Lou Reed: en reconocimiento de una deuda… literaria

Al pasar junto a un estante de artículos en liquidación –lo tengo aquí anotado, en una entrada de mi diario de hace once años– en la sección de discos de unos grandes almacenes, veo una carátula que me llama la atención. Es la de Rock’n’roll animal, un viejo elepé de Lou Reed (1942-2013) de 1974, de cuando el cantante de Brooklyn realmente ejercía de alimaña peligrosa y no, como en sus últimos años, de hombre serio y maduro, melancólicamente de vuelta de sus excesos juveniles. No tengo ya edad ni humor para los malditismos –ni, por supuesto, para los excesos–, pero, por eso mismo, siento cierta ternura hacia las cosas que me subían la adrenalina a mis veinte años.

El precio del disco es ridículo; los responsables de esos grandes almacenes deben de haberse dicho: ¿quién va a comprar esta anticualla, que, entre otras cosas, contiene canciones tan pasadas de rosca como “Heroine”? Y la respuesta es: yo mismo; si no fuera, en fin, porque, en cuanto revuelvo un poco el montón, empiezan a aparecer, como en una excavación que sacara a la luz diversos estratos de un antiguo paraje, otros discos pertenecientes a otras tantas etapas de la evolución de mis gustos musicales: Slowhand de Eric Clapton o London Calling de The Clash. Y, un poco más abajo, estos otros que ya puedo anotar aquí sin ningún pudor, pues ya uno no tiene que presumir de nada ni adornarse más de lo necesario: una antología de Gloria Gaynor y otra de… Juan Bautista Humet. Sí, de todo esto ha bebido uno. En otro momento cualquiera de estos discos, por sí solo, hubiera sido un hallazgo afortunado. Pero hoy, quizá por acumulación, ni siquiera el bajo precio de cada uno de ellos logra disuadirme de comprar el lote. El mercado, ya se sabe, a veces se resiente por exceso de oferta. Y ahí los dejo, no sin cierto dolor de mi corazón. Quizá otro día.

Y el caso es que me acuerdo de ese impulso reprimido cada vez que escucho a Lou Reed, ahora casi siempre en los muchos conciertos suyos que se guardan en YouTube, cuando no en los dos vinilos suyos que conservo, las recopilaciones A Walk on the Wild Side y City Lights, que ofrecen sendas selecciones de su etapa con RCA, la más fructífera de su carrera, y del extraño repertorio, mucho menos conocido, de los álbumes que grabó para la compañía alemana Ariola. Las dos etapas, a las que habría que sumar la de su madurez, tienen una cosa en común: no dejan en el oyente duda alguna de que, más que estar oyendo letras convencionales de rock, está asistiendo a un verdadero recital de poesía en el que la parafernalia del rock es solo un útil complemento.

En efecto, de haber vivido en otro lugar y otro tiempo, el poeta en ciernes que fue Lou Reed en sus años universitarios a lo mejor no habría optado por dar a conocer sus composiciones a través de una banda de rock. Vista con la debida distancia, la banda con la que se dio a conocer, The Velvet Underground, nos parece eso: uno de esos tinglados inesperados en los que acaban envueltas gentes que tenían una clara voluntad de encontrar un medio de expresión, pero que lo mismo podían haber terminado pintando que haciendo performances o fanzines o cualquier otra cosa, en aquellos años en los que todo valía, o eso parecía. El papel de Andy Warhol, padrino de facto de la Velvet, no fue otro, seguramente, que el de dar entidad artística a ese impulso más o menos informe.

Lou Reed en 1977.

Pero lo que está claro es que el poeta Lou Reed no dejó nunca de serlo por el hecho de haber entrado en la cadena de intereses que conforman la industria del rock. No es que careciera de talento musical –sus  baladas, por ejemplo, no dejan de tener, musicalmente hablando, una melancólica belleza–, pero está claro que la estructura musical de sus composiciones no tenía otra función que resaltar la inteligibilidad y comunicabilidad de las letras, de las historias y mensajes que portaban esas letras. Algunas, sí, se nos han vuelto incómodas con los años: cómo soportar hoy con una sonrisa impávida el tremendo mensaje de autodestrucción que transmite “Heroin”; o cómo tomarse en serio el sadomasoquismo de atrezzo que se predica en “Venus in Furs”. Otras canciones, muchas, sí han ido ganando con el tiempo: todas las que componen esa especie de ópera desesperada que es Berlín, o la muy conocida, pero puede que no del todo bien entendida, “Walk on the Wild Side”, que no es un canto cínico a la marginalidad, sino un melancólico homenaje a alguna de las criaturas que se quedaron en el camino en la loca época que a Reed, como a otros, le tocó vivir.

También cuenta uno, entre sus favoritas, con la desgarradora “A Perfect Day”, que rara vez he oído sin experimentar esa sombra de sinsentido que nos asalta incluso cuando menos motivo parece haber para acusarlo, quiero decir, cuando nos parece que estamos viviendo en una de esas ocasionales cimas de felicidad desde las que es fácil atisbar, a los pies de uno, el abismo. También me quedo con la mayor parte de su etapa madura, con álbumes como New York o Magic and Loss, que en su día oímos con un punto de ironía, como si costara tomarse en serio esos alardes de madurez y sentido común en alguien que apenas unos lustros antes predicaba el más absoluto nihilismo; aunque esa ironía, quizá, no iba tanto dirigida al cantante neoyorquino, que tenía todo el derecho del mundo a evolucionar con los años, como al nihilista irredento que todavía coleaba –y sigue coleando a ratos, ay– dentro de uno.

Los poetas de mi tiempo harían bien en reconocer lo que deben a este compositor. La poesía del realismo urbano, que tanto costó aclimatar en este país, tiene entre sus padres, no solo a Jaime Gil de Biedma, Manuel Machado y algunos modernistas tardíos, sino también a toda esa poesía de la cotidianidad que nos llegó a través de la música que escuchábamos, y uno de cuyos padres, si no el más destacado, es precisamente Lou Reed.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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