‘El pueblo de los malditos’ (1960) o el mundo en vísperas de la revolución sexual

La acción se sitúa en un idílico pueblecito inglés, Midwich. No se dice cuándo, pero la película que narra esta historia se estrenó en 1960 y su ambientación era rigurosamente contemporánea, así que puede situarse sin problemas a comienzos de la década que iba a conocer, entre otras cosas, el decidido viraje de las sociedades occidentales hacia la cultura hedonista y permisiva que sería una realidad generalizada en apenas un lustro. En abril de 1960, precisamente, las autoridades norteamericanas autorizaban la comercialización de la píldora anticonceptiva, que iba a ser un elemento clave de la revolución de costumbres por venir.

George Sanders protagoniza 'El pueblo de los malditos'.

George Sanders protagoniza ‘El pueblo de los malditos’.

No vamos a intentar siquiera esbozar las consecuencias que tendría la difusión del invento: basta avanzar un poco en la película en cuestión, El pueblo de los malditos (Village of the Damn), producida por la filial inglesa de la MGM y dirigida por un tal Wolf Rilla, para darse cuenta de lo que ocurría en una pequeña comunidad cuando tenían lugar embarazos que no podían justificarse como fruto previsible de la cohabitación matrimonial. Semanas después de un extraño suceso, por el que la totalidad de los seres vivos del pueblo y alrededores han permanecido inconscientes durante horas, se corre la noticia de que todas las mujeres fértiles del lugar han quedado embarazadas. Para la mayor parte de las parejas, el hecho no supone motivo alguno de suspicacia: es el caso de la que forman los protagonistas, el doctor Gordon Zellaby (George Sanders ) y su esposa Anthea (Barbara Shelley), que celebran la noticia con la alegría que cabe suponer a un matrimonio bien avenido y predispuesto a tener descendencia. Pero entre las mujeres embarazadas hay también alguna que no ha conocido varón y alguna otra cuyo marido lleva un año fuera de casa.

Una impactante escena de la película.

Una impactante escena de la película.

Cabe destacar el notable distanciamiento, verdaderamente flemático, con el que la película registra el impacto de estos embarazos inesperados. No ha ocurrido así en otras regiones del mundo: como se informará más adelante, acontecimientos parecidos han tenido lugar en el Polo, en Australia o en Asia central, y en casi todos esos lugares –con una sola excepción: cierto remoto punto de la Unión Soviética– la reacción ha sido la misma: los nacidos de esos embarazos anómalos han sido exterminados, así como sus madres. Tal cosa, por supuesto, no puede ocurrir en la flemática Inglaterra. Pronto los disgustados padres parecerán convencidos de que los inexplicables embarazos son fruto de un azar que no compromete su confianza en sus esposas o sus valores morales.  Pronto sabremos también que, entre las autoridades que observan esta curiosa concatenación de hechos extraordinarios, hay algún experto que no se recata en postular que el desvanecimiento colectivo, los embarazos y las singulares características de los niños nacidos de los mismos pueden ser el resultado de algún tipo de influjo venido del espacio exterior. Pero cabe también suponer, como sostiene el doctor Zellaby, que estos hechos sean los primeros pasos de una mutación de la especie, el surgimiento de un nuevo tipo de inteligencia colectiva, “como la de las abejas o las hormigas” –así lo hacen pensar algunas singularidades del comportamiento de estos niños– e incluso puede que el inicio de un tiempo mejor, en el que queden superados los viejos conflictos que han atenazado a la humanidad desde sus orígenes.

De lo que los habitantes de Midwich no parecen percatarse es de que están asistiendo a la puesta en escena de un viejo mito que atañe incluso a la raíz de sus propias creencias religiosas: el alumbramiento, sin intervención de varón, de una estirpe sobrehumana, destinada a cambiar la suerte de los habitantes de la tierra. La cómica reacción de desconcierto y desconfianza de los varones del lugar es la que los evangelios atribuyen al atribulado José, de quien sabemos que quiso repudiar a su mujer inexplicablemente encinta. Ya hemos visto cómo el cientifismo de la época convierte este hecho sobrenatural en un indicio inquietante. Las vírgenes de Midwich, si es que las podemos llamar así, no son, al parecer, sino el vehículo mediante el cual una siniestra inteligencia extraterrestre pretende hacerse con el control del planeta.

Barbara Shelley en un afiche de 'El pueblo de los malditos'.

Barbara Shelley en un afiche de ‘El pueblo de los malditos’.

Vista con ojos de hoy, la película sigue siendo perturbadora. Su ambientación recuerda, curiosamente, los entornos de clase media suburbana en los que transcurrirían muy poco después las tramas sicalípticas de Joseph W. Sarno, “el Ingmar Bergman de la pornografía”, y también un atento observador del impacto de la nueva permisividad en ambientes que no habían perdido su textura social esencialmente conservadora. Sarno parecía consciente de que la nueva permisividad no conducía al paraíso de amor libre y sexualidad liberada que había anunciado Wilhelm Reich y popularizado los eslóganes del movimiento hippie. Como los habitantes de Midwich, sobrecogidos ante el hecho de haberse convertidos, de la noche a la mañana, en progenitores colectivos de una extraña progenie comunal, y obligados a superar sus resquemores al respecto, los burgueses transgresores de las películas de Sarno apenas van más allá del estadio en el que la nueva realidad de la promiscuidad sexual tolerada y posible no es sino un motivo de perplejidad. Significativamente, la protagonista femenina de El pueblo de los malditos es Barbara Shelley, una espectacular modelo que ya había protagonizado algún péplum y estaba llamada a encarnar a un sinfín de voluptuosas mujeres-vampiro en las producciones de la Hammer. Shelley y su marido anticipan el tipo de pareja curiosa, abierta a la novedad y la experimentación, que protagonizará las comedias sexuales de los lustros siguientes. En El pueblo de los malditos se limitan a irradiar su atractivo –así como su notable indiferencia hacia el dudoso origen de su propia descendencia– sobre la atribulada comunidad, hasta el punto que, en algún momento, se puede pensar que los siniestros niños clonados nacidos de los embarazos simultáneos son todos, de alguna manera, fruto de esa especial actitud condescendiente. Sanders es el único habitante del pueblo, por otra parte, con una mente lo suficientemente poderosa como para oponer una barrera a la capacidad de los niños para leer el pensamiento ajeno. En la URSS, nos informa la película, las autoridades han tenido que utilizar un proyectil atómico para destruir su propia colonia de niños amenazadores: ninguna otra táctica habría dado resultado. En la plácida y tolerante Inglaterra, un científico retirado, bien pertrechado en los hábitos de lo que parece una placentera privacidad sin remordimientos, se bastará para oponer su bien entrenada inteligencia a los poderes sobrehumanos de una raza extraterrestre. La metáfora es obvia.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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1 Comentario

  1. María Jesús Ruiz

    Me encanta esa peli, tan deliciosamente pro-abortista… Hay un romance tradicional titulado “Los celos de San José” que trae a colación el mito de la concepción virginal del que hablas: “A las idas y venidas San José hizo reparo / que la saya de María se le iba levantando: / -¿Qué es esto que veo?, ¡mi Dios, ay de mí!, / mi esposa preñada, yo quiero morir.– / Trató el santo de observarla por no sufrir su deshonra. / Se ha sentado a descansar y ha recogido su ropa…” Magnífico artículo, gracias

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