En la tabla central de El carro de heno de El Bosco una serie de figuras híbridas arrastran el carro hacia el infierno. Estos hombres mitad leones, mitad perros o mitad osos representan en el cuadro la lujuria, la avaricia, la brutalidad y diversos pecados sociales, y su presencia era habitual en los primitivos desfiles carnavalescos, en los que la voluntad primordial de invertir el orden de la naturaleza se mostraba así.
La animalización del ser humano como motivo de carnaval –presente hoy en la ritualidad carnavalesca de muchos territorios– ha tenido una supervivencia peculiar en el caso de uno de los personajes de El carro de heno, el hombre-pez, encarnación mitológica de lo terrible y perverso de lo acuático, y naturalmente vinculado a las sirenas y sus connotaciones lujuriosas.
La iconografía del hombre-pez en la órbita del carnaval ha derivado en el secular y festivo Entierro de la sardina, que ya Goya pintara ilustrando la celebración principal del Miércoles de Ceniza, es decir, el simbólico fin del mundo al revés y de la transgresión y el comienzo de la Cuaresma. Pero el pez carnavalesco de El carro de heno ha tenido también una supervivencia más oculta en algunas retahílas y canciones infantiles, ésas que hablan del Pez pecigaña, convertido en nuestra memoria lúdica en Pipirigaña o Pipirigallo.

La retahíla para jugar con las manos o sortear a los participantes del juego dice más o menos así: “Pipirigaña / mata la araña, / un cochinito / bien peladito. / ¿Quién lo peló? / La pícara vieja que está en el rincón / comiendo gazpacho con un cucharón”. De su existencia tenemos testimonios desde el siglo XVII. Quevedo lo menciona en El Buscón (1626) diciendo que “si se jugaba algún juego era siempre el de pizpirigaña por ser cosa de mostrar las manos”; y el Diccionario de Autoridades (1726-1739) define la voz «Pizpirigaña« como “juego con que se divierten los muchachos porque lo hacen diciendo ciertas palabras y dándose pellizcos en las manos”.
Como tantas otras piezas poéticas de la tradición oral infantil, la retahíla de Pipirigaña guarda bajo su aparente sinsentido algunos de los significados e imágenes más ancestrales, perdidos ya en el mundo adulto y subordinados en el mundo de los niños al juego de la rima.
El protagonista de la retahíla, Pipirigaña, ejecuta el gesto de “matar una araña”, burla de la heroicidad caballeresca habitual en los antiguos desfiles carnavalescos, de los que también hemos heredado la figura similar del Sastrecillo valiente, ése que mató “siete (moscas) de un golpe”, alcanzando así fama y gloria eternas. Formando parte de la misma comitiva aparece “un cochinito bien peladito”, más que evocador de otra de las figuras centrales de las carnestolendas medievales, el hombre-cerdo, ataviado siempre de una calvicie simulada de la que colgaban unos pocos pelos, los cuales, a su paso, iba arrancando la chiquillería como chanza y jolgorio. Completando la escena, “la pícara vieja que está en el rincón”, a la que presentimos luctuosa, malhumorada y ajena a la alegría del desfile, no puede ser otra que Doña Cuaresma, que espera paciente a que acabe el desorden festivo y dé comienzo su tiempo de tristeza.
Tenemos pues en nuestra memoria y en nuestra palabra el don del Carnaval y esas cabalgatas ostentosas, ruidosas e institucionalizadas nos lo van mermando, nos quitan del desfile, no nos dejan tirar del carro de heno y –como Doña Cuaresma– aguardan pacientemente a que se nos hiele la risa.

