También Rembrandt tuvo una ‘offshore’

Desde hace varias semanas vivimos a ratos aturdidos, a ratos cabreados y a ratos indignados —vamos a dejarlo ahí—, por la revelación de los ya populares Papeles de Panamá, la filtración de más de once millones y medio de documentos procedentes del ahora famoso bufete de abogados Mossack Fonseca. Filtración que pone al descubierto un complejo entramado de empresas en paraísos fiscales destinado según parece a incrementar, aún más, la riqueza de los que ya son inmensamente ricos. Aturdidos, cabreados e indignados no porque fuésemos tan necios de ignorar que los modernos bandoleros, los crapulosos, los facinerosos, alternan en los círculos más exclusivos y poderosos, y visten hoy, igual que antaño, caros y elegantes trajes. Ya lo decía Lope de Vega: “el pecho del traidor facineroso /  resplandeciente peto guarnecía: / que así se suele armar la cobardía”.

Aturdidos, cabreados e indignados porque son los mismos a los que se les llena la boca, unas veces con solemnes declaraciones de patriotismo, otras de solidaridad, de reivindicaciones sociales, de defensa de los servicios públicos, de sacrificios, y un sinfín de demandas que se esgrimen a izquierda y a derecha según el color político del individuo en cuestión, pues parece que en esto del dinero a todos les cuesta menos ponerse de acuerdo. Aturdidos, cabreados e indignados por ver como algunos de estos nombres ocupan altas responsabilidades desde las cuales, comprobamos ahora, tienen la  indecencia de exigir a los demás lo que ellos mismos se esfuerzan afanosamente en evitar. Aturdidos, cabreados e indignados por ver cómo junto a narcotraficantes y capos del crimen organizado, de los que cabe esperar, no estos sino crímenes mucho peores, se entremezclan los de distinguidos aristócratas, jefes de estado, políticos, empresarios, actores, escritores, cantantes, deportistas, presentadores de televisión y un largo etcétera de respetables ocupaciones. Aturdidos, cabreados e indignados por ver cómo los impuestos los pagan siempre los mismos, y no precisamente los que más tienen.

Rembrandt y Saskia en la parábola del hijo pródigo (1635) . Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.
Rembrandt y Saskia en ‘La parábola del hijo pródigo’ (1635) . Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.

Es verdad, sin embargo, que el delito no está en la creación de empresas offshore, actividad que los gobiernos del mundo se han preocupado de que sea absolutamente legal, y ellos sabrán por qué. Otra cosa parece ser el uso que se haga de ellas, la procedencia de los fondos y la declaración o no de los mismos por sus propietarios. Es verdad también que la presunción de inocencia es inseparable del estado de derecho, así que habrá que esperar a ver qué dicen los jueces sobre las sospechas que pesan sobre algunos de ellos. Serán ellos, los jueces, quienes terminarán de decidir si siguen gozando de la misma respetabilidad y honorabilidad que hasta ahora o nos revelarán si algunos se hubiesen convertido, de repente, de la mano de carísimos asesores financieros, en expertos farabusteadores. Pero también es verdad que lo legal no siempre es ético ni estético y que este tipo de entramados no se crean así porque sí.

Los “Papeles de Panamá” parece que pueden arrojar también luz sobre algunos de los litigios más sonados del mundo del arte, como el que enfrenta a la familia Nahmad con el descendiente del judío al que los nazis arrebataron Hombre sentado con un bastón, una pintura de Modigliani  actualmente desaparecida. El demandante sospecha que la pintura fue adquirida por la familia Nahmad en una subasta en el año 1996, sin embargo ésta lo niega. Ahora, los documentos del bufete panameño revelan que la propiedad de la obra corresponde a International Art Center, una compañía offshore cuya propiedad, según recogen numerosas fuentes periodísticas, está controlada por la familia Nahmad desde hace más de veinte años. Es decir, el cuadro pertenecería en ese caso legalmente a la empresa y no al dueño de la empresa. No es el único ejemplo, ni tampoco este tipo de estratagemas algo nuevo. Y es que, como escribía Juan Pérez de Pineda en su Breve tratado de doctrina útil para todo cristiano, allá por los años centrales del siglo XVI, “si el hombre de su naturaleza no fuera ladrón, adúltero, fornicario, embriago, blasfemo, idólatra, matador: i que su corazón no fuera un seminario desto i otros muchos vizios, i si no fuera fácil i pronto a ponerlos en esecuzión, no lo hubiera Dios puesto lei en que le manda: no hurtes, no forniques, no mates, no cudizies, etc”.

Rembrandthuis (Casa de Rembrandt). Foto: Gonzalo Durán.
Rembrandthuis (Casa de Rembrandt).                                      Foto: Gonzalo Durán.

Al hilo de estas noticias no puedo menos que evocar un episodio de la biografía de Rembrandt. La fama de Rembrandt como pintor comienza a cimentarse de una manera sólida a partir de 1633, cuando se traslada a Amsterdam. A su llegada a la ciudad se instala en casa de Hendrik Uylenburgh, un marchante de arte con el que se asocia. Fue allí donde conoció a una prima éste, Saskia, una mujer de discreta belleza, pero jovial y de muy buena posición económica. La joven es nada menos que un miembro del clan de los regentes, el nombre con el que se conoce al reducido y exclusivo grupo de familias que controlaban la riqueza y la administración de las ciudades holandesas. Los retratos que hace de Saskia en estos años nos muestran a una pareja de enamorados, felices, alegres, con unas enormes ganas de vivir, viviendo con gran desahogo. Sin embargo, tanta dicha empezó a quebrarse a raíz de la muerte de Saskia, en 1642, poco después del parto de Titus, el único de los cuatro hijos de la pareja que logró sobrevivir.

Los problemas económicos de Rembrandt comenzaron durante su matrimonio, con la compra de una vivienda en la Sint Antoniesbreestraat, donde actualmente se ubica la Casa-Museo del pintor. Era una  de las calles más lujosas de Amsterdam, en la que vivían algunos de los más ricos comerciantes, y por la que pagó 13.000 florines, una suma considerable para la época. A pesar de la elevada cotización de sus obras en aquellos años, los encargos empezaron a bajar y su producción sufre altibajos, de modo que empezó a tener problemas para afrontar el pago de la casa. Problemas que no hicieron sino aumentar tras la muerte de su esposa, cuyo testamento reservaba algunas sorpresas de tipo económico para su marido. En su testamento, Saskia lega todos sus bienes a Titus y deja a Rembrandt únicamente la administración de la fortuna hasta la mayoría de edad del pequeño. Nadie mejor que Saskia para estar al corriente de la forma en que el pintor administraba sus ganancias, y cuánto le gustaban la diversión, el lujo, vivir bien y las mujeres. Rembrandt era un manirroto, o al menos esa es la idea que empezó a circular a raíz de un libro de Filippo Baldinucci, un religioso italiano que cuenta que Rembrandt asistía a todas las subastas que se celebraban en Amsterdam pujando siempre desde el principio sumas muy altas, al tiempo que insinúa que en ese gusto por la ostentación le animaba igualmente su esposa.

Pero además, si Rembrandt volvía a contraer matrimonio tendría que indemnizar económicamente a la familia de su mujer. Esa fue la razón por la que Rembrandt no volvió a casarse nunca, aunque no por ello renunció al amor. Hay quien ha querido ver en esta última disposición testamentaria el afán posesivo de Saskia, aunque lo más probable es que su único interés fuera proteger a su hijo Titus de una eventual madrastra y hermanastros que se apropiasen de su fortuna. El tema de Cenicienta, como es bien sabido, era muy frecuente en la sociedad preindustrial.

Autoretrato de Rembrandt como San Pablo.
Autoretrato de Rembrandt como San Pablo.

En el año 1649, Rembrandt, de cuarenta y tres años, se enamoró perdidamente como un colegial de Hendrickje, una joven de tan sólo veintitrés años que trabajaba como criada en su casa. Disuadido de casarse con ella para no verse penalizado económicamente, la pareja convivió como si fuera un matrimonio hasta el año 1663, cuando fallece Hendrickje, víctima de la peste que aquel año asoló la capital holandesa. No accedió a casarse ni siquiera cuando Hendrickje quedó embarazada de su hija Cornelia y hubo de pasar, ella sola, la humillación de comparecer ante la junta local de la Iglesia Reformada acusada de vivir en “libertinaje” con el artista. El asunto se saldó con una declaración de arrepentimiento, una reprimenda, la negación de la Eucaristía durante un tiempo y poco más. La pareja siguió viviendo junta y como no hubo más hijos, nadie más que sepamos volvió a ocuparse del asunto. El episodio revela con claridad la moral hipócrita de la sociedad holandesa del siglo XVII.

Económicamente, la situación empezó a ser insostenible. Los elevados gastos del pintor, las ventas irregulares de sus cuadros, y algunas pérdidas en inversiones comerciales, le llevaron a acumular una deuda de 13.000 florines. Incapaz de hacer frente a ella, el pintor se declaró en bancarrota. Gracias a ella, los historiadores disponen de un documento único para conocer los gustos artísticos y la importancia de la colección de obras de arte que atesoraba el maestro holandés. Su patrimonio fue valorado en 17.000 florines, más que suficiente para pagar la deuda, pero ya se sabe que para vender ni las prisas ni la necesidad son buenas consejeras, y en la subasta los precios que se pagaron estaban por debajo del nivel de tasación. El pintor se vio obligado a malvender sus propiedades, su importante colección de obras de arte y, finalmente su lujosa casa, por la que le pagaron 1.800 florines menos de lo que él mismo había pagado veinte años atrás.

Casi arruinados, la pareja se muda a una vivienda mucho más modesta, en el barrio de Rosengracht, y es ahora cuando  Hendrickje se revela como una hábil y astuta mujer de negocios. Para evitar la ruina total y que Rembrandt quedase convertido en una especie de esclavo trabajando para sus acreedores, se le ocurre la idea de asociarse a Titus y crear una empresa para la que trabaja Rembrandt. De este modo, las obras que pinta Rembrandt a partir de ahora no pertenecían al pintor, sino a la empresa, por lo cual no podían serle reclamadas por sus acreedores. Es decir, algo parecido a lo que hacen las empresas offshore, fantasmas o como queramos llamarlas, a las que nos referíamos antes.

Como puede comprobarse, Rembrandt no solo fue un precursor de la pintura moderna en muchos aspectos, sino también de algunos trucos despreciables de lo que hoy llamamos ingeniería financiera.

Autor

  • Gonzalo Durán

    Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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