¿Quién puede matar a Chicho?

Me contó una vez un amigo psicólogo que había dos sentimientos que a la mayoría de sus pacientes les resultaba dificilísimo –si no imposible– confesar y asumir: la envidia y las tentaciones infanticidas que les asaltaban cuando, por ejemplo, bañaban a su bebé. Sin duda son, una y otra, emociones inconfesables. Están del todo traspasadas por la moral judeocristiana y, en lo más íntimo de cada uno de nosotros, vestidas del color indeleble del pecado.

Una de las formas más infalibles de reconocer a un artista, genio o visionario es comprobar (y admirar) cómo se enfrenta a tabúes históricos de ese tamaño y cómo, al enfrentarse, los exhibe sin pudor, poniendo todo –absolutamente todo– en duda y volviendo del revés cualquier norma social. Algo así como lo que hizo Groucho Marx con aquella famosa sentencia: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”.

Chicho Ibáñez Serrador exhibió en el Un, dos tres los más ocultos y ancestrales pecados de este país y de sus habitantes: la proverbial envidia española, por ejemplo, de la que nos pudimos reír en las figuras de Don Cicuta, los Cicutillas y las Tacañonas; o la tacañería, la ambición ciega y el reaccionario principio de “más vale pájaro en mano”, tan español también, que era lo que llevaba a ciertos concursantes a quedarse con las cien mil pesetas que Kiko o Mayra les ofrecían a cambio de no abrir el último sobre. Chicho nos puso en ridículo a todos. Y eso echamos de menos en la televisión.

Una escena de ‘Historia de la frivolidad’.

Si hubiera que encontrar un antónimo de productos televisivos tan repugnantes como Operación Triunfo o Se llama copla, sin duda sería El semáforo, abordado por Chicho en su penúltima etapa de producción (1995-97). Más que un concurso era –otra vez– una exhibición de nuestras gloriosas miserias. A caballo entre la barraca de feria y la distopía más exquisita, El semáforo echaba mano de un desfile de monstruos fellinianos para mostrar nuestras entrañas más surrealistas. Allí hicieron Cañita Brava y José Failde una interpretación de “Granada” que debería oír cualquiera que no pueda reconocer la gigantesca cursilada que acaece cuando la canta Plácido Domingo.

Titular una película con una frase interrogativa ya dice mucho de la valentía de su autor. ¿Quién puede matar a un niño? es, en ese sentido, de una saludable inmoralidad. Estrenada en 1976, juega a ser un imaginativo artefacto de terror mientras que (en tiempos tan delicados como aquellos) esconde un análisis despiadado del derecho al aborto, de la crueldad infantil y de la tendencia (siquiera estética) de la cultura española por el crimen nefando y la sangre derramada. Vuelve a exhibir Chicho los pecados, vuelve a airear los rincones sucios, vuelve a poner en solfa la moral consensuada como de forma aparentemente menos ácida lo hiciera en Historia la frivolidad (1967). Por seguir con la búsqueda de antónimos, ¿Quién puede matar a un niño? o Historia de la frivolidad son lo contrario a Cuéntame, producto ñoño, complaciente, olvidadizo y anegado de principios abnegados que no sirven y que no sustituye por otros.

Echamos de menos la televisión de Chicho Ibáñez Serrador porque nos preguntamos estos días quién puede matar a Chicho y la respuesta nos la da la televisión actual: la ñoñez, solo la ñoñez, el olvido de lo que realmente somos, el rechazo a la duda y la obsesión por la certeza, que tan peligrosamente hoy nos amenazan.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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