Porque aún recordamos

‘La sangre de las mujeres’. Nieves Vázquez Recio. Ediciones Espuela de Plata (Renacimiento). Sevilla, 2019. 220 pp.

“Todo arde, todo desaparece”. Así arranca La sangre de las mujeres, hermosa novela de la gaditana Nieves Vázquez Recio, ganadora del premio Tiflos de Cuentos 2011 con el volumen titulado La velocidad literaria, y finalista de los premios Carolina Coronado y Jaén de Novela 2010 con Experimentos sobre el vacío. Ha publicado también el poemario Tierras raras y otros dos libros de relatos, El día de la ballena (2006), y El cielo asusta (2009).

La sangre de las mujeres toma como punto de partida la muerte de un escritor durante el incendio de su casa, repleta de libros. La narradora escucha la terrible noticia por la radio y reconoce el nombre de un amigo de la infancia. En las reflexiones del momento (“Todo arde, pero aún conservas el recuerdo, que tiene el poder de resucitar a los muertos”, se dice a sí misma), esa mujer, ya vieja, decide utilizar la palabra para restaurar un tiempo que los dos compartieron, antes de que el pasado se esfume de la memoria para siempre: “Miras hacia adelante y ves muy poco, pero atrás, a lo lejos, está el semillero de lo que fuiste, y en esa sementera, que a veces fue radiante, está también su nombre”.

Nieves Vázquez Recio.

Comienza entonces un recorrido por la vida cotidiana en la España de la posguerra. Malaquías e Isabel, un niño y una niña, nos llevarán de la mano por los desolados paisajes de la pobreza. Pobreza en el campo y pobreza en la ciudad durante los años oscuros del hambre, el miedo y el silencio. Él vive en el monte al cuidado de las cabras; pasa el día solo y por las noches va al rancho a comer “en plato” y dormir. Allí será testigo de un espantoso episodio de violencia que lo marcará de por vida. Isabel, por su parte, vive y juega en una pequeña ciudad con mar en la que reconocemos al Cádiz de la época, en una casa de vecinos llena de patios y escaleras, de habitaciones abiertas a corredores, de váter comunitario, de habladurías, de hombres agriados y de continuas explosiones de violencia machista que las mujeres sufren sin rebelarse.

Cuando los caminos de Isabel y Malaquías finalmente se crucen, habremos conocido a una ingente galería de personajes, muchos de los cuales continuarán con nosotros hasta el final de la novela. En el monte viven el viejo encargado de los mozos de labranza, la muchacha que ayuda en la gañanía, la madre de ella, los padres del niño, el antiguo maestro republicano cuyo hogar es ahora una cueva en la montaña. En la ciudad, en primer plano, los habitantes de la casa de vecinos donde vive Isabel. Mujeres como la madre de la niña, o Petra, la estraperlista, o Nora, la que enlaza embarazos, abortos, hijos y palizas del marido.

De entre todas esas mujeres destaca Lina. Sus pensamientos aparecen inesperadamente entretejidos con la narración para ofrecer el contrapunto de resistencia, de coraje, de amor a la vida en el ambiente derrotado y sórdido de los adultos. En la casa de vecinos hay también hombres, como el marido de Lina, enfermo de tisis, o como el padre de Isabel, alcohólico y maltratador. Y están los compañeros de juego de Isabel, niños y niñas que con su mirada infantil dulcifican el horror que se retrata. Más adelante, en calles alejadas de su barrio, conoceremos también a la tía rica casada con un comandante del ejército franquista, y a la anciana hija de un diplomático extranjero, postrada en cama y en cuya casa señorial, abarrotada de muebles y de libros, Isabel descubre la existencia de otros mundos posibles.

En este magnífico ejercicio de reconstrucción de la memoria abundan los detalles costumbristas: el lebrillo comunal con el guiso de garbanzos y tagarninas, o la creencia campesina en el poder curativo de las sanguijuelas y las mudas de serpiente. La ropa sucia, que se hierve con jabón verde y ceniza para quitarle las manchas, se blanquea con añil y se tiende tras perfumarla con alhucema. Los pies de Isabel calzados con zapatillas de cartón, o el pellejo de chorizo que usa como chicle durante todo el día. La radio con las voces de Manolo Caracol, Bobby Deglané y los diferentes actores de las radionovelas. La cuerda que sirve de picaporte en la puerta del lavadero. Las piruletas de caramelo hechas en casa.

Junto al detallismo y la minuciosidad de la recreación histórica, Nieves Vázquez Recio domina con maestría el arte de sugerir, que aplica sobre todo para recrear el clima emocional de la guerra y la postguerra, y sus estragos en el alma. Asistimos al odio soterrado de los vencidos, al miedo a la Guardia Civil, a la policía y a cualquier autoridad civil o religiosa, a las delaciones sutilmente insinuadas, a la desesperación de los presos políticos, al recuerdo lacerante de los muertos, de los fusilamientos, de los ríos que bajaban llenos de sangre.

Y, en efecto, la sangre —no solo la de las mujeres, aunque ellas sufran la violencia por partida doble— se convierte en la columna vertebral de una novela, asombrosa en su capacidad de extraer belleza de la infamia. Un brutal episodio de sangre la abre. Otro igualmente bárbaro la cierra. Después de ese suceso, feroz y no por ello menos esperado, los años corren, Isabel y Malaquías se hacen mayores y la vida empieza a discurrir por otros derroteros.

En la mente del lector, junto al duro retrato de la violencia, del hambre y de las heridas visibles e invisibles, permanecen la mirada perpleja, asustada y generosa de Malaquías, la inocencia alegre de Isabel, y el canto a la vida de Lina, quien, tal vez sin saberlo la niña, fuera el modelo que la hizo desear ser diferente, darse cuenta de que la sangre no era el destino inevitable y terrible de las mujeres (“Como si todas fuerais Ana Bolena y estuvierais esperando en la Torre de Londres a que os cortaran la cabeza”). El ejemplo que llevó a Isabel a prometerse a sí misma: “Pero tú, no, tú no te ibas a resignar”.

Elena López Torres

Autor/a: Elena López Torres

Elena López Torres es Doctora en Filología Inglesa. Ha sido profesora titular de la Universidad de Cádiz durante más de dos décadas. Ha publicado diversos libros para la docencia, y artículos de tipo académico en revistas nacionales e internacionales. En el campo de la creación literaria, es autora de 'El mueble oscuro y otros relatos' (Renacimiento, 2011), y de la novela 'El yacimiento' (en prensa).

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