La muerte prematura e inesperada hace unos días de la arquitecta Zaha Hadid ha sacudido los círculos del arte contemporáneo, y especialmente de la arquitectura, con una fuerza inusitada, la que está reservada únicamente a los grandes genios, como lo fue ella. Basta hacer un recorrido por algunos de los edificios emblemáticos que levantó, como el Palacio de la Ópera de Cardiff, en Gales; el de Guangzhou, en China; el Centro Acuático de Londres; o el Centro Cultural Heydar Aliyev, en Bakú, por citar tan solo algunos, para comprobar, tanto la audacia, atrevimiento y creatividad de sus formas ingrávidas y arriesgadas, como la proyección internacional de su trabajo, repartido en los cinco continentes. Un trabajo reconocido por la concesión de prestigiosos honores internacionales, entre los que destacan la concesión del Premio Pritzker en 2004, considerado como el Nobel de la Arquitectura, siendo la primera mujer en conseguirlo, o más recientemente, en febrero de este mismo año, la medalla de oro del Real Instituto de Arquitectos Británicos (RIBA).
Sin embargo, no es de Zaha Hadid de quien quiero hablar hoy aquí, tiempo habrá seguramente de hacerlo en otro momento, sino de algo que tiene que ver con su condición de mujer y arquitecta. Durante la ceremonia de entrega del premio del RIBA declaró que “actualmente podemos ver mujeres que se han establecido como arquitectas, pero eso no quiere decir que sea fácil. En ocasiones es un reto inmenso”. No era la primera vez que se pronunciaba en ese sentido, ya anteriormente había sido más explícita incluso, al declarar abiertamente que el principal obstáculo de su carrera había sido, no el racismo como algunos pudieran pensar por su origen iraquí, sino “el hecho de ser mujer”. Un camino plagado de dificultades y obstáculos por el que ya habían caminado otras mujeres antes de ella, como Marion Mahony Griffin, que obtuvo el título de arquitectura en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachussets en 1894. Fue una de las primeras mujeres en hacerlo y, a pesar de ejercer una influencia decisiva en la etapa de las prairie houses de Frank Lloyd Wright, que la tenía contratada en su estudio, no aparece acreditada en ninguno de esos trabajos. Luego se casó con el también arquitecto Walter Burley Griffin, y juntos diseñaron el plan urbanístico de Canberra. Casi peor fue lo que pasó con Denise Scott Brown, casada con el famoso arquitecto Robert Venturi, ganador del Pritzker en 1991, y pese a que este reconoció que sus trabajos estaban realizados por ambos al cincuenta por ciento no obtuvo ningún tipo de reconocimiento por el jurado del premio.

Lo más sorprendente es que tanto estos y otros casos, como las palabras de Zaha Hadid, pronunciadas ya en el siglo XXI, las hubieran podido formular igualmente otras muchas mujeres que a lo largo de la historia se entregaron con pasión al arte y que a cambio recibieron como único pago el olvido de su obra, el destierro de su nombre de museos y libros de arte, o el peor de los insultos, la atribución de su obra a otros artistas, varones naturalmente. Pienso, por ejemplo, en Sofonisba Anguissola, la pintora italiana que Felipe II trajo a la corte como dama de compañía de su jovencísima esposa Margarita de Valois, cuyos cuadros han sido atribuidos a pintores de la talla de Tiziano, El Greco, Bronzino o Antonio Moro, lo que constituye ya en sí mismo una muestra del enorme talento de sus pinceles. Pero si difícil lo tuvieron pintoras y escultoras, más difícil si cabe lo tuvieron las arquitectas, porque la arquitectura ha sido tradicionalmente un terreno exclusivamente masculino.
El primer nombre que conocemos de una mujer entregada a la construcción de edificios es el de Sabine de Pierrefonds, hija de Hervé de Pierrefonds, más conocido por su nombre germánico de Erwin de Steinbach, el arquitecto que trabajó en la construcción de la catedral gótica de Estrasburgo. De ella se dice que tuvo su propio taller y participó en la construcción de las catedrales de Amiens y París, sin embargo, su figura está a medio camino entre la historia y la leyenda.

