En Tánger de la mano de Ángel Vázquez

Me gusta mucho el fragmento de La vida perra de Juanita Narboni, la hoy reivindicada novela de Ángel Vázquez, en el que la protagonista se siente presa de todas las miradas mientras reza a San Antonio en la iglesia de la Purísima, en la rue Es-Siaghine, o calle de los Plateros, eje de la medina de Tánger, y sale de allí sin saber qué rumbo tomar, para enfilar la calle de la Tenería y pasar por delante del cine American justo a tiempo de mezclarse con el público que aguarda a la puerta –muchos de ellos, marineros de alguna de las escuadras que atracan en el puerto– y huir de allí despavorida hacia el concurrido Zoco Chico, donde en ese momento hay un altercado entre la clientela de Casa Fuentes –lugar de encuentro de los exiliados republicanos españoles– y la del Café Central –lugar favorito de los «nacionales», que en el tiempo narrativo de la novela se han enseñoreado de la ciudad, ahora ocupada por el ejército franquista–.

Definitivamente asustada ante el panorama humano de esas calles concurridas y no siempre recomendables –“¡Cuánto pecado! ¡Dios santo, cuánto pecado!”-, Juanita ofrece una propina de cinco francos a un desocupado para que la escolte a su casa. Me agradan esas escenas de callejeo que tanta vida dan a una novela y que tan gratas son de revivir imaginativamente si uno ha tenido alguna vez la ocasión de hacer el mismo recorrido. Imagina uno al propio Ángel Vázquez sintiendo –viendo,oliendo– esas calles de su ciudad natal, que ya no volvería a pisar, mientras escribía su novela en ese Madrid donde tan mala vida tuvo, y donde murió alcoholizado y pobre en 1980, a los cincuenta años de edad.

La vida perra… fue la tercera de las tres novelas que escribió; y que, junto con un puñado de cuentos, constituyen el total de su obra literaria. Con la primera de ellas, Se enciende y se apaga una luz, ganó el premio Planeta en 1962, cuando ese premio todavía significaba algo; aunque a su autor, que no estaba hecho para medrar en el proceloso medio literario, apenas le aportó prestigio o popularidad, y sí lo situó en ese peligroso despeñadero en el que se ven a veces los escritores de obra escasa y lenta cuando se sienten obligados a vivir a la altura de un logro más o menos azaroso. En el caso de Vázquez el desenlace es conocido: sus dos novelas posteriores tuvieron una difícil andadura editorial, y la mejor, La vida perra de Juanita Narboni, el título por el que hoy se le recuerda, solo póstumamente obtuvo el reconocimiento que merece. Hay quien encuentra consuelo en estas historias de infortunio literario, tan halagadoras para muchos talentos despechados. Pero más inteligente sería, acaso, a la luz de estos ejemplos, desconfiar incluso del inane espejismo de reparación tardía que ofrecen.

Ahí están, de todos modos, para quien quiera leerlas, las tres novelas que dejó este autor. Nacido en Tánger, entre sus méritos figura el de haber hecho un hueco en la literatura española, habitualmente constreñida a los estrechos y obsesivos límites de la realidad peninsular, a esta ciudad tan literaria y cosmopolita. Y hacerlo con una maestría acaso sin parangón, porque, a la luz de lo que llevo leído sobre Tánger, ni las amaneradas novelas de Bowles ni las desgarradas de Mohamed Chukri tienen el encanto, la capacidad evocadora o el empaque de las de su más o menos coetáneo colega español, que trató a ambos y formó parte de esa particular burbuja que hoy llamaríamos “multicultural”, pero que no era más que la decantación última de una vieja tradición mediterránea de cosmopolitismo y convivencia de distintas culturas en un mismo escenario, ya fuera la Alejandría de Durrell y Cavafis, el Trieste de Joyce y Svevo o la Venecia de Mann y Pound, pongo por caso. Aunque me consta que a los desencantados del “internacionalismo” tangerino –al fin y al cabo, fruto del colonialismo– les molesta horriblemente la comparación.

Ángel Vázquez.

Pero vuelvo a Se enciende y se apaga la luz, una novela que el lector curioso podrá encontrar fácilmente por dos perras en cualquier mercadillo o librería de lance a los que hayan ido a varar los restos de cualquiera de las colecciones en las que periódicamente Planeta recoge los libros que ganaron el premio que lleva su nombre. Tánger, digámoslo ya, apenas está esbozada en esa novela; quiero decir que el autor no se esfuerza demasiado por poner en valor los réditos del exotismo de su escenario. Más allá de la atmósfera cerrada del Monte Viejo, el barrio residencial donde vivía la burguesía europea acomodada, apenas si intuimos el característico entorno natural tangerino –los pinares, las playas, las vistas al Estrecho– y algún que otro atisbo de la ciudad propiamente dicha, con las cuestas del mercado, el liceo francés, las patisseries y los restaurantes. El elemento nativo apenas comparece al fondo del cuadro, y casi siempre  en el papel de criadas, chóferes y demás, aunque en algún momento se huelen los olores característicos de un mercado norteafricano o se oyen, al anochecer, las músicas festivas del Ramadán.

