Las lágrimas fingidas de Douglas Sirk

Douglas Sirk hacía melodramas como John Ford hacía westerns: por un prurito de honradez artesanal, totalmente distinto al designio genialoide de quien quiere ser original o “personal” a toda costa. Hacía melodramas porque a la gente le gustan los melodramas; y porque encontraba que ese género respondía al mismo impulso que llevó a los griegos a inventar la tragedia y a disfrutarla como arte eminentemente popular. El melodrama, dejó dicho en alguna entrevista, es el equivalente moderno de la tragedia. En él encontramos reflejadas nuestras pasiones y experimentamos el proceso depurativo de ver cómo éstas afectan a otros.

No creo que Sirk, que era un hombre lúcido y desencantado, como corresponde a quien ha vivido de cerca la historia trágica de su siglo, creyera que ese proceso hacía mejores o más avisados a sus espectadores. Si acaso, era una invitación a la indulgencia general, con uno mismo y con los otros. ¿Tienen acaso los personajes de Escrito en el viento (1956) la culpa de las cosas que les pasan? Sí y no. Quizá si el destino les hubiera deparado conocer lo que sí saben los espectadores, el desenlace de la historia hubiera sido otro: el hermano apocado e indeciso no hubiera sentido celos del hermanastro guapo y seguro de sí mismo, y la hermana alocada y fatalmente enamorada del susodicho no se hubiera dejado llevar por el despecho y sembrado la discordia. Todo esto ocurre, no hay que olvidarlo, en un mundo en tecnicolor; es decir, en una especie de realidad intensificada por los colores chillones, los maquillajes como máscaras, la chapa de los coches siempre reluciente, los atardeceres dramáticos.

Una escena de 'Escrito en el viento'.
Una escena de ‘Escrito en el viento’.

 

No es que Sirk no hubiera hecho, antes y después, películas en blanco y negro. Lo fue una de las mejores suyas, Ángeles sin brillo (1958), quizá porque ese toque de sobriedad casaba bien con el  hecho de que esa historia de aviadores de feria afectados también por pasiones tormentosas procediese de una novela de William Faulkner. Y no es que la película esté mal: todo lo contrario. Pero diría uno que, en el depurado universo pasional de este esteta del melodrama, los prestigios añadidos o las coartadas culturales estaban de más. También a la espléndida Tiempo de amar, tiempo de morir (1958), un gran fresco de la derrota alemana en la segunda guerra mundial, le ocurre otro tanto: pesa mucho sobre ella su procedencia literaria, en este caso una novela de Erich Maria Remarque.

A estas películas con marchamo de prestigio prefiere uno el melodrama desaforado, sin excusa, al estilo de Sólo el cielo lo sabe (1955) o Imitación a la vida (1959). Esta última fue sin duda la obra maestra de Sirk. Sobre un trasfondo que hoy sería tildado de racista –la amistad entre dos mujeres, una de las cuales es negra y, por tanto, asume desde el primer momento el papel de criada de la otra–, Sirk construye una tremenda historia de desencuentros y afectos cruzados, que termina en una verdadera apoteosis de llanto en el funeral más suntuoso que quizá se haya filmado nunca… Tienen estas historias la fuerza que les da su mezcla única de indiscutible verdad humana y evidente falsedad teatral. Participan, diría uno, del conocido aserto de Pessoa: la verdad poética procede siempre del fingimiento de su propia pretensión de verdad. Sirk dominó como nadie el arte de hacernos sentir la verdad de un dolor convenientemente falseado. Nadie nos ha hecho llorar mejor.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

2 thoughts on “Las lágrimas fingidas de Douglas Sirk

  1. Incuestionable Sirk. Y muy bien visto y contemplado por ti. Sirk es la sentimentalidad de los que fueron saqueados en sus sentimientos, los niños de la guerra y los jóvenes de la posguerra, nuestros padres. Yo aprendí a llorar viendo a mi madre llorar con Sirk. Muchas gracias

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