Hemos de esperar al siglo XVII para encontrar y documentar la primera mujer arquitecta de la historia, la italiana Plautilla Bricci. Plautilla Bricci (1616-1690) nació en Roma en el seno de una familia de artistas, lo que favoreció que recibiera una educación poco convencional para una mujer de su época. Su padre fue Giovanni Bricci, un destacado pintor y músico que se formó en el círculo del Cavalier d’Arpino, llegó a ingresar en la Accademia di San Luca y gozó de una cierta fama y reconocimiento en la Roma del barroco. También su hermano Basilio Bricci ejerció de pintor y arquitecto, como ella misma, y se convirtió en el escudo bajo el que poder ejercer su profesión, figurando aquel como el ejecutor del trabajo que en realidad correspondía a ella. Esto explica que no conozcamos apenas trabajos suyos y ninguna obra documentada de Plautilla hasta el año 1663, cuando se encontraba próxima a la cincuentena. Es entonces cuando recibe el encargo por parte de Monseñor Elpidio Benedetti, un agente del cardenal Mazarino en Roma, de la desaparecida Villa Benedetti, cerca de Porta San Pancrazio, en la colina del Gianicolo. Benedetti debió sentirse contento y orgulloso del trabajo, porque en 1677 publicó bajo el seudónimo de Mateo Mayer una especie de guía turística de la villa en la que describía los atractivos del edificio, aunque atribuyendo a Plautilla únicamente la responsabilidad de la decoración pictórica, con numerosas alegorías y temas religiosos, y en la que también participaron artistas destacados como Pietro da Cortona, Francesco Allegrini y Gian Francesco Grimaldi. La obra arquitectónica, quizá avergonzado por reconocer que su mansión la hubiese construido una mujer, la atribuye a su hermano Basilio y constituye una clara demostración de los prejuicios de la época. Sin embargo, como ha demostrado Consuelo Lollobrigida, tanto los contratos de construcción, como los pagos y los dibujos preparatorios dejan claro que fue ella la única responsable del diseño, con poca o ninguna aportación de Basilio.
Desgraciadamente, como otras villas de la zona del Gianicolo, fue prácticamente destruida en 1849 al encontrarse en el centro de la batalla entre las tropas de Garibaldi y los franceses que habían acudido en defensa del Papa, expulsado de Roma por la República italiana durante el proceso que condujo a la unificación de Italia. Ese es el motivo por el que únicamente conocemos este trabajo de Plautilla por grabados y descripciones y los escasos restos que se conservan. El aspecto de la villa recordaba al de un barco en el mar, por lo que pronto fue conocida popularmente como “Il Vascello” (el buque) lo que algunos historiadores interpretan como una representación simbólica de la iglesia, identificada tradicionalmente como una barca. En cualquier caso, su arquitectura era muy original, con galerías abiertas a distintas alturas y el uso de un basamento que simulaba rocas, lo que le aporta un sentido teatral y robusto, en un momento en que el Barroco romano caminaba por la senda del clasicismo.

La iglesia romana de San Luis de los Franceses es célebre por las pinturas de Caravaggio que alberga en su interior, pero no es ese su único tesoro. Allí encontramos también la Capilla de San Luis, rey de Francia, la segunda obra documentada de Plautilla Bricci, una joya del barroco romano que llama su atención por la riqueza ornamental y la elegancia del trazo, y que hacen de ella uno de los espacios más ricos y suntuosos de este importante templo. En ella se celebraron en 1666 los servicios fúnebres de la reina Ana de Austria, y para entonces se habría terminado parte de la decoración. Los trabajos se reanudaron a partir de 1672 y concluyeron en 1680, cuando fue oficialmente inaugurada.
A partir de entonces la pista de Plautilla Bricci se hace más difusa. Algunos autores la relacionan con el Palacio Testa-Piccolomini, en la Via della Dataria, aunque su aspecto actual se debe a una reforma posterior de Filippo Barigioni en el siglo XVIII; y se menciona también su nombre en el testamento de Jacopo Albano Ghibessio, un profesor romano de la Sapienza, como autora de las pinturas de dos puertas diseñadas por Pietro da Cortona. Durante un tiempo nuestra artista residió en el Trastevere romano, en una casa propiedad de su antiguo patrono Monseñor Elpidio Benedetti, quien le cedió en 1677 el usufructo de una casa de su propiedad en el camino que conducía a San Francisco a Ripa, y que volvió a renovar en 1690 en su testamento, aunque según algunos autores pudo pasar los últimos años de su vida en un convento.
Después de ella no volvemos a tener noticias hasta el siglo XIX de otras mujeres arquitectas, aunque seguro que debió haberlas, como demuestra el reciente descubrimiento de Elisabeth Wilbraham (1632-1705), contemporánea de Plautilla Bricci. Casada con un aristócrata británico, se piensa que pudo ejercer la arquitectura a través de otros arquitectos. El historiador John Millar le atribuye la autoría, nada menos, que de dieciocho de las cincuenta y una iglesias que construyó Christopher Wren en Londres después del pavoroso incendio de 1666. Es más, sugiere incluso que pudo ser ella una especie de tutora de Wren, considerado como uno de los arquitectos más importantes de la historia de Inglaterra.