Pero esta parquedad descriptiva, que convierte la ciudad en un fondo casi abstracto –a diferencia, por ejemplo, de las constantes alusiones al entorno que caracterizan La vida perra de Juanita Narboni–, no resta vida a la narración, sino que la circunscribe a un escenario muy concreto: el asfixiante mundo de una burguesía encerrada en sí misma y que, del mismo modo que se niega a cambiar al ritmo que exigen los tiempos –el presente de la novela se sitúa en 1958, dos años después de la independencia de Marruecos–, parece empeñada en consumirse en sus frustraciones, en sus anhelos infundados y en su doble moral.

En este sentido, pocas novelas españolas de esa época –y, menos, una que haya recibido un premio comercial– encierran tan transparentes referencias a la homosexualidad más o menos abierta de algunos personajes, por ejemplo, o ponen en primer plano a una amplia galería de figuras femeninas que, a pesar de todas las trabas circundantes, disponen libremente de sus sentimientos y su sexualidad. Cuando se publicó esta novela, no hay que olvidarlo, faltaban cuatro años todavía para que Juan Marsé hiciera, en Últimas tardes con Teresa, su incursión nostálgica en esos mismos ambientes enrarecidos de una burguesía en trance de ajustar cuentas con sus propios fantasmas.

Esperanza Roy en ‘Vida/Perra’ de Javier Aguirre, película basada en la novela de Ángel Vázquez.

Hay que apuntar también la excelente construcción de la novela, compuesta por escenas en aparente desorden y situadas en tiempos narrativos distintos, pero que acaban encajando a la perfección; y el delicado trazado de los personajes: desde la protagonista, Cristina –a la que adivinamos depositaria de la inteligencia herida de su autor, erigida en testigo de un mundo en descomposición, pero inextricablemente unido a una irrenunciable educación sentimental– a buena parte de la amplísima nómina de personajes secundarios, especialmente femeninos, que aportan sus historias a esta madeja de vidas cruzadas.

Vuelvo, antes de cerrar esta divagación, a las últimas páginas de La vida perra de Juanita Narboni, ese otro título imprescindible que debería figurar en cualquier lista, por restrictiva que fuera, de las mejores novelas españolas del siglo XX. Hablando un poco a la ligera, casi podría pensarse que el novelista lo tuvo fácil: una ciudad como Tánger, un registro idiomático –el español tangerino, infiltrado por la gracia y el encanto de la yaquetía o castellano de los judíos norteafricanos– que nadie se había atrevido a usar como medio literario; y un momento histórico excepcional –el correspondiente a una vida, la de la protagonista, que ha conocido el pasado de Tánger como ciudad internacional y la disolución de ese ambiguo pero prestigioso legado en la realidad del Tánger arabizado posterior a la independencia de Marruecos–. Se diría que Vázquez jugó con las mejores cartas posibles. Claro que la elección de esas cartas, y el saberlas manejar con tanta maestría, es mérito absolutamente tuyo. Como es nuestra la ceguera colectiva que ha hecho que la apreciación de esta novela fuera tardía y, aun hoy, insuficiente.

Una de las puertas de la medina de Tánger.

A Vázquez, por lo menos, no se le puede aplicar la justificada descalificación que su amigo Mohamed Chukri hizo del turista literario tangerino: “Son muchos los que han hablado o han escrito sobre la ciudad basándose únicamente en quimeras, en pasiones y placeres, en fantasías. Para todos ellos (…) Tánger no resultó ser más que un burdel, una hermosa playa o un confortable sanatorio”. Tiene razón, supongo, y eso invita a que  también uno, que alguna vez se ha dejado llevar de esos arrebatos de turista lector, no se prodigue demasiado en impresiones forzosamente superficiales de la ciudad y sus habitantes y, por el contrario, se remita a los libros escritos por quienes realmente tenían mucho que decir de su entorno; entre ellos, los del propio Chukri, cómo no, amén de los de nuestro Ángel Vázquez. De la mano de ellos sí que puede uno sentirse legítimamente  habitante de esa ciudad, como también lo hemos sido, en sucesivas lecturas, del Dublín de Joyce, el Nueva York de Dos Passos o el Madrid de Galdós y Baroja.

Decía antes que haber ganado el premio Planeta no necesariamente garantiza que un escritor sepa estabilizar su vida y encauzar su carrera. Tampoco ocurrió así en el caso de Vázquez. Eso sí, a su muerte, el poderoso editor Lara, promotor del mencionado galardón, fue uno de los pocos que asistió al entierro.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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