El gesto final

‘Claroscuro (Últimos poemas)’. Pablo García Baena. Edición de José Infante y Rafael Inglada. Pre-Textos, Valencia, 2019.

‘Al vuelo de una garza breve’. Sonetos completos. Pablo García Baena. Edición de Rafael Inglada. Prólogo de José Infante. Renacimiento, Sevilla, 2018.

Contiene Claroscuro los doce poemas escritos por Pablo García Baena (Córdoba, 1921-2018) desde la aparición de Los Campos Elíseos (2006), su último libro publicado en vida. Y coincide la salida de este notable poemario póstumo con la publicación, bajo el título Al vuelo de una garza breve, de los “sonetos completos” del autor, incluyendo siete fechados en el mismo intervalo. Diecinueve textos en total, por tanto, que dan fe de que el poeta cordobés mantuvo su actividad creativa hasta el final de sus días y quiso cerrar su brillante trayectoria con un puñado de poemas en los que se reafirmó en su visión del mundo y en su modo de concebir la poesía.

La razón por la que ambos grupos de textos, los que conforman Claroscuro y los mencionados siete sonetos, no se publican juntos, conformando lo que podría haber sido un libro póstumo más nutrido, estriba en que el propio poeta nunca incluyó sonetos en los poemarios que publicó en vida, y que en alguna ocasión, como se refiere en los prólogos que José Infante ha antepuesto a ambos libros, expresó el parecer de que dicha forma métrica era “una antigualla, (…), una cosa arqueológica, totalmente pasada (…), una pirueta, un ejercicio, pero nada más”. Poesía, por tanto, “de ocasión” –Doce sonetos de ocasión fue el subtitulo que el propio poeta puso en 1971 a Almoneda, su renuente reconocimiento de su dedicación al género–; pero, como puede deducirse de su simple lectura, no demasiado alejada, en general, de la visión del mundo del poeta, de sus asuntos predilectos e incluso de algunos de los procedimientos que caracterizan su estilo.

No sorprende, por ejemplo, que, si uno de los mejores poemas de Claroscuro es el titulado “Clamavit”, que es un homenaje al poeta Julio Aumente, integrante, como el propio García Baena, del grupo que impulsó la decisiva revista “Cántico”, en los sonetos haya uno dedicado también a otro destacado miembro del mismo, el pintor Miguel del Moral; y que en la urdimbre de ambos textos haya alusiones a obras y motivos característicos de uno y otro: así, el dedicado a Aumente menciona destacadamente a los “patinadores” a los que el homenajeado dedicó un conocido poema; mientras que “In memoriam”, el soneto dedicado al pintor, se cierra con una hábil enumeración, en un perfecto endecasílabo, de títulos de destacados cuadros suyos: “«La carta», « Ofelia», «Amor», «Pedagogía»”. Falta en el soneto, eso sí –y ahí estriba quizá la principal razón del aparente rechazo de García Baena hacia esta forma estrófica–, el sutil movimiento tonal y la variedad de registros que dan a sus mejores poemas su textura característica: la que le permite alternar versos de evidente empaque retórico y resonancias cultistas –“el ágil friso vivo de los Hermes volantes”– con otros en los que incluye coloquialismos –“Mercadería y descaro en los baretos ínfimos” (las cursivas son nuestras)–, o con quiebros hacia una cierta ironía entre sardónica y melancólica, que es la que le dicta el verso final, en el que la Córdoba de la juventud de ambos, entrevista quizá a la luz de la propia ambición literaria, es descrita como un “vano cortejo de divos y starlets”.

Pablo García Baena.

