Aunque lejos de las cifras de otros memorables tiempos, el repunte del vinilo sigue permitiendo el rescate de piezas tanto básicas como postergadas de géneros diversos. Y el extenso y profundo fondo de catálogo del jazz es campo abonado para la recuperación de referencias que marcaron en su momento episodios álgidos en las trayectorias de sus respectivos autores o que, por el contrario, no llegaron a destacar especialmente por más que el tiempo se haya encargado de arrojar merecida luz sobre ellas.
En este marco encaja el nuevo lote de vinilos de 180 gramos, recién publicado respetando escrupulosamente sus portadas y encartes originales e impulsado por el acuerdo entre Universal Music Group y Elemental Music. En ese punto, las opciones vuelven a dar en la diana tanto por la designación de protagonistas como de títulos y sellos, con dos marcas de histórico bagaje de la talla de Impulse! y Verve de nuevo en el epicentro. Y ya se sabe que en estos casos tan importante es la intención como la selección.
Lord of Lords (Impulse!, 1973) fue la última entrega de Alice Coltrane para el sello norteamericano fundado por Creed Taylor, antes de dar el salto a Warner Bros. Records. En realidad, el disco completó una devocional trilogía integrada por Universal Consciousness (1971) y World Galaxy (1972), uniendo una explosiva impronta, canalizada aquí a través de piano, órgano Wurlitzer o arpa, con solemnes arreglos de cuerda ejecutados por una orquesta de dieciséis componentes. La viuda de John Coltrane estaba dirigiendo entonces su música hacia un espacio de universalidad estimulado por su conexión con el gurú hindú Swami Satchidananda y enriquecido por una raíz góspel –aquí figura su recreación del clásico “Going Home”– y jazzística. Pero Alice Coltrane iba más allá y también aludía a una visita del “gran maestro compositor” Igor Stravinsky, casi un año después de su muerte, donde recibió instrucciones para engarzar algunas de las melodías del compositor ruso en “Excerpts from The Firebirds”. El resultado fue una música turbadora, épica y misteriosa, empapada de filosofía y espiritualidad, a cuya vocación colectiva también sumaron sus aportaciones el contrabajista Charlie Haden y el batería Ben Riley.
Si hace unos meses eran Charles Mingus y el ineludible The Black Saint and the Sinner Lady (1963) los elegidos, en esta ocasión la obra recuperada es otra referencia de peso del grandioso compositor y contrabajista: Mingus Mingus Mingus Mingus Mingus (Impulse!, 1964) no disfruta de la cohesión de aquel aunque sí ofrece una colección de vibrantes recreaciones de añejas composiciones como “Better Get Hit In Yo’ Soul” o una “Haitian Fight Song” bautizada aquí como “II B.S.”, Este proceso de reconversión al que Mingus era tan aficionado también genera que el homenaje “Goodbye, Pork Pie Hat” se explicite convirtiéndose en “Theme For Lester Young”. La idiosincrasia e intensidad de esta música se reafirma tanto en sus referentes –con “Mood Indigo” de Duke Ellington listo para suscribirlo– como en su propia naturaleza, marcada a fuego en la final “Hora Decubitus” y en las intervenciones del coloso Eric Dolphy, Charlie Mariano, Booker Ervin o Jaki Byard. Un disco soberbio.
Otro nombre que vuelve a asumir protagonismo en esta política de reediciones en vinilo es Yusef Lateef, un explorador de insólitos territorios que incorporó al jazz timbres y sonoridades poco habituales en su contexto. Tras la recuperación del excelente Live at Pep’s, llega ahora 1984 (Impulse!, 1965), un trabajo no muy conocido de su suculenta discografía, pero necesitado de reivindicación. Espléndidamente acompañado por el bajista Reggie Workman, el piano de Mike Nock – brillante protagonista en “Love Waltz” – y el baterista James Black, el multiinstrumentista norteamericano combina aquí su holgado dominio de las formas estandarizadas del hardbop con la búsqueda de liberados espacios de expresión, como en el caso del tema que lo abre y bautiza, o el juguetón tratamiento de su saxo tenor en “One Little Indian”. La flauta acapara protagonismo en la cita fílmico-religiosa de “The Greatest Story Ever Told” mientras que el oboe lo hace en “Try Love”, ambos temas bañados en esa atmósfera de bello exotismo que Lateef patentó en mucho de sus trabajos. El delicado homenaje a Duke Ellington con “Warm Fire” remata un rescate tan acertado como necesario.
Más repetidores: turno ahora para el gran pianista Bill Evans, de quien Elemental Music ya retomó en su momento el no menos atractivo At The Montreux Jazz Festival (1968). En esta ocasión llega el turno del Evans más íntimo y solitario de la mano del explícito Conversations With Myself (Verve, 1963). De hecho, el compositor y pianista trabajó en este álbum con tres tomas de su instrumento en cada tema lo que le permitió aportar una trenzada dimensión a esta colección de estándares –“Stella By Starlight” o “Just You, Just Me” entre ellos– a los que se sumaron dos imbatibles composiciones de Thelonious Monk –“’Round Midnight” y “Blue Monk”– y una propia –“N.Y.C’S No Lark”– dedicada a su amigo el también pianista Sonny Clark, fallecido poco antes de que Evans registrara este álbum –curiosidad– con el piano del mismísimo Glenn Gould, otro gigante del instrumento, en este caso, clásico. La versión del maravilloso “Theme From Spartacus” de Alex North resume como pocos el lirismo y calado de un pianismo único que fue galardonado gracias a este trabajo con el Grammy al Mejor Álbum Instrumental.
El gran impacto comercial que supuso la conexión de Stan Getz con el mundo de la bossa nova de la mano de músicos como Antonio Carlos Jobim, Luiz Bonfa o Astrud y João Gilberto y su “The Girl From Ipanema”, condujo al saxofonista norteamericano a una sucesión de álbumes que giraron en torno a ese punto de encuentro entre las formas jazzísticas y brasileiras, prestas para explotar su filón de ventas. El equilibrio entre comercialidad y jerarquía quedó expuesto en excelentes discos como Getz/Gilberto (1964) y su continuación en Getz/Gilberto #2. Recorded Live At Carnegie Hall (Verve, 1966). El trabajo se registró en el legendario teatro neoyorquino un 9 de octubre de 1964, con Rudy Van Gelder en los controles, y con cada cada uno de los protagonistas apropiándose de una cara del álbum: Getz a la cabeza de un cuarteto dominado por la calidez sonoridad de su saxo tenor y donde despuntaba el vibrafonista Gary Burton y João Gilberto asombrando a la audiencia con su bellísima y templada voz y seductora cadencia rítmica, citando a AC Jobim, a Dorival Caymmi y a su propio cancionero con “Bim Bom” y “Um abraço No Bonfá”. El diálogo de dos grandes exhibiendo sus facultades desde sus respectivos dominios.

