Canciones de la Edad de Plata

‘Canciones infantiles’. Elena Fortún y María Rodrigo. Edición de Nuria Capdevila-Argüelles. Prólogo de Ana Vega Toscano. Renacimiento. Sevilla, 2019. 140 pp.

En el catálogo de libros infantiles del exilio que su autora, Ana Pelegrín, tan amorosamente tituló Pequeña memoria recobrada se explica que la riquísima actividad editorial de los exiliados españoles del 39 en tierras americanas se nutre esencialmente de los avances pedagógicos vividos en España durante la Edad de Plata (1920-1936). Efectivamente, los libros de esta época marcan una radical renovación literaria en las lecturas para niños, “representada por las canciones y el teatro de García Lorca, de Rafael Alberti, de Concha Méndez; los cuentos surrealistas de María Teresa León; los Títeres de Pinocho de Salvador Bartolozzi y Magda Donato y la serie de cuentos de Celia, el personaje de Elena Fortún”.

Por lo demás, la Edad de Plata deja entrever cuán frondosa pudo ser –y no llegó a ser– la recolección de la tradición oral infantil española en unos momentos en los que aún el mundo poético de los niños no había sido arrasado por los medios de comunicación de masas y las nuevas tecnologías, algo evidenciado en los prometedores repertorios compilados por Carlos María de Vallejo (Los maderos de San Juan, 1932), José Moreno Villa (Lo que sabía mi loro, publicado ya en el exilio mexicano de 1945) o en estas Canciones infantiles de Elena Fortún y María Rodrigo (1934).

El cancionero de Fortún y Rodrigo recoge una treintena larga de romances y canciones atentamente oídos y esmeradamente anotados por las recopiladoras a pie de corro, tal y como hace constar Fortún en el prólogo: “María Rodrigo, que os encontró jugando al corro en Recoletos frente a la Iglesia de San Pascual, en los días de su niñez, y desde aquel instante cuidó maternalmente de vosotras, no permitiendo a sus compañeras perder el ritmo o desentonar… Al mismo tiempo que yo os cantaba en el Jardín Botánico de Madrid y en las plazas de Oriente y Santa Ana, sin perdonar a las chicas ni un solo verso”.

Sin embargo, como corresponde a la sensibilidad y a la exquisita cultura de las autoras, el repertorio no es un mero ejercicio personal de nostalgia. El paso de Fortún y Rodrigo por la Institución Libre de Enseñanza, su actitud krausista y libertaria ante la cuestión pedagógica, inunda todo el repertorio, que se muestra –como sus parientes generacionales– como un objeto de enseñanza-aprendizaje, un camino artístico e imaginativo para vacunar a los niños contra el olvido ofreciéndoles una buena dosis de su memoria cultural, desde la incuestionable premisa de que la felicidad y la integridad del futuro adulto dependen en buena parte de que sea capaz de reconocerse en una memoria colectiva: la suya.

Elena Fortún.

La colección ofrece una clasificación muy particular que habla del interés de las recopiladoras no solo por dejar testimonio del texto infantil, sino también por analizarlo, por apreciar los diversos niveles de tradicionalización que este repertorio registra y, en definitiva, por determinar las coordenadas singulares en las que se recrea el cancionero de los niños. Tras los apartados de “Romances y romancillos de los siglos XVI y XVII” y “Romances de ciego”, agrupan en torno al título de “Viejas canciones” versiones de “Quisiera ser tan alta”, “Arroyo claro” o “El patio de mi casa”. Revelando un especial esfuerzo por determinar el origen de los textos, en el apartado de “Canciones adaptadas del francés” incluyen Mambrú y Santa Catalina. Hay asimismo un interés por fijar la antigüedad de los textos, los niveles de la tradición: en el apartado de “Siglos XVII y XIX” incluyen “Las hijas de Merino” o “El vestido nuevo”. Tras la catalogación, pues, palpita un análisis o, al menos, una intuición –que no deja de sorprendernos en fechas tan tempranas– que reconoce el repertorio infantil como singular frente a otros ámbitos de la tradición oral y, en tal sentido, integrador de fórmulas muy diversas: romances, canciones, retahílas y hasta invocaciones (“¡Que llueva, que llueva!”).

La voluntad de los versos recogidos por Elena Fortún y de la música anotada por María Rodrigo es explícita: quieren ofrecer a los niños la verdad. Estremecen sus palabras al respecto porque anticipan, sin saberlo, la falsificación de la tradición oral infantil que, muy poco después, habría de cernirse sobre los niños de la dictadura: “Es esta una puertecilla estrecha por la que, si vosotros no hacéis entrar reverentes lo más delicado e ingenuo del alma española, entrará el último tango o la canción de un borracho, porque el niño sacia sus anhelos siempre, y si no le dan agua clara de manantial, beberá en los charcos cuando le llegue la hora de la sed”.

María Rodrigo.

Deslumbrado ante “el descubrimiento de una nueva pedagogía”, el cancionero se hace eco, a través de los hermosos y oníricos dibujos de Gori Muñoz, de esa comprensión global del imaginario por la que todos apostaron en la Edad de Plata: el aprendizaje de la música unida a la palabra del verso, el de la palabra unida a la imagen, el de la imagen unida a la música. El esfuerzo integrador –cuentan las autoras– tuvo un especial apoyo por parte de otro hombre clave de la época, Eduardo Torner, musicólogo, folklorista, krausista, autor (en el exilio) de El folklore en la escuela (1946), un libro que hubiéramos necesitado tanto los niños españoles de las siguientes décadas.

Acabó la Edad de Plata y varias generaciones quedamos sin saber la verdad de estas canciones, portadoras en su médula de nada más y nada menos que la memoria de todos: “Que estas canciones sirvan para haceros recordar las que habéis olvidado, o modificar las que sabéis mal, y para enseñaros aquellas que no habéis aprendido todavía, pero que las lleváis en el corazón, como llevan los pájaros, que aún están en el nido, los trinos de todos los de su especie”.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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