Charles Foster es un animal

‘Ser animal. Un acercamiento íntimo y radical a la naturaleza’. Charles Foster. Traducción de Enrique Maldonado Roldán. Capitan Swing. Madrid, 219. 248 pp.

La naturaleza es brutal. Así viene siendo desde los primeros organismos unicelulares en la Tierra (léase sopa primordial), si no desde el primer castañazo sideral que generó el imposible al que hemos dado en llamar Universo.

Siendo así, brutal, la naturaleza nos puso en la existencia (¿?). Mucho después de aquello, también mucho tiempo antes del ahora, la literatura (la buena, sírvase el improbable el debate), en todos sus géneros, se ha empeñado —y no poco— en explicarnos a nosotros mismos: Sapiens, probablemente, por casualidad: no hay relato fundacional sin su Génesis de obligado antropocentrismo.

Debido quizá al alejamiento que padecemos de nuestros orígenes, de esta desconexión con lo rural, la hornada de títulos naturalistas han proliferado en los últimos tiempos. Todavía no sé si por lo caprichoso de las modas que afean la industria o por una necesidad real (tanto hace desconfiar la industria). Moda o no, se están publicando numerosos textos naturalistas que, en el peor de los casos —moda, vendibles, esnobismo— bien valen una misa. Como prólogo a lo que sigue, se me ocurre: La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt, de Andrea Wulf (Taurus, 2017) y traduce María Luisa Rodríguez Tapia; o Tierra de mujeres, de María Sánchez (Seix Barral, 2019), lugar de encuentro entre la vida rural y el feminismo.

Títulos que lamento (cada uno de ellos merecería muchísimos más bites que los gastados aquí) utilizar solo como excusa para una invitación más extensa.

Siento pavor por los leones. Las ratas me paralizan. Mi veneración por los rinocerontes no tiene explicación racional posible. El respeto, la cautela y el asombro que me generan los elefantes reafirmaron mi idea sobre estos gigantes en El hombre que susurraba a los elefantes (Capitán Swing, 2017), de Lawrence Anthony, traducido por Magdalena Palmer. ¡Ay, la fascinación por los gorriones, cómo olvidarme de ellos! Todos estos bichos tienen algo en común: me inspiran un amor puro —inscrito en mi código genético— y sin condiciones. Sí, los leones también.

Es precisamente ese amor lo que puso en mis manos Ser animal. Un acercamiento íntimo y radical a la naturaleza, de Charles Foster (traducido al español, y de nuevo para Capitán Swing, por Enrique Maldonado Roldán).

“Si soy capaz de establecer una relación verdadera con un animal no humano, existe espacio para el optimismo en cuanto a la relación con mis congéneres”. A lo que añadiría, con un “tal vez” algo menos optimista, con el mundo que hemos creado —quizá— a voluntad.

Charles Foster (Reino Unido, 1962) hace del ensayo una ficción en la que relata de qué manera llegó a estudiar un número limitado de especies, precisamente, viviendo tal y como estos bichos lo hacen: tejón, nutria, zorro, ciervo y vencejo. Mentiría si dijera que lo consigue. Pero vaya si lo consigue. La estupidez de creernos dueños del lenguaje nos ha distanciado como especie del mundo animal y, por consiguiente, del animal mismo que somos. Bien, Charles Foster hace todo lo contrario: “Compartimos con los animales no solo ascendencia genética y una enorme proporción del ADN, sino también historia. Hemos ido todos a la misma escuela. Quizá por eso no sorprenda que tengamos en común algunos lenguajes”. Lo cierto es que sí sorprende. Al igual que desconocemos el innato deseo de cercanía al mundo animal: “Parte de este deseo radicaba en el convencimiento de que sabían algo que yo no sabía y que, por motivos que no me detuve a analizar, tenía que conocer”.

Se trata de una cuestión fronteriza: la fisiología y el paisaje. Porque hasta en los casos más próximos, tal es el de los zorros —con los que el autor comparte la ciudad de Londres— en esta especie de lúdica investigación, Foster, bajo el pelaje del animal, descubre un espacio nuevo, uno muy diferente a lo habitable desde el metro ochenta. Ocurre algo muy parecido en lo fisiológico cuando el autor es un tejón, en el que lo fisiológico —lo sensorial— revela el bosque y sus perfiles dibujando en su mente a través del olfato. El muro que se erige a partir de la ligera herencia genética se difumina cuando se da la incuestionable necesidad de comunicación, ley en el reino animal. Es este un libro pues como un axón a gran escala, una puerta entre dimensiones que una vez fueron una sola. Imprescindible para la sensibilización humana y vivir así en armonía con nuestros compañeros de piso.

