Casas donde ocurre el amor

Hay, si quieren, una buena dosis de fetichismo malsano en eso de visitar casas en las que tuvo lugar una historia de amor, por eso seguramente la administración o los herederos correspondientes se apresuran a titularlas “casa-museo” antes de abrir sus puertas al aluvión turístico. Hay también una vergüenza que siempre te recorre el pecho durante la visita, no tanto vergüenza de una misma como de los fantasmas que –estoy segura– suelen asistir al desfile de visitantes, probablemente algo acharados por los mirones, o quizás –los más exhibicionistas– bastante irritados por los comentarios de quienes, por más que miran y miran, no entienden.

Llegué a la casa de Frida Kahlo sobre las diez de la mañana de un luminoso día de otoño mexicano. Había aterrizado aquella misma madrugada en el aeropuerto Benito Juárez y un taxi nos había llevado hasta nuestro alojamiento enfilando con pasión la Avenida de los Insurgentes, un nombre que me quitó el sueño y el cansancio del vuelo y me llenó de esperanza: una ciudad que se deja atravesar de lado a lado, durante más de cincuenta kilómetros, por una avenida que titula Insurgentes tiene algo importante que decirte.

Patio de la casa-museo de Frida Kahlo.                                   Foto: María Jesús Ruiz.

Los amigos mexicanos me llevaron inmediatamente, y casi en volandas, a la Casa Azul, como si fuera del todo imprescindible visitarla antes que ninguna otra cosa, como si no pudieran ser capaz de platicar (tan largo y tendido como siempre desean) con un español a menos que este no haya pasado por la casa de Frida. Lo primero, la Casa Azul. Lo primero, Coyacán, nombrada así por ser tierra de coyotes, todavía rebosante de vida, como si siguiera siendo selva, como si esos alegres coyotes de piedra que adornan la fuente redonda y frondosa fueran de verdad.

Tenía mis prejuicios. La icónica Frida, atravesada por una columna vertebral de piedra hecha pedazos, siempre me había transmitido esa exaltación de la tortura y del martirologio de la mujer de los que cierto feminismo incivilizado se había apropiado para convertirlo en merchandising barato, accesible y convincente. Al menos desde mi mirada europea me parecía así, como me parecía que la exhibición del dolor de la pintora no cumplía con el requisito indispensable de la elegancia, esa elegancia de los autorretratos de Velázquez, Durero, Magrite, Goya, o incluso el anciano Rembrandt… Todos hombres, claro.

Frida Kahlo y Diego Rivera.

La casa de Frida insiste en exhibir el silicio del amor. Y no: no es elegante. Aquí y allá pueden leerse textos de la artista en los que ni se lamenta ni se alegra, solo explica, la naturaleza de su amor por Diego Rivera. Escribe (intento recordar de memoria): “¿Pueden las orillas de un río potente, violento y caudaloso, sentirse heridas por su río?, ¿cómo entonces podría yo sentirme herida por ser la orilla de Diego?”. Al mito lo niega el testimonio, y el fantasma de la mujer rota, ni avergonzado ni irritado, te mira imperturbable desde su seguridad amorosa. Te avergüenzas tú entonces de ti misma. Te avergüenzas de haber repetido la monserga de lo necio del amor romántico porque adviertes que en la casa se respira amor, solo amor, y por tanto libertad, y de pronto es aplastantemente lógico que Trotsky decidiera refugiarse allí. Te avergüenzas también de haber admirado toda tu vida los murales ostentosos y la estatura obesa de Diego Rivera, de haber puesto esa admiración por delante de la belleza del dolor valiente de Frida. Y comprendes.

El amor no es. El amor ocurre. Como la canción que aprendimos del abuelo, el amor acaece cada vez que se da, solo cuando alguien sabe cantarlo. Visitando la Casa Azul me di cuenta de por qué nunca me habían dejado satisfecha los monumentos al amor o las casas museos que intentan contar una historia de amor sin permitir a sus fantasmas que la exhiban, evitando herir al que mira, los museos elegantes.

Las casas en las que se ha amado apasionadamente deberían ser, todas, patrimonio de la humanidad.

 

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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