Nos queda la palabra

Hoy me despertó el silencio, algo bastante inusual en mi casa: a diario hay tanto ruido en la avenida que, a pesar del aislamiento de las ventanas, siempre hay algunos decibelios que consiguen burlarlo.

Volví a la conciencia con una extraña sensación de estar viviendo algo ajeno, una broma pesada, una alteración incomprensible del guion. En ese estado entre el sueño y la vigilia, me vi envuelta en una enorme vaina partida por la mitad —las vainas siempre me perturbaron desde que vi la película La invasión de los ladrones de cuerpos— y yo, en el centro, desnuda, vulnerable, pequeña…

A mi lado, mi marido duerme aún. Acerco mi mano a su pecho y lo siento respirar. Tengo suerte, pienso, estamos juntos en esto. ¿Esto? ¿Qué es esto? Aún no lo sé. No creo que nadie lo sepa, nos ha cogido a todos con el pie cambiado, todavía ebrios de la falsa creencia de que lo que está ocurriendo no debía pasarnos a nosotros, tan blancos, tan europeos, tan modernos… Pero pasó, porque como decía Serrat: «De vez en cuando la vida/ nos gasta una broma/ Y nos despertamos/ sin saber que pasa/ chupando un palo sentado/ sobre una calabaza».

Y aquí sentada sobre mi calabaza, se abre camino en mi mente esta frase de Saramago incluida en su libro El cuaderno del año del Nóbel (huelga recomendar su lectura ahora porque a Saramago hay que leerlo en cualquier  momento): «Siempre estará en peligro un árbol que, en el sitio en que lo plantaron o donde nació de forma espontánea, no haya tenido la suerte de encontrar una grieta por donde introducir las radículas extremas y después forzar el espacio que necesita para sostenerse». Y me pregunto: ¿encontré yo esa grieta? Por fortuna, no tengo que pensar mucho en la respuesta: sí la encontré. Mi grieta, mi bendita grieta, la que me ha permitido forzar la estrechez de mi destino, siempre fue la palabra. Así que hoy, navegando sobre una insignificante nuez por los océanos de la incertidumbre y el miedo, solo se me ocurre dedicarle esto a mi grieta:

Cierra mis ojos,

pero déjame la palabra.

 

Llévate el azul,

pero déjame la palabra.

 

Tíñeme de nostalgia,

pero déjame la palabra.

 

Arrójame al abismo,

pero déjame la palabra.

 

Renuncio a reclamar el alba

si me dejas la palabra.

 

Acepto el gemido lento

si me dejas la palabra

 

Mansa me entrego al destino

si me dejas la palabra.

 

Moriré mil veces y mil renaceré

si me dejas la palabra.

En este tiempo de zozobra, de aislamiento, de sentir que la primavera está fuera y nuestra gente querida, dentro;  de echar de menos los abrazos, los besos, el contacto, a nuestros mayores…, más que nunca, nos queda la palabra. Hoy es nuestra mejor arma, la que más necesitamos a falta de caricias. Bendita palabra que consuela y alienta, que nos hace humanos y nos salva.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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1 Comentario

  1. María Jesús Ruiz

    Muchas gracias, Alicia… Y ole tú y tu palabra

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