Y sin embargo el resultado no puede dejar de ser ficción: “El método, por tanto, no es otro que acercarse cuanto se pueda a la frontera y asomarse por encima de ella con cualesquiera instrumentos que estén disponibles… proceso radicalmente opuesto a la mera observación”. Todo ello, y desde una mente científica —la neurociencia es la base—, sin negar —descartando el autor la primera persona por prudencia— la verdadera transformación chamánica por el consumo de drogas naturales que desde antiguo servían a nuestra especie una comprensión del todo a través del sentir animal.

Charles Foster.

Como los chamanes, Charles Foster trata de eludir el antropocentrismo. Lo hace, no obstante, como un trilero de la prosopopeya —incurriendo en una contradicción sin la que no se podría entender el texto: ¡bravo!— en el mundo natural: es precisamente el uso del lenguaje, de la poesía con que impregna su prosa a lo largo y ancho del relato, lo que hace posible que la ficción —cierto realismo mágico: chamanismo literario— nos retuerza las entendederas para ver al autor volar como un vencejo, sentir las angustiosas sístoles y diástoles en el interior de la nutria en las únicas seis horas diarias de su intensa actividad vital.

“El principal problema para convertirme en vencejo, no obstante, no es que sea una criatura del aire y yo lo sea de la tierra. Es la velocidad. Soy un animal de una lentitud espantosa. Aunque la diferencia entre nuestras percepciones relativas a la textura del aire es amplia, no es nada comparada con la diferencia en la velocidad de nuestras vidas”.

Son muchos los interrogantes, los debates tanto científicos como filosóficos, en Ser animal: ¿En qué medida acusan el YO los animales? O, ¿qué hay de las emociones en ellos? tema tabú para los biólogos profesionales: “Se puede hablar de cognición animal porque este tipo de vocabulario está cómodamente asentado en la única y tiránica metáfora que utiliza el conductismo dominante… Se acepta hablar de bienestar animal: de los altos niveles de corticoides en vacas tristes —perdón: estresadas—. Pero de emociones no”. Vivir como un tejón debe de dar para mucho, al menos los suficiente como para afirmar que “no dudo lo más mínimo que los tejones tienen algún tipo de conciencia… algo les pasa por la cabeza cuando están durmiendo… Algún tipo de historia se está representando. ¿Y quién podría ser el personaje principal sino el YO del tejón?”.

Se plantea Foster un ejercicio extremo de empatía para poder comprender a sus bichos, para ser uno de ellos, para hacernos a nosotros, lectores, bichos también. Alimenta esa empatía con la experiencia —se podría considerar poco gratificante para el sapiens un baño nocturno en cualquiera de las pozas de cualquier río de Gales por el antojo de convertirse en una nutria. Diría incluso duro (helador) de leer—. Es por ello que se trata de una ficción en permanente sinestesia. Esto es, la reproducción por escrito de cada una de las aventuras del autor mezcla los sentidos; por tanto Charles Foster no fue en realidad animal hasta sentarse a escribir, cuando fluye esa empatía, y no cuando anda por ahí oliendo mierda de nutria o defecando al modo de las mismas: “me tumbé en mitad de una empalizada de aulagas en la cima de nuestra colina. Las flores eran tan amarillas que quemaban la vista y abrasaban cualquier otro color. Olía, de manera incongruente, a coco”. Ya era un ciervo entonces.

Y es así que Foster acerca al lector a su propio sentir animal. Leer Ser animal lleva en mayor o menor medida, en función de sensibilidades, a ser animal. Algo que recomiendo con un aullido.

“Cierto, no seré capaz de demostrar de un modo euclidiano que estoy relacionándome con el vencejo. Pero la relación humano-animal será más sencilla que la humano-humano y no se verá oscurecida por tantas emociones enmarañadas. Eso significa que puede ser más fácil convencerse de que una relación humano-animal es real. Si lo es y sabe a lo mismo que las relaciones humano-humano, seré capaz de querer a mis hijos con mayor convencimiento”.

Eduardo Flores

Autor/a: Eduardo Flores

Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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