“Aquí lirios y allí lirios / todo el campo está enliriao / y en medio de tanto lirio / está mi amante acostao” cantaron las mujeres en la Sierra de Cádiz hasta hace algo más de medio siglo cuando, por estas fechas, montaban los columpios en nogales, pinos, olivos, chaparros, encinas, alcornoques o quejigos de ramas robustas, y acudían allí a sanjuanearse. La evocadora imagen del amante dormido entre las flores sostiene la creencia milenaria de uno de los atributos místicos de San Juan, heredado de una serie de figuras sagradas. Los romanos, por ejemplo, creían que Attis estaba muerto o dormido durante el invierno, esperando la estación templada para despertar, igual que las semillas aguardan el hálito de la primavera.
San Juan difiere del resto de los santos porque en su día se celebra su nacimiento, y no su muerte. El momento culminante del cielo que simboliza el 24 de junio (los planetas alineados y el sol en su máximo declinar) reúne una ritualidad diversa, concentrada no obstante en torno a tres elementos: el agua, el fuego y la vegetación. Los tres apuntan a un sentido purificador y fertilizante y se materializan en una amplísima serie de prácticas folklóricas que tienen que ver con el amor y con la renovación de la vida.
En aldeas y pueblos de España fue habitual durante siglos que las mujeres yermas, en la noche del solsticio de verano, acudieran a la playa, al río o a la fuente en busca de un agua sanadora y fertilizante; y también fue común en esa noche la realización de prácticas adivinatorias sobre el futuro amoroso: las solteras vertían un huevo en un vaso de agua y, según la forma que adquiriera, podían saber el oficio del futuro esposo-amante (carpintero, si en el vaso se “veía” una mesa, labrador si era un arado…), o guardaban una flor de cardo bajo la almohada que, si al amanecer había abierto, presagiaba una pronta boda.

Fue tanta la fuerza y la persistencia de los ritos del solsticio de estío en la antigua Europa, que la Iglesia, siempre preocupada por los avances del paganismo, parece que aprovechó la conexión de San Juan con el bautismo para dar un color cristiano a la exuberante fiesta acuática y vegetal. Lo hizo, eso sí, haciendo que San Juan heredara los más atractivos atributos de los dioses paganos (“Havemos repartido entre nuestros Santos los officios que tenían los dioses de los gentiles”, advertía Alfonso de Valdés en el siglo XVI), de modo que el Santo verde (como también se le conoció) heredó de Apolo sus rasgos milagrosos.
Pero ni la cultura popular ni la literatura más sensible aceptaron nunca a San Juan como el simple y piadoso primo de Jesucristo, y su dimensión mágica y erótica prevaleció en nuestra memoria cultural: en coplas que hablan de que en el amanecer del 24 de junio se hacen visibles monedas y tesoros enterrados (“Mañanita de San Juan, / mañanita linda y clara, / cuando las piedras preciosas / saltan y bailan el agua”), en la Divina Comedia de Dante, en la que San Juan-Apolo es el santo de la luz, “antorcha que ardía y alumbraba” (Canto XXXI), en El sueño de una noche de verano de Shakespeare, donde la magia del amor sólo puede acaecer en esa “Midsummernight” que los españoles románticos tradujeron como “Noche de San Juan”, o en El sombrero de tres picos de Manuel de Falla, donde la danza del fuego, del agua y del erotismo se ubica en esa misma noche.
El seductor y apasionado Apolo, el Santo verde somnoliento, el deslumbrante Attis, el pícaro duende Puck… esperan cada año la noche del solsticio de verano para hacernos renacer. Puede que no exista el príncipe azul (que al fin y al cabo es un mito anglosajón ajeno a nuestro paisaje), pero con toda certeza siempre hay un amante durmiendo entre los lirios a punto de despertar. Conviene estar subida en el columpio cuando eso ocurre.

