Series: la fusión entre el cine y la literatura

David Chase y Los Soprano (HBO, 1999) abrieron una brecha en la ficción transformando el concepto moderno de serie televisiva; creando un nexo –o modificando la dendrita que hasta entonces no había encontrado la sustancia necesaria–, entre el cine y la literatura, un ni contigo ni sin ti en el que hasta entonces se había mantenido un fructífero diálogo que no acababa de fusionar por la distancia entre códigos; un concepto muy alejado de las tradicionales sitcoms.

Cine y literatura se han retroalimentado hasta el punto de que las influencias y las referencias son a día de hoy inevitables si se pretende crear, ya sea novela o largometraje, una obra propia de su tiempo. El lugar en el que por fin se han encontrado se enfrenta a un sofá y quizá una mesa de centro.

He aquí que quien maneja los hilos es el showrunner, una figura que no es nueva pero que en este caso se ha reinventado como hombre orquesta, dueño y responsable de una ficción, con frecuencia más escritor –creador– que director tal y como entendemos en el cine, figura que encarna a la perfección el creador de Los Soprano, primero guionista en Hollywood después encumbrado por la historia de mafiosos italoamericanos que protagonizara el genial y ya ausente James Gandolfini. A Los Soprano no le quedó premio por recibir, unánime el aplauso permanente de la crítica. Es común en la serie moderna que diferentes directores se ocupen de la realización de sus capítulos –piezas de una duración entre los cuarenta y cincuenta y cinco minutos, como si de una intensa sentada de lectura se tratase–, dotándolos a estos de cierta frescura, de autenticidad con respecto el anterior y de promesa para el siguiente, entidad propia en un fragmento que bien puede ser autoconclusivo o no, en cualquier caso, satisfactorio per se. Pero es la figura del showrunner la que respira la esencia que más tarde nos impregnará como televidentes. Es el showrunner quien nos encanta con su historia, al modo de un novelista o de un director del cine más ambicioso en cuanto a lo cualitativo. Es el showrunner de series de televisión como aquel mestizo Alejandro Dumas de El conde de Montecristo, del que se cuenta gobernaba todo un gabinete de escribientes siguiendo su dictado y produciendo finalmente algunos de los títulos que conservamos en los cánones de lo clásico. Finalmente, el showrunner es un soñador con la capacidad de convencer, un literato o cineasta –y ambos a la vez– con posibles y capaz de emplear las tres dimensiones espaciales y la temporal.

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Una escena de ‘Juegos de tronos’.

Una buena serie combina los elementos –preferiría emplear el término recursos– literarios y cinematográficos. Podemos maravillarnos visualmente con la batalla de los bastardos –ligeramente comparable por dinamismo al comienzo de la intensa película The Ravenant de Alejandro González Iñárritu– de la popular Juego de tronos (HBO, 2011) –a mi juicio serie que apenas se sostiene en comparación con las mejores de los últimos años—, clímax del noveno capítulo de su sexta temporada, a la vez que recordamos el largo recorrido del insulso Jon Snow desde sus orígenes en Invernalia.

La serie televisiva es siempre una historia de personajes, que es lo mínimo que se puede esperar de una novela. Se cumple casi siempre. Tal es el caso de A dos metros bajo tierra (HBO de nuevo, 2001), una de las series mejor valoradas hasta la fecha y que narra la vida de una familia de Los Ángeles que dirige una empresa funeraria. A simple vista nada llamativo. No se engañen si no han tenido ocasión de disfrutarla. En este medio importa sobre todo la base escrita, porque es el contenido lo que justifica la forma; un producto exclusivamente estético –como sería el caso de la fantasía de los dragones y las familias enloquecidas– no llega, por mucho que se compre; por otro lado, una intensidad desmedida en el texto, nos enfriaría. Es por ello que el showrunner se hace con un buen grupo de guionistas que no por casualidad tienen más de novelistas que de escritores de cine; con ellos llena una sala (Writer´s room) y es a partir de un capítulo piloto escrito tal vez en la soledad propia de un creador literario que se trabaja en una temporada –lo ideal va de los ocho a los trece capítulos; tres, cuatro, o hasta seis, sugieren los experimentados precursores de la BBC en el formato más europeo de la mini serie– o una serie completa, los más audaces. En A dos metros bajo tierra, y a las órdenes de Alan Ball (en su haber: guion original de American Beauty, interpretada por Kevin Spacey), trabajaron no menos de una docena de directores y otros tantos guionistas. El resultado es a la vez un rentable (sustancioso y entretenido a la vez) producto televisivo y una de las series más redondas de la edad dorada de la nueva televisión.

'The wire'

‘The wire’, una serie consagrada por cinco temporadas de éxito.

Pero hablábamos de fusiones. Así que lo visual, el cuidado de la imagen, importa. Hacia el final del cuarto capítulo de la primera temporada de True Detective (¿HBO? Así es, año 2014), creación de Nic Pizzolato –autor de la novela Galveston (publicada antes de la serie, puede uno ahorrársela con total tranquilidad), reeditada tras el triunfo de la serie por Ediciones Salamandra–, nos vemos inmersos en seis minutos de tiroteo rodados en un espectacular plano secuencia dirigido por Cori Joji Fukunaga (Amén). La primera temporada de True Detective rezuma Schopenahuer y Nietszche por los cuatro costados en la voz del detective Rust Cohle (Mathew McConaughey). El estreno de su segunda temporada cargaba injustamente con el peso del éxito de la primera y la fuerza del nihilista Cohle, fracasando, de un modo –insisto–, injusto a mí parecer, hasta el punto de ser condicion sine qua non regresar a la idea primigenia para la producción de una nueva entrega, todavía en el aire. En la segunda temporada de la creación de Pizzolato tanto McConaughey como Woody Harrelson –inseparable compañero de reparto y réplica eficaz en la oscura historia de crímenes ambientada en el estado de Lousiana e inspirada en parte en el más que recomendable libro de cuentos terroríficos de Robert W. Chambers, El rey de amarillo–, aparecen en los créditos como productores, circunstancia que se repite con frecuencia.

Se funden literatura y cine en Penny Dreadful (John Logan, Showtime, 2014), cuyo motivo no es otro que las publicaciones surgidas en la Inglaterra victoriana a partir de los monstruos humanos que bien pudieron tener su origen en una noche de tormenta a orillas del lago Leman en Villa Diodati. No queda solo ahí la literatura, lo novelístico, sino que la alternancia de estructuras en capítulos y temporadas se nos hace más del negro sobre blanco que del celuloide. No será fácil olvidar la interpretación de Rory Kinnear como la criatura de Víctor Frankenstein, Caliban/John Clare. A esto se une una producción ambiciosa que hacen del arte, decorados y ambientación, toda una delicia para los amantes del cuento gótico; un reparto de regalo encabezado por la bella Eva Green. Si bien es cierto que la irregularidad de Penny Dreadful ha acabado por llevarla a su cancelación al término de su tercera temporada –cuyo capítulo inicial lleva por título El día que Tennyson murió, siendo el del capítulo piloto Novelitas de terror–, la experiencia merece la pena.

'Breaking Bad' está considerada una de las mejores series de todos los tiempos.

‘Breaking Bad’ está considerada una de las mejores series de todos los tiempos.

David Simon trabajó como periodista para el Baltimore Sun durante veinte años en la sección que se ocupaba de lo policial. Debió de sentirse tal vez encorsetado o fue que el medio periodístico se le antojaba insuficiente que escribió un par de libros, Homicide: A Year on the Killing Streets y The Corner: A Year in the Life of an Inner-City Neighborhood junto a Ed Burns, veterano de Vietnam y detective de la policía de Baltimore (profesor de escuela pública tras su jubilación, el dato da buena cuenta del perfil). La amistad y probablemente la insatisfacción por no encontrar el modo de contar una historia que debía ser contada unieron a Simon y Burns dando origen a The Wire (HBO, 2002), serie de cinco temporadas consagrada muy probablemente como la historia policial y social mejor narrada de la historia de la televisión; traducida en España como Bajo escucha, The Wire ejemplifica como ninguna otra -o a la par que Los Soprano- la serie de culto de todo serie adicto; también ejemplo de esto que hemos dado en llamar la fusión entre el cine y la novela. Cada temporada de The Wire tiene como eje una línea argumental bien definida que se entronca a la perfección con la historia –y la psicología– de sus personajes y un tema central: el crimen en las calles de Baltimore, su relación con el gravísimo problema del narcotráfico y su repercusión en las clases más humildes de la sociedad. Como vemos es un proyecto a todas luces literario. Pero sólo el proyecto, ya que el producto final lo disfrutamos por tele de pago. Tampoco tendría cabida en el formato de la pantalla grande. A The Wire siguieron Generation Kill (HBO, 2008) y Tremé (HBO, 2010), ambas manteniendo la fórmula en la que Simon, por fin, se sentía cómodo para contar; y ambas –la primera sobre una unidad de marines en la invasión de Irak, magnífica; y la segunda, sobre la ciudad de Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina, un musical no musical en el que se vive y respira una de la ciudades más fascinantes del mundo–, brillantes obras maestras para televisión.

Los títulos se cuentan por decenas y los niveles de calidad fluctúan dando un balance que me atrevería a calificar de positivo. Sense 8, Peaky Blinders, The Knick, Breaking Bad, House of Cards

Todas ellas se han apoderado de lo mejor del cine y de la literatura. Una buena serie –así como una buena novela o película– no engancha, interesa. Y esto lo saben muy bien quienes apuestan por un producto rico en contenido y elaborado con todos los cuidados; fusionando lo mejor del cine con la mejor literatura. Por fin.

Eduardo Flores

Autor/a: Eduardo Flores

Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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