Bárbara Shunyí no sabe explicar por qué le interesa la cultura oriental, simplemente “siempre” le ha gustado “tanto la caligrafía, como las composiciones, como la forma de trabajar de los orientales” a los que califica como “muy exquisitos, muy equilibrados”. Sencillamente, se siente “identificada con ellos”.
La elección de su apellido artístico lo dice todo. Oriente forma parte de su “identidad como artista” y ha estado siempre presente en su trabajo a lo largo del tiempo, “a veces con más intensidad, otras con menos, pero siempre ahí”.
Cuaderno de Pekín está integrado por una serie de obras en tinta china sobre papel chino, grabados, esculturas, collages y libros de artista. Todo con el mismo denominador común: la caligrafía oriental.
“Mi estilo es la abstracción, pero dentro de la abstracción me apoyo mucho en la caligrafía como elemento visual dentro de la composición. Caligrafía, que no es realmente una caligrafía porque no significa nada. La utilizo como un elemento plástico, no como un elemento semántico”, explica la artista.

Bárbara practicó los rudimentos de la caligrafía china en Pekín con su maestro, Lín Dong, pero admite que es “complicadísima” y que vio “clarísimo que no tenía tiempo para eso”, aunque, de algún modo, interiorizó lo que significa está técnica, que es todo un arte, “y de ahí salen estos pictogramas”. “Es el lenguaje Shunyí”, comenta.
Su aprendizaje de la caligrafía con el maestro Lín Dong le aportó “serenidad y concentración”.
“El planteamiento del artista oriental es muy distinto. Desde el momento de empezar a hacer la tinta, el rato que te llevas diluyéndola, preparándolo todo… Son maneras de trabajar que no tienen nada que ver con la nuestra. Y simplemente el ritmo, que no es el nuestro. Es otra historia. La manera de trabajar, digamos la impronta tan diferente a Occidente, es lo que más aprendí”, explica Shunyí.
Para los orientales la escritura es un camino de búsqueda personal y artística: “Un camino de reflexión, de concentración y de muchas cosas que comparto con ellos sin tener una razón de peso”, añade.
De su estancia en Pekín, Bárbara Shunyí se trajo la maleta llena de experiencias y un cuaderno repleto de apuntes que ha sido el punto de partida de esta exposición que se configura como un auténtico libro de viajes. Aunque admite que El Pekín de hoy en día no le gusta, insiste en la afinidad que siente con la cultura tradicional de este país donde estuvo “justo antes de las olimpiadas”: “La ciudad de Pekín ahora mismo me parece una ciudad de contrastes increíbles, fortísimos, muy contaminada, superpoblada, que no me resulta agradable para vivir”, aclara.
Entre las obras que integran la muestra hay algunas que fueron realizadas y expuestas en China. Algunos de los grabados se han podido ver en la última exposición de Bárbara Shunyí, que ha sido en Bruselas. Pero también hay obra reciente que se expone por primera vez. Entre ellas el último grabado realizado por la artista: una sugerente interpretación de la muralla china entre brumas que se titula Simatai: “un sitio increíble donde se puede admirar la verdadera muralla, lejos de los turistas”.

Rojo, pinceladas doradas, pero sobre todo negro, son los colores que definen la paleta cromática de Bárbara Shunyí, que utiliza el sello característico con el que firman los artistas orientales como “parte de la composición”.
Bárbara lleva “toda la vida” dedicada al arte, desde que estudió en Sevilla y se especializó en grabado, una técnica que aún hoy sigue siendo su preferida. Por eso los grabados forman una parte importante de la colección que se expone en la Iglesia de San José.
Bárbara Shunyí arranca al negro de la tinta china, que hace ella misma, infinidad de matices. Admira la técnica oriental, pero también sus materiales. Por ejemplo el delicado papel que, en algunos casos, ella graba antes de empezar a pintar sobre él: “El papel chino es de una textura especial. El grabado le da sustento. Me traje mucho papel de allí. Recuerdo una pequeña tienda cerca de la plaza de Tiananmén, que quizás ya no exista, muy vieja, llena de estantes de madera repletos de legajos. Yo no podía hablar con el dueño, solo señalar lo que quería. Cada vez que podía, iba. Me volví loca comprando”, rememora.
También se trajo de China muchos recuerdos, algunos integrados en sus obras, como patrones de abanicos, “un elemento común a nuestra cultura”, y plantillas de escritura.
El papel y la tinta están presentes también en sus esculturas, que recuerdan viejas armaduras samuráis. Papel grabado con xilografías que ha tratado para “dar la sensación del bronce oxidado”.
Trabajar la tinta china es muy complicado, “no tienes posibilidad de corregir”. “Por eso es tan importante la concentración. Eso es lo que yo aprendí en China, que la realización de la obra tiene un tiempo. Te concentras, preparas la tinta, lo tienes todo preparado y empiezas a pintar, y a lo mejor a los diez minutos lo tienes que dejar porque ahí se ha cumplido, porque lo que tenías que hacer ya lo has hecho, en diez minutos o en tres horas. Pero no hay que insistir. Tú lo notas”, explica la artista.
Bárbara Shunyí continúa su camino, sigue trabajando el grabado en la línea de esta exposición: “Aún no me he cansado”, asegura. Quedamos a la espera de más.


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