Robert Mulligan o la mirada del pájaro

De no haber filmado el western telúrico La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968) Robert Mulligan, autor también de algunas películas sobre la educación sentimental de su generación, tales como Verano del 42 (Summer of ’42, 1971) o El año que viene a la misma hora (Same Time Next Year, 1978), sería recordado como director de una sola película mágica: Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962) bien flanqueada de otras dos que parecen ahondar también en la exploración del mismo espacio: El otro (The Other (1972) y Verano en Luisiana (The Man in the Moon, 1991). Nunca dijo que las tres estuvieran emparentadas, pero lo cierto es que hasta el más descuidado de los espectadores advierte lo que tienen en común: la consideración de la infancia en toda su fragilidad y en su poder visionario, luego aminorado o perdido, como demuestra Verano en Luisiana, con la llegada de la pubertad, que es también el paso a ese proceloso camino en la educación de los sentimientos del que trata Verano del 42 –que no es otra cosa que la gratificación del deseo de todo adolescente de acostarse con una mujer mayor–, y de cuya sinuosa evolución a lo largo de la edad adulta habla El año que viene a la misma hora, historia de un hombre y una mujer que mantienen una relación extramatrimonial consistente en verse una sola vez al año durante décadas. Un universo circular, en el que todas las piezas remiten a las otras y al núcleo orgánico del que parten todas. Como las novelas de García Márquez respecto a Macondo y Cien años de soledad.

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Llama la atención esta aplicación de un cineasta nacido en el Bronx a la evocación de la infancia campesina, tal como la encontró servida en la novela de Harper Lee que dio lugar a la película que abre el ciclo. Podría pensarse que lo que le interesó de esta historia fue su descarnada denuncia de la discriminación racial, puesta en cuestión por la mirada de unos niños educados por su padre, el recto abogado Atticus Finch, en el elemental principio de la empatía: para entender a los demás –les dice a sus hijos– es preciso “meterse en sus zapatos”. Pero en El otro encontramos una versión mucho más inquietante de ese proceso de identificación psicológica: lo llaman “el gran juego” y consiste en la capacidad que un niño hipersensible cree tener de trasladarse a la mente de otros seres, personas o animales, vivos o quizá muertos. No está claro si estamos ante un relato de poderes sobrenaturales o de un simple caso de esquizofrenia con resultados criminales, pues una de las consecuencias de ese singular poder es la identificación del protagonista con un hermano gemelo muerto en extrañas circunstancias y aparente instigador de una serie de horrendos asesinatos. Lo importante es que, igual que los hijos de Atticus se ejercitan en el difícil arte de la empatía en un mundo injusto, el gemelo de El otro aprende a ver la realidad, no ya sólo a través de los ojos del fantasma asesino que lo obsesiona, sino también de los de un pájaro que remonta el vuelo. Es el poder de la Imaginación, exclusivo de los niños. Porque los adultos, como aprenderemos en esa algo deprimente historia de espaciados encuentros amorosos que ocupa El año que viene a la misma hora, deberán recurrir siempre a la maquinación y el engaño para encontrar un remedo de esa capacidad perdida. Lo dice Mulligan, que en eso no fue menos romántico que los poetas William Blake o Wordsworth, o incluso que su paisano Poe.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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