimonio cultural inmaterial los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas –junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes– que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana.”

Recreación histórica en Torrelavega.
Recreación histórica en Torrelavega.

El manifiesto se popularizó. Ya se sabe: los candidatos de ayuntamientos, comunidades autónomas y diputaciones se dejaron la garganta en proclamas del tipo “patrimonio somos todos”, “nuestra identidad cultural es nuestro futuro”, “tenemos patrimonio, tenemos cultura” y cosas así. La siempre grosera televisión hizo el resto, y no digamos la pública de Andalucía, que sigue inventado horteradas identitarias con títulos tan tramposos como “Soy del Sur”… Para colmo la Identidad Cultural se alió con el Desarrollo Sostenible, buen partero, con lo que quedaba perfectamente justificada toda la descendencia del matrimonio Turismo-Patrimonio, incluidos los engendros.

Los engendros se multiplicaron. La conciencia patrimonial se instaló con entusiasmo  primero en las instituciones públicas, luego en la empresa privada y finalmente, anegándolo todo, en las asociaciones vecinales, en los grupos de amistad, en cada familia y en cada individuo. Nacieron así las “recreaciones históricas” y las “teatralizaciones de eventos”, por cuya obra y gracia podemos asistir, por ejemplo, al pintoresco espectáculo de un pueblo entero disfrazado de majos, bandoleros, musulmanes, caballeros de la tabla redonda o petimetres, visitar una yacimiento arqueológico ataviados a la romana, o contemplar cómo un grupo de jubilados alemanes recorre los sitios históricos del Cádiz de la Constitución guiados por una piconera con micrófono inalámbrico que se esfuerza por  ser la reencarnación culta de Juanita Reina en la pemaniana y casposa película que la encumbró a la fama. Nacieron así también los mercados medievales, los museos etnográficos y los centros de interpretación, los cursos exprés de artesanía (de pan, de tinajas, de aceite…), los talleres de arqueología y –¡cómo no!– las subvenciones que puede solicitar y obtener todo aquel que se le ocurra algún negocio que huela a patrimonio cultural.

Total, que en ese matrimonio inevitable a cuyos progresos hemos asistido en la última década el cónyuge Turismo ha salido evidentemente ganando; en cuanto al cónyuge Patrimonio Cultural, a las pruebas me remito. Supongo que lo bueno de todo esto es que ya las lunas de miel de destino incierto no están obligadas al aburrimiento de la cultura.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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