Lo contrario al olvido

Solemos identificar la memoria con el recuerdo y al recuerdo solemos entenderlo como un ejercicio consciente de recuperación del pasado y, más en concreto, de nuestro propio pasado, esto es, de los hechos de los que hemos sido testigos o protagonistas desde el día en el que nacimos hasta ayer mismo. Creemos, así, que somos el resultado de una cadena de acontecimientos —felices o traumáticos— que nos explican y que, llegado el caso, justifican tanto nuestras virtudes como nuestras miserias.

No es así. Si, llegados a cierta edad, nos ocupa la certeza de que solo podemos controlar un pequeñísimo porcentaje de nuestro futuro, deberíamos saber del mismo indudable modo que el pasado, nuestro pasado particular, no nos explica. Comprendida con la laxitud que merece, la memoria es algo más, mucho más, que el recuerdo y, asimismo, muchísimo más variopinta.

'Parsifal I' de Anselm Kiefer.

‘Parsifal I’ de Anselm Kiefer.

Está, por un lado, la memoria sentimental, esa que tan sensible e inocentemente retrató Manuel Vázquez Montalbán en su Crónica sentimental de España: “La sentimentalidad colectiva se identifica con una serie de signos de exteriorización: las canciones, los mitos personales y anecdóticos, las modas, los gustos…”. Memoria que acaso alcanza un par de generaciones y que para cada uno de nosotros remite a un país, a un pedazo de historia de ese país y, a lo sumo, a la canción tarareada en la cocina por una madre no tan joven que, al cantarla, nos parecía que recobraba su adolescencia. Es una memoria vinculada a un ideario, anclada a una moral de las cosas. Nos trasciende porque se refiere a nuestra prehistoria siendo, pues, más que el recuerdo, pero suele perecer bajo el peso de nuestra razón, de nuestros principios y de nuestro libre albedrío cuando, adultos, la contemplamos con distanciamiento y cinismo. Es, por su cariz sentimental, variable, pues como dice el Machado que Vázquez Montalbán recupera en los preliminares de su Crónica, “nada hay tan voluble como el sentimiento”.

Y está, ¡ay!, por otro lado, la memoria cultural, esa que nos hace y no nos deja ser, la que manipula nuestros cuerpos, como en ese juego infantil frente al espejo en el que el niño habla y su madre, detrás, con sus brazos introducidos en el jersey del niño, gesticula, haciendo reír tanto al niño que éste se queda sin palabras. La memoria cultural admite difícilmente el orden y distanciarse de ella y contemplarla con cinismo solo es privilegio de unos pocos sabios. Es la responsable de nuestras contradicciones, de que prediquemos, por ejemplo, el amor libre mientras los celos nos reconcomen las entrañas o de que las mujeres renunciemos a nuestras propias guerras por amor (o por apego) a un esposo soldado. Una cosa es la ideología y otras son los cuerpos, suele decir al respecto la antropología más coloquial para referirse a esta memoria que, no obstante, nos consuela a veces con su bálsamo de rituales, recordándonos que somos iguales a los otros, que existen los semejantes y que al individualismo no siempre lo acompaña la amarga soledad.

Rachel ('Blade Runner) con sus recuerdos.

Rachel (‘Blade Runner’) con sus recuerdos.

A estas dos memorias la compraventa imperante de ideologías las ha llamado patrimonio, sustantivo convertido en patente de corso de lo valioso invisible, del tesoro inmaterial. En su inviolable nombre se ejercen los ahora sacrosantos derechos de preservar y conservar y se prohíbe el de discriminar, el de distinguir entre la memoria que nos hace conocernos y la que nos esclaviza. “La memoria es una pesadilla de la que intento despertar”, llegó a decir James Joyce.

La replicante de Blade Runner, enamorada, se lamentaba de no tener recuerdos en los que apoyar sus afectos. Desprovista de recuerdos propios y de memoria sentimental, no era más débil, sin embargo, que su amado, el humano que, como uno de los legados de su memoria cultural, había recibido el miedo: “Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo”.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *