Llega a mis manos Furias divinas, la novela más reciente de nuestro querido Eduardo Mendicutti. Y, así de entrada, se me ocurre pensar que, puesto que los adjetivos que más se están leyendo junto al título de esta novela son «descacharrante» (desde la faja misma del libro), «hilarante», «tronchante» o «desternillante», corremos el peligro de tomarnos esta obra «tan sólo« como una obra humorística.
No cabe duda de que el humor es un eje esencial en la novela (como en otras de Eduardo, y sobre todo en Una mala noche la tiene cualquiera, con la que podríamos establecer muchas y sabrosas conexiones). Pero Furias divinas, más madura en muchos sentidos que la, por otro lado, maravillosa novela de 1982, tiene multitud de capas: destaca ese componente anecdótico y divertido (lo de «descacharrante» se lo dejo al extraño marketing de la editorial), pero también una crítica inteligente y mordaz sobre la sociedad y la política actuales; una denuncia a lacras como el paro, los desahucios, la inseguridad laboral; una reflexión sobre la propia identidad y su exteriorización; una defensa de la libertad y de la diversidad; una llamada de atención contra lo políticamente ultracorrecto… Etcétera, etcétera.
Hay una capa más, que no diré que me haya sorprendido (porque sé por sus anteriores publicaciones que este registro lo maneja magistralmente Eduardo), pero sí que me ha vuelto a impresionar. Y es que hay por momentos en Furias divinas una carga de ternura, una comprensión de los sentimientos (o «compasión» en su sentido etimológico), de una delicadeza maravillosa. Apunten: la Pandereta contando su amor purísimo por Pablo Laguna, allá por sus diecinueve años, en la cárcel «para pasivas» de Badajoz, o la conversación (más bien soliloquio) de la Divina ante Marlon-Marlén, entre lo conmovedor y lo patético, dos extremos que el autor sanluqueño controla al milímetro.

Furias divinas es una novela coral, con una serie de protagonistas (las transformistas nombradas la Furiosa, la Tigresa, la Canelita, Marlon- Marlén, la Divina y la Pandereta), que abren en La Algaida un club de «variedades», y algunos personajes heredados de la novela anterior (Otra vida para vivirla contigo), con los que los lectores habituales de Mendicutti nos reencontramos para nuestro deleite: Ernesto Méndez, escritor que financia la aventura de la sala Garbo (que así se llama el lugar) y Víctor Ramírez, que en esta entrega asciende hasta guapo alcalde del lugar. Todos los capítulos (excepto el primero y el último) están escritos en primera persona por alguna de las artistas del Garbo, con un lenguaje suelto, coloquial, marginal, libérrimo, y es a través de esos «casi monólogos», cada uno con su color y sus matices, por donde vamos conociendo a las protagonistas: sus problemas personales, pero también sus inquietudes sociales, políticas, económicas. A través de sus voces se nos va dibujando un lienzo de esa localidad tan reconocible y tan similar a otras muchas de Andalucía, con su problemática y su actualidad. A la vez, vamos conociendo «el plan» que se traen entre manos, y que da lugar a la aventura de la novela: un asalto reivindicativo a una fiesta de lujo, el Baile de las Diademas, organizado por la aristocracia de La Algaida, y ante la cual se les remueve la fiera interior de la conciencia social.
En definitiva, la arman. No les digo más. Hay que leerla. Más de una vez, les recomendaría yo: la primera para reírnos; la segunda, para reflexionar y quién sabe si para indignarnos.

