Mambrú y otros soldados ausentes

Fue, al parecer, la reina María Antonieta quien popularizó en las fiestas de la corte francesa la canción de Mambrú (“Malbrough s´en va en guerre, / Miroton, tonton, mirontaine, / Malbrough s´en va en guerre / Ne sai quand reviendrai / Je reviendrai a Páques / Ou à la Trinitè”). La había aprendido la reina de la nodriza de sus hijos, una campesina llamada Poitrine que había ido a parar a Versalles para dar su leche al infante real y, con la leche, sus canciones aldeanas. La cancioncilla de Poitrine contaba las fortunas de John Churchill, duque de Marlborough (1650-1722), general inglés cuya figura se había ido convirtiendo en mito a lo largo del siglo XVIII a raíz de sus victorias bélicas.

Lo cierto es que la dramática balada cruzó pronto los Pirineos y ya a finales del siglo XVIII, deslumbrados como estábamos por todo lo que por entonces venía de la Galia, el nombre de “Malbrú” aparece en tonadillas y canciones festivas. Del siglo XIX y catalanas son las primeras versiones romancísticas peninsulares conocidas, muy similares a las francesas pues, como éstas, se detienen en detallar, por ejemplo, la espera de la viuda en la ventana (“La dama es fa en finestra / per veure si vindrá”) o los prodigiosos ornamentos de la tumba del soldado: “De flors tota voltada / la seva tomba està, / n`està en una pineda / al peu d`un roquissar, / un francolí tot día / damut hi va a cantar…”

John Churchill, duque de Marlborough, retratado por Adriaen van der Werff.

Por encima del anecdotario histórico, Mambrú habla del soldado ausente y del desgarro de la guerra. No es casual que el romance eche raíces con tanto tino en la tradición española alrededor de 1800, pues justamente en esa fecha el servicio militar comienza aquí a ser obligatorio y comienza, con él, la ausencia de los hijos, hermanos, maridos y novios, el abandono forzado del cuidado de los campos y del ganado, y naturalmente la soledad de la viuda de guerra o la de la mujer que simple e interminablemente espera.

La institucionalización de las quintas obligatorias por aquel entonces pone en la escena de la tradición oral la figura del quintado, los muchachos que en cada pueblo, cada primavera, resultaban “premiados” con la guerra en los sorteos correspondientes: “Primer domingo de abril, / ¡qué día tan señalado!, / metí la mano y saqué / el número de soldado”. Quintos que se adornaban con escarapelas, lazos y firifollos, queriendo imitar la gallardía y la opulencia estética de los militares napoleónicos que habían asolado el país: “Dame la escarapelilla / que me voy a ser soldado / y si no quiere tu madre / la cinta de tu refajo”. Quintos que a veces como todo equipaje llevaban un retrato de la mujer de la que se alejaban: “Ha sacado un retratito / que llevaba en la cartera, / mira si sería guapa, / mira si sería bella / que hasta el mismo capitán / se ha enamorado de ella”.

Como este es un país que ha ido hilvanando guerra tras guerra, el soldado ausente forma parte de la mitología popular. Su figura enajenada nos conmueve y nos seduce enormemente su muerte en la batalla; nuestro romanticismo enfermizo y trasnochado, tradicionalista y rancio, violento y anti-intelectual, sigue haciéndonos mella y seguimos prefiriendo una heroicidad coronada por la muerte a una adornada por el triunfo.

El soldado ausente justifica, además, el abandono de las mujeres. Nuestra memoria cultural sigue sin admitir que la espera femenina sea heroica y reserva los laureles exclusivamente para los hombres. La espera de la mujer es, sencillamente, lo natural. Quizás por eso hay hombres que se ponen tan nerviosos cuando en los últimos tiempos miles de mujeres se echan a la calle a gritar que ya no van a esperar más, que ya no hay guerras que justifiquen su abandono y que se quieren vivas y dignamente amadas. A estas alturas deberíamos cantar Mambrú desfilando, todos y todas, tras el féretro de la desigualdad: “Caja de terciopelo / con tapa de cristal / y encima de la caja / dos pajaritos van / cantando el pío pío, / cantando el pío pá”.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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