Lo que antecede no es, en absoluto, un intento de hacer borrosa la tajante distinción que el poeta hacía entre esas dos facetas de su obra; sino, más bien, un alegato a favor de la extraordinaria autoconciencia poética, mantenida hasta el fin de sus días. Claroscuro, en su conjunto, es una buena muestra de ello. Junto al mencionado “Clamavit” podría nombrarse, entre los mejores poemas del conjunto, el titulado “Cinamomo”, también basado en un sabio dominio de la digresión y en el contraste entre las referencias cultistas, no exentas de ironía –hay unas “sabeas selvas”, por ejemplo, que remiten a Góngora, a quien se llama familiarmente “don Luis” en el verso siguiente–, y algún que otro elemento de cultura urbana demodée, tan del gusto del poeta: “aquel lejano eco de la canción dream a little dream”. Cierra “Cinamomo”, por cierto, lo que parece el esbozo de una serie de poemas dedicados a árboles, de la que también formarían parte los titulados “Ombú”, que remite a un paseo, recordado o reconstruido –el poeta, recuérdese, en estos últimos años de su vida había perdido la vista–, por Benalmádena; y “Araucaria”, que enlaza, por su tratamiento simbólico y por su alusión a “la crueldad como fábula antigua”, con lo que podría ser otra de las posibles secciones o líneas de fuerza del libro en marcha que ocupaba al poeta: nos referimos a la que integran el poema “De historia”, en el que se contrasta la opulencia insensible de unos innominados “príncipes” con el destino que les espera cuando el pueblo hambriento degolle sus “testas ungidas”; y “La hoguera”, en el que los prebendados del Santo Oficio meriendan mientras “ardía el sodomita junto al muro”, en una atmósfera de decadencia, hipocresía e intrigas mundanas que el poeta retrata con su habitual suntuosidad verbal (“alzaba el gregoriano / su coral nube sálmica / como mano implorante”) y una perceptible ironía.

En el posiblemente inacabado “Poeta local”, en cambio, la víctima propiciatoria no arde ya en la hoguera: su castigo es el olvido, el recuerdo de las vanidades pasadas y, sobre todo –y aquí vuelve a destacarse la incisiva mordacidad de García Baena–, su condición de figurante en “escenas de un museo de cera apolillado / y andaluz”. Cabe relacionar la tristeza y soledad de estas figuras otoñales con el intimismo introspectivo de poemas como “El verano”, en el que un anciano, desde una ventana o balcón de su residencia geriátrica, mira con sus “viejos gemelos de teatro” a una mujer que pasea desnuda por la playa, o “La entrega”, en el que al protagonista poemático le llegan unas notas de la canción “Bésame mucho”, interpretada por un músico ambulante. Ya en el poema que acertadamente abre la colección –editada por José Infante y Rafael Inglada, que es también el responsable de la mencionada compilación de sonetos–, y que podría servir de preludio a toda esta serie de poemas sobre la soledad final, se explicita el tema de la fugacidad de la vida y la brevedad de la juventud, que “brotó como las fuentes” –el poema es una evocación del entorno de Medina Azahara– y es ahora un regato que se lleva consigo el recuerdo de los días dichosos (“Sombras de aquellas noches,  id en paz / hacia el silencio”).

Completan la colección dos excelentes piezas que podríamos denominar “de repertorio”: el madrigal floral “Las rosas” –donde se apela, por contraste, a la permanencia del arquetipo, la rosa “carnal y libre y breve”, frente a la convención que hace de ella símbolo de lo perecedero y fugaz (“su aroma / de cadáver en libros”); y el poema religioso “Vísperas”, una bellísima glosa asonantada del “Ave María” en latín, que es también un canto a lo sagrado en la naturaleza: “Bajan / las sombras de los montes como un río sagrado / y el alma calla en el sagrario inmenso / del campo”.

Cabe postular –y esto son ya puras especulaciones de lector– que el esfuerzo y la autoconciencia que exigieron estos últimos poemas concebidos en los últimos años de vida de su autor supusieron también un característico gesto suyo para conjurar las sombras de la vejez y la muerte. Algún tipo de bien ganada satisfacción hubo de obtener el poeta de su fructífera brega con las palabras –sin que faltaran, como hemos visto, las incursiones en la poesía “de ocasión” que representan sus sonetos– en vísperas de lo inevitable. El resultado es un excelente conjunto de poemas que reafirman el ya indiscutible valor de la totalidad de su obra.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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