Un palacio italiano en La Mancha

En la mañana del 7 de octubre de 1571, todo estaba dispuesto en las aguas azules del golfo de Lepanto para “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, como recordaba orgulloso Cervantes. Hasta aquel lugar del Mediterráneo había llegado la flota de la Santa Liga bajo el mando de don Juan de Austria, decidida a aniquilar a la temible armada turca. La suerte del combate cayó aquel día del lado de la Cristiandad y el Mediterráneo quedaría a salvo de la amenaza de los otomanos.

Las galeras romanas y venecianas se encontraban casi desguarnecidas de soldados y, para conseguir un mayor equilibrio y efectividad de estas pesadas embarcaciones, se pensó en cubrir las carencias con algunas de las tropas españolas que sobrecargaban otros navíos. Fue así como Cervantes y su hermano Rodrigo terminaron en la flotilla al mando del almirante genovés Juan Andrea Doria, a bordo de La Marquesa, combatiendo en primera línea y en el navío que habría de sufrir más bajas durante el combate. El escritor saldó su participación con una herida en el pecho y el disparo de arcabuz que dejó maltrecha de por vida su mano izquierda, a pesar de lo cual no puede decirse que saliera malparado del todo, a tenor de lo que cuenta de aquella jornada el padre Juan de Mariana: “Era un espectáculo miserable, vocería de todas partes, matar, seguir, quebrar, tomar y echar a fondo galeras; el mar cubierto de armas y cuerpos muertos, teñido de sangre; con el grande humo de la pólvora ni se veía sol ni luz casi, como si fuera de noche …”.

Patio del Palacio del Viso del Marqués.                                                                                                   Foto: Gonzalo Durán.

Quizá la suerte de Cervantes hubiera sido otra de haber permanecido en cualquiera de las treinta y cinco galeras dirigidas por “aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán”, como lo describe en uno de los capítulos del Quijote. Sin duda era, el mejor marino español de aquel tiempo. Dos años antes Felipe II le había concedido el título de Marqués de Santa Cruz por sus méritos militares. Fue él quien convenció al hermano del rey del audaz y arriesgado plan de combate que desarrolló la armada cristiana: buscar directamente al enemigo y combatirlo. En aquella ocasión, el marino recibió la orden de mantenerse en la retaguardia, presto a acudir allí donde fuera necesario, y desde esa posición se convirtió en el hombre clave de la batalla, salvando los momentos más críticos con sus acertadas decisiones.

El triunfo proporcionó al marqués nuevos honores, pero también importantes y cuantiosos beneficios como la encomienda de La Solana y La Alhambra, que le ayudarían a sufragar los considerables gastos del palacio que había comenzado a construirse en El Viso, en la llanura manchega más próxima a las estribaciones de Sierra Morena. Años después, cerca de aquel palacio de inspiración italiana y, particularmente genovesa, pasarían en sus andanzas el Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero, que pensó “esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase”.

Qué duda cabe que la construcción de todo palacio es una forma de ostentación, de exhibición del poder político o de la opulencia económica de las élites, de hecho ningún otro edificio es capaz de expresar visualmente mejor la idea de magnificencia. Esa idea no cambia a lo largo de la historia. Lo que sí cambia es la manera de hacerlo. En el barroco, por ejemplo, la soberbia de reyes y aristócratas no parece conocer límites, y asistimos así a un despliegue de lujo y fastuosidad casi obsceno, ante los ojos de las sufridas clases populares. En el Renacimiento, en cambio, con sus formas serenas y elegantes, por lo general, esa exhibición es más contenida, más pudorosa podríamos decir. Así se percibe a través de la presentación del palacio, es decir, de su fachada, ya que como advertía L. B. Alberti, “los ornamentos de las casas de la ciudad deben presentar un aspecto mucho más sobrio que el de las villas”. La magnificencia en ese caso vendría de la mano de la grandiosidad de la fábrica, el lujo quedaba reservado para el interior, donde no alcanzaban las miradas indiscretas del pueblo, y se desplegaba al traspasar el umbral, en el mismo patio, auténtica contrafachada del palacio. En realidad, constituía otra forma de reafirmar la autoridad del propietario, es el quién decide qué espacios permiten verse y cuáles no.

Hércules y Neso en la escalera Palacio del Viso.

Esa idea de palacio, discreta hacia fuera y deslumbrante hacia dentro, adquiere naturaleza plena en el Palacio del Marqués de Santa Cruz, levantado sobre la antigua casa de encomienda que tenía en la villa la Orden de Calatrava, situada junto a la iglesia del pueblo. Las paredes que vemos hoy como fachada, extremadamente austeras y desnudas, pocos cambios debieron sufrir. El Marqués encarga la traza del palacio a un afamado arquitecto de su tiempo, Giovanni Battista Castello, llamado el Bergamasco, a quien hizo venir desde Génova para dar comienzo a las obras en 1566. Poco después lo reclamó Felipe II para la construcción de la escalera de El Escorial, y las obras del palacio de El Viso quedan a cargo de sus ayudantes, Andrea Roderio, como maestro mayor de la obra, y Giovanni Battista Perolli que dirigirá el riquísimo programa pictórico del palacio, en el que se alternan las pinturas de temática mitológica e histórica, y cuyo eje central no es otro que ensalzar la figura de D. Álvaro de Bazán. No era la primera vez que Perolli debía ocuparse de finalizar un proyecto iniciado por el Bergamasco. Entre ambos existió siempre una estrecha relación, tanto profesional como personal, que arranca desde su juventud en Crema, en la región de Lombardía, de la que ambos eran originarios, y que se prolongó en Génova, donde adquirieron una merecida fama, y que habría de continuar en España.

En El Viso, el refinamiento y lujo del palacio nos recibe ya en el mismo zaguán, cuyos techos están decorados con frescos que representan a Neptuno rodeado de episodios de la vida de Perseo, y alegorías relacionadas con la guerra y la paz. Son la antesala del grandioso patio ligeramente rectangular, rodeado de arcadas de medio punto en dos alturas. Siguiendo el gusto manierista presente en todos los detalles del edificio, en lugar de columnas, los arcos descansan sobre pilastras de orden toscano en el cuerpo inferior y dórico en el superior, lo que le proporciona un aspecto suntuoso y elegante, pero algo más pesado que el de los palacios italianos del clasicismo. Las bóvedas de las galerías están decoradas con pinturas en las que se narran algunas de las campañas militares en las que el Marqués participó, como Ceuta, Tánger, Navarino y otras.

Escalera del palacio.                                                                                               Foto: Gonzalo Durán.

La mayoría de los tratados de arquitectura coinciden al afirmar que la escalera constituye un elemento clave de la arquitectura palaciega para expresar la idea de magnificencia. Deja de ser un simple elemento de paso para convertirse en una sutil frontera que permite el acceso al piano nobile, a los ambientes más íntimos y monumentales, de ahí la importancia que se concede a la disposición de los tramos, la altura de los escalones y la decoración de los rellanos con estatuas y pinturas. La escalera del Palacio del Viso, con sus cinco tramos, se ajusta a esa cuidada escenografía del poder incorporando toda la ostentación y el énfasis del lujo que ponen de manifiesto las ambiciones del propietario. No es casualidad que el Marqués se haga retratar como Marte y a su padre como Neptuno en las esculturas de las hornacinas. Es del tipo imperial, es decir, con un tramo central, descansillos y tramos laterales en dirección contraria; y de caja cerrada, siguiendo el modelo italiano. Sobre sus bóvedas podemos ver frescos donde se narran escenas mitológicas como las hazañas de Hércules y las historias de Rómulo, Neptuno con ninfas y tritones, así como otras imágenes alegóricas.

El piso superior constituye el auténtico corazón del palacio. La sucesión de salas en torno al hermoso corredor embellecido con pinturas en las bóvedas seducen por su elegancia y luminosidad. Eran los espacios donde más se cuidaba la decoración, donde no faltaban los tapices ni las espléndidas chimeneas que proporcionaban calidez y suntuosidad. Es también el lugar elegido por el Marqués para representar en los frescos las grandes gestas militares en las que participó combatiendo a los turcos en el Mediterráneo y vistas de diferentes ciudades como Roma, Venecia, Milán y Mesina, aliadas de la monarquía española. Entre ellas ocuparía un lugar destacado la batalla de Lepanto, en el Salón de Honor, pero la pintura debió perderse cuando se derrumbó el techo por el terremoto de Lisboa de 1755. Además de estas escenas históricas, a lo largo de las dependencias se suceden las pinturas de Perolli y sus ayudantes en las que podemos ver retratos del linaje del Marqués, escenas mitológicas como el rapto de Proserpina, el episodio en el que Hera convierte a Argos en un pavo, los dioses en el Olimpo, y finalmente, tampoco faltan en otras las escenas bíblicas de Moisés, David, Judith y Holofernes, el sacrificio de Jacob, y alguna más.
En el espacio central sobre la escalera, entre los dos tramos que ascienden al piano nobile encontramos la capilla, una estancia obligatoria en los palacios españoles, y que como lugar prominente del mismo alberga los frescos y estucos de mayor calidad del palacio.

Galería superior.                                                                                                        Foto: Gonzalo Durán.

Además de la riqueza de la decoración, Perolli también pone de relieve su habilidad como escenógrafo recurriendo al uso del trompe l’oeil para conseguir los buscados efectos de ilusionismo, no sólo en el Salón de Honor sino también en otros lugares. Las paredes se cubren de arquitecturas fingidas que crean la ilusión de un balcón que asoma a imaginarios paisajes, que recuerdan a las que hiciera Baldasare Peruzzi para el banquero Chigi en la Villa Farnesina de Roma. Por todo ello, el programa pictórico desarrollado por Perolli y el equipo de pintores manieristas llegados de Italia con él, aunque es algo irregular en cuanto a calidad, era algo inédito hasta entonces en España y su importancia, como señala Rosa López Torrijos, solo es equiparable a la de San Lorenzo del Escorial, lo que hacen de él uno de los más importantes del renacimiento español.

Imagen de portada: Fachada del Palacio del Viso del Marqués.
Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *