Pasen y vean

Desde el siglo XV, y de forma muy activa hasta el XVIII, las imprentas europeas sacaron a la luz miles de relaciones de sucesos que satisfacían la curiosidad noticiosa de hombres y mujeres, letrados e iletrados, ricos y pobres, paganos y devotos. Se imprimían aquellas relaciones en baratos pliegos de cordel, en hojillas volanderas que mendigos y ciegos voceaban por calles y plazas de pueblos y ciudades. Precedentes explícitos del mejor y del peor periodismo, se ocuparon aquellos pliegos, por igual, de la Guerra de los Treinta años, de la secesión de Cataluña, del terremoto ocurrido en Calabria en 1615, de apariciones milagrosas de la Virgen, del quíntuple parto portentoso de una humilde mujer o de la existencia extraordinaria de una persona con dos sexos, de un niño con dos cabezas, de otro cubierto de conchas o de otro más de fisiología híbrida, mitad hombre y mitad pez.

Desde siempre, pues, el periodismo ha buscado colmar esa doble curiosidad inherente, al parecer, a la naturaleza humana: la de índole social y política que pasa por la razón y nace de sentirse igual a los otros; y la de cariz morboso, vulgar y carroñero que encuentra en la desgracia ajena (en los otros) la diferencia que garantiza la propia y feliz normalidad.

Desde siempre también las plumas de intelectuales y liberales se han desangrado expresando los abusos del periodismo atroz. Así, por ejemplo, ya Benito Pérez Galdós se quejaba en sus crónicas, a finales del siglo XIX, de que la prensa sensacionalista de su época lo único que hacía era arrojar basura sobre la realidad y sobre la percepción de la realidad de las gentes que inocentemente consumían dicha prensa: “En cuanto se indica que tal o cual persona va a ser interrogada por el juez, los periodistas buscan su domicilio, le encuentran, se encaran con la persona, la acosan a preguntas y no vuelven a la redacción sin un caudal más o menos auténtico de noticias”.

Cuando la televisión desterró a las relaciones, a los pliegos, a los relatos noticiosos y callejeros de los ciegos y mendigos, este país siguió saciando su curiosidad oscura con barracones de feria que exhibían mujeres sin cuerpo y hombres gigantescos enfermos y mudos, así como con leyendas que hablaban de niños sepultados y de cuevas habitadas por mujeres endemoniadas. Las tradiciones españolas son persistentes. Las mentes iluminadas no cesaron, otra vez, de rasgarse las vestiduras ante semejante atraso cultural y siguieron culpando de semejantes actitudes —y llevaban razón— a la miseria y al extendido analfabetismo del pueblo.

Pero he aquí que el pueblo prosperó, que España se hizo rica y que la educación pública vino a redimir de la ignorancia a un par de generaciones. Y he aquí que ese par de generaciones consume ahora, en sus pantallones de plasma, los mismos extraordinarios y abyectos relatos que estremecieron el papel barato de las viejas relaciones de sucesos.

La periodista Ana Rosa Quintana durante el especial de Telecinco sobre el rescate de Julen Roselló

Estoy cansada de que el periodismo serio, los intelectuales tertulianos de la radio, los políticos de izquierda y la numerosa progresía nacional arremetan exclusivamente contra la carroña televisiva de Tele5 y sus iguales. Culpan a estos, únicamente, del tratamiento morboso y vergonzante que ha recibido la tragedia de Julen, el niño del pozo de Totalán. Solo culpan a estos. Y, mientras lo hacen, le dan la contraportada de El país, por ejemplo, a una Ana Rosa que titula su entrevista con soberbia “Soy un referente informativo”; o permiten que la televisión pública de Andalucía rebose por sus bordes del sentimentalismo grosero y casposo de Juan y Medio.

La televisión, efectivamente, rebosa basura, pero esa basura no la compran por dos céntimos personas analfabetas y pobres cuya única posibilidad de fantasía es el relato morboso, sino que la adquieren, por mucho dinero, profesores, empleados de banca, bibliotecarios, funcionarios, taxistas, empresarios, mujeres que salen a la calle cada 8 de marzo a reclamar respeto e igualdad, jóvenes con nivel B2 de inglés, lectores de prensa seria, ciudadanos y ciudadanas con poder adquisitivo para ir a Londres en semana santa y a la costa en verano… Es mentira que todos seamos Julen, eso ha sido un espejismo. En realidad, todos somos Ana Rosa.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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