Oralidad e identidad

Una de las cosas que más echo en falta de los años de investigación durante la preparación de mi tesis doctoral, son los fines de semana en los que, grabadora en mano, me iba a cualquier punto de la provincia a entrevistar a los pocos supervivientes de la guerra y la posguerra que iban quedando, ellos o sus frágiles memorias.

De esa época guardo una profunda admiración por la historia oral; cuatro libros que supusieron un descubrimiento luminoso para mi formación: El silencio roto de Fernanda Romeu Alfaro; Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la Guerra Civil de Ronald Fraser; La voz del pasado de Paul Thompson y La palabra de las mujeres. Una propuesta didáctica para hacer historia de María del Carmen García-Nieto y decenas de cintas grabadas de las que aún no estoy preparada para desprenderme porque representan la historia viva contada a través de voces, al principio desconocidas, luego familiares y queridas, que pusieron color y dolor a los recuerdos. Reconectar, tantos años después, con el eco amortiguado de esas vidas que no pudieron ser y el sufrimiento por las que sí fueron —vidas plagadas de lucha, de estigmas, de caídas, de heroicidades y de pérdidas—, refuerza mi creencia en el inestimable valor de las fuentes orales para arrojar luz sobre aquellos aspectos que la historia oficial no recoge y dar voz a aquellos colectivos minoritarios o marginados que nunca la tuvieron.

Las fuentes orales ofrecen un caudal de posibilidades inmensas para recuperar el pasado y hacer historia sobre el presente. Como dicen Liliana Barela, Mercedes Miguez y Luis García Condetiempo en su libro Algunos apuntes sobre historia oral: “Esta tiene la ventaja de registrar una historia donde lo humano está presente en toda su complejidad. Hay toda una sensibilidad del momento, una conciencia particular que se perdería si la historia se escribiese un siglo después”. Ese es el peligro; perder el matiz de ese hecho histórico, perder la voz y la memoria, siempre en peligro de fuga, y con ellas la capacidad de recuperar esa parte de la  historia social que no está en los libros.

Y si hay un colectivo que apenas está en los libros, ese es el de las mujeres. Recién empezamos a ajustar cuentas, un ajuste que ahora algunos pretenden parar en seco, pero llevamos demasiado retraso. Las mujeres siempre hemos sido contadoras de historias. Nos ha gustado contar, pero ahora se impone superar el verbo como sinónimo de relatar y reivindicarlo en modo “cálculo”: no contar historias sino contar para la historia. Por desgracia, desde tiempos inmemoriales, no hay conciencia de que las mujeres hubieran hecho algo digno de recordar. Parir, cuidar del hogar, desempeñar trabajos mal pagados y peor reconocidos no era nada reseñable para la historia. Pero ha sido nuestra historia.  Y eso hay que contarlo. Hay que reequilibrar las cuentas. Y ese acto de justicia, y de salubridad social, pasa por una apuesta decidida para rescatar la historia en femenino a través de los testimonios orales.

La trasmisión oral ha sido, desde siempre, el medio a través del cual las mujeres han transmitido su legado y sus valores generación tras generación. Las mujeres siempre hemos sido contadora de historias, pero esta historia ha quedado entre las cuatro paredes del gineceo, oculta, invisible, susurrada… De ahí que sienta debilidad por rescatar la memoria de las mujeres invisibles e invisibilizadas. Es hora de darle la vuelta a esta realidad, de sacar a la luz esas historias y decir: ellas fueron. Esta es su historia y, en parte, la nuestra.

Cada vez son más mujeres, y algunos hombres, las que intentan poner de manifiesto la fuerza individual y colectiva de las mujeres. Y para ello, la oralidad es una potente herramienta. Sin entrar en la subjetividad que todo testimonio oral encierra —somos lo que recordamos y recordamos lo que nos ha emocionado—, el mismo sirve, de un lado, para tomar conciencia de identidad y, de otro, para conocer las condiciones materiales de existencia, las mentalidades y los valores de toda una época… Urge recuperar esa memoria. Como dice el profesor Reyes Mate: “Solo si se pasa de una concepción de la historia como ciencia a otra de la historia como recuerdo, solo entonces se puede salvar del olvido el pasado”.

Salvemos del olvido a nuestras mujeres. Construyamos una identidad en la que reconocernos con orgullo. Porque ellas nos fueron, hoy somos.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por la UCA y Máster en Resolución de Conflictos y Mediación por la UOC. Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' y 'Viaje al centro de mis mujeres' Colaboradora de la plataforma Woman Soul's y articulista en La Voz del Sur.

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2 Comentarios

  1. Alicia Domínguez

    Gracias, María Jesús. Tranquila, que cuando hablo de desprenderme de ellas, me refiero a donarlas a alguna institución. Jamás podría destruirlas; son años de vida. Un abrazo, hermosa.

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  2. María Jesús Ruiz

    Estupendo artículo, Alicia. Muchas gracias. Y, por favor, no te desprendas de esas cintas, actualmente ya hay archivos digitales en los que podrías preservar ese valiosísimo material.

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