El oratorio del Caballero de Gracia, neoclasicismo en la Gran Vía madrileña

Hubo un tiempo en que Madrid soñó con ser Nueva York. Eso escuché decir a alguien en una ocasión —o quizá lo leí, no lo recuerdo bien—, refiriéndose a la construcción de la Gran Vía madrileña, esa gran arteria que permite estudiar, y sobre todo contemplar, como pocos lugares, la evolución de la arquitectura española durante los primeros cincuenta años del siglo XX. A lo largo de ella dejaron su huella en forma de edificios, Modesto López Otero, Teodoro Anasagasti, Pedro Muguruza, Antonio Palacios, Vicente Eced, Secundino Zuazo, … y así podríamos ir desgranando, uno tras otro, los nombres de los más ilustres arquitectos españoles de aquel período. En sus tres tramos, la Gran Vía muestra el discurrir de la arquitectura por los regionalismos, historicismos, eclecticismos, hasta llegar al racionalismo y los incipientes rascacielos, formulados en las nuevas tipologías arquitectónicas que requieren los nuevos tiempos: cines, grandes almacenes, edificios de telecomunicaciones, hoteles, bares, etcétera. Prácticamente todas las tendencias arquitectónicas de la primera mitad del XX están presentes en la Gran Vía. Por eso sorprende encontrar en este casi santuario de la modernidad, como una rara avis de otros tiempos, un magnífico ejemplo de la arquitectura neoclásica de Juan de Villanueva, el Oratorio del Caballero de Gracia, uno de los pocos edificios que logró esquivar la piqueta con la que Alfonso XIII puso en marcha, en 1910, las obras de la Gran Vía.

Para rastrear los orígenes de este templo hay que remontarse hasta 1609, cuando el sacerdote italiano Jacobo de Gratti (de donde procede el nombre de Caballero de Gracia), natural de Módena, fundó, a sus noventa y dos años, una congregación religiosa que llamó Congregación de Esclavos del Santísimo. Antes de profesar los votos, este noble italiano había ejercido como diplomático y consejero pontificio, y destacó como intérprete en el Concilio de Trento. La leyenda sobre su vida quiere hacernos creer que llevó durante mucho tiempo una vida de auténtico libertino, y que, arrepentido de sus pecados, se refugió en brazos de la religión.

Oratorio del Caballero de Gracia en la Gran Vía madrileña.

En 1789 el gran arquitecto Juan de Villanueva, el mejor representante del neoclasicismo español, recibió el encargo de proyectar la reforma del antiguo oratorio, erigido en 1654. Villanueva aprovechó la ocasión para proponer a la Congregación dos proyectos, uno de reforma y otro para levantar un templo de nueva planta, que fue lo que finalmente decidió hacerse, a pesar de la cuantiosa suma que habría que desembolsar para ello. Los problemas presupuestarios fueron una de las razones fundamentales por las que las obras se demoraron hasta 1795.

Este pequeño templo nos proporciona la oportunidad de admirar la única basílica construida de las cinco que Villanueva proyectó a lo largo de su carrera, por lo que también en este sentido, constituye una rareza. La gran dificultad a la que hubo de enfrentarse fue la estrechez de la parcela, que imponía unas fuertes limitaciones a un proyecto de tipo basilical como el que pretendía realizar. Sin embargo, con su inteligencia habitual, Villanueva sorteó todos los obstáculos, jugando para ello con los efectos de perspectiva. La solución le vino dada por una de sus grandes pasiones, el uso de las columnas, que en el Oratorio alcanzan un protagonismo como en ninguno de sus otros edificios. Resulta admirable el conjunto logrado por las catorce grandes columnas corintias, con fustes de granito de una sola pieza, que delimitan el espacio de la nave central. Jugando con la distancia entre unas y otras, y aproximándolas a los muros laterales hasta límites insospechados, reduciendo las naves laterales hasta convertirlas en estrechos pasillos, consigue crear la ilusión de un espacio mucho más amplio y grandioso de lo que es en realidad. Es probable que Villanueva se inspirase para lograr esta solución, en la Scala Regia de Bernini, que tuvo ocasión de conocer durante su estancia en Roma becado por la Academia de Bellas Artes.

Pero Villanueva no solo fue capaz de crear una basílica de tres naves, sino además dotarla de un aparente crucero con cúpula sobre pechinas, lo que, aunque no encajaba bien dentro del espíritu purista del clasicismo del arquitecto, se convirtió en un acierto. En este último punto había insistido mucho la Congregación, que deseaba una iglesia con cúpula, como la de tantas iglesias madrileñas de la época. Para conseguirlo, Villanueva interrumpió la bóveda de cañón con casetones de la nave central antes del ábside, y adelgaza ligeramente los muros laterales en ese tramo retranqueándolos. El resultado es un crucero más simulado que real, pero que gracias a la cúpula, permite subrayar ese efecto, al tiempo que proyectar una luz que amplía el espacio interior, y provoca la impresión, en un primer golpe de vista, de estar en una basílica cristiana de la época romana.

Interior del oratorio del Caballero de Gracia.

La obra del Oratorio estuvo salpicado de numerosos desencuentros entre la Congregación y Villanueva, la mayoría de ellos  por las demoras en la construcción. El asunto alcanzó su máxima tensión en 1794, cuando una modificación en unas cornisas y el encarecimiento por la decoración de unos capiteles, la  intransigencia de Villanueva y el cansancio de los religiosos, llevó al despido del arquitecto, cuando aún quedaban por realizar parte de la decoración interior, la zona del coro y la fachada a la calle del Caballero de Gracia. Las obras del interior fueron continuadas por Pedro Arnal, que introdujo algunas pequeñas modificaciones que no alteran la obra de Villanueva; en cuanto a la fachada, que no pudo concluirse por motivos económicos hasta 1831, es obra de Custodio Teodoro Moreno, que siguió un esquema bastante parecido, aunque no exactamente igual, al que había proyectado originalmente Villanueva. Hoy, como en tiempos de Galdós, se sigue pidiendo limosna a los pies de su escalera.

Como decíamos al principio, el templo se salvó milagrosamente de los derribos para la construcción  de la Gran Vía, aunque sufrió la mutilación en su cabecera, desapareciendo la sacristía, la sala de juntas y las viviendas de los sacerdotes, que daban a la entonces calle de San Miguel. Esta fachada que es la que da a la Gran Vía, se rehízo recientemente por el arquitecto Javier Feduchi Benlliure entre 1989 y 1990, levantando un arco sobre el ábside, dejando éste y la cúpula al descubierto, y mejorando sensiblemente su integración con el entorno actual de la calle